Una parte de la población de esta ciudad no sabe qué es la Ley.

Las inusuales costumbres cotidianas que estamos teniendo desde el confinamiento por el coronavirus, han permitido afirmar esta hipótesis de la que da cuenta el título del artículo, y analizar sus causas y consecuencias. Hablo de mi ciudad, de Salamanca, por dos motivos, el obvio, porque es la única que puedo observar con mis propios ojos desde hace más de veinte días, y porque es la que más me importa, como salmantino. Posiblemente lo que estos últimos días veo desde mi ventana indiscreta, no sea algo muy distinto a lo que ocurre en numerosas ciudades de nuestro país, pero, como no lo veo, no puedo afirmarlo. Lo que sí puedo afirmar es que lo que ocurre en la calle que puedo observar desde mis ventanas es bastante similar a lo que ocurre en el conjunto de las calles salmantinas.

¿Y qué observo exactamente? Que entre quince y veinte personas al día se desplazan por este rincón de esta calle o paseo sin causa que justifique su deambular: es decir, en contra de las leyes y normas vigentes desde la entrada del estado de alarma por la pandemia que padecemos. Parecería una cifra sin importancia, pero si la multiplicamos por el número total de calles de la ciudad (siguiendo la regla de tres que aprendimos en bachillerato) da una cifra a tener muy en cuenta: los contagios del coronavirus se dan no solo en las aglomeraciones, sino en las calles, cuando no hay una distancia mínima entre una persona y otra y no llevan protección.

Estoy seguro de que no es casual que Salamanca sea la provincia y la ciudad con mayor número de contagios y muertes por este virus, de toda Castilla y León. En la ciencia no hay nada casual. Quizás el hecho de la existencia de un porcentaje de nuestra población que no tiene ni idea de qué son las leyes y para qué sirven, no sea la única causa que explique esta mayor cifra de  contagiados y fallecidos, pero sí está entre las causas importantes. Por eso es necesario hablar de este sector de la población que, sin saberlo, está haciendo tambalear los logros que tantos profesionales sanitarios, de servicios y del orden están consiguiendo: la victoria contra este virus.

Este grupo de población que no sabe qué es una ley se caracteriza por tres distintivos: su ignorancia en todos los ámbitos, su maldad con ellos mismos y con los demás y una ausencia de formación básica que les convierte en irresponsables. Llevan aquí muchas décadas, no han aparecido ahora, pero las dolorosas circunstancias excepcionales que estamos pasando, les hacen sobresalir peligrosamente. Todos debemos conocer su existencia, para no ser perjudicados.

El argumento que justifica estas afirmaciones es muy sencillo: si una persona en una situación de pérdida de salud o de vida, no es capaz de cumplir con unas LEYES DICTADAS PARA PROTEGERNOS A TODOS,  ellos incluidos, en circunstancias normales menos serán capaces de cumplir ninguna otra ley.

Por lo tanto, la gran mayoría  de infracciones cometidas en nuestro ámbito público que generan daños y sufrimientos a terceros se deben al grupo de los que deberíamos llamar “sin ley”: robos, atropellos, estafas, abusos, violencia, daños a espacios y material público, etc. son cometidos por este grupo que subvierte el carácter pacífico y legal de la gran mayoría de la población.

¿Qué podemos esperar de sujetos que no pueden o quieren entender que no estamos encerrados en casa porque alguien nos haya castigado, sino para salvar la salud de ellos mismos, de sus familiares, vecinos y compatriotas? Nada bueno.

Quizás con cada multa hecha efectiva en el acto, el agente de la autoridad debería explicar a cada uno de esos sujetos la finalidad de la prohibición de pasearse por las calles, con el peligro de contagiar a otros o ser contagiados por esta difícil epidemia, que venceremos, sí, pero con mucho esfuerzo de todos y cada uno.

Seguramente, ni con esas explicaciones se conseguiría mucho.