Jueves, 13 de agosto de 2020

Creer

“Uno busca lleno de esperanzas / el camino que los sueños / prometieron a sus ansias...” ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO, Uno.

Habíamos pensado (uno había pensado) que una de las enseñanzas que nos proporcionaría este aislamiento sería, una vez superado, la irrupción  generalizada de un mayor sentimiento solidario, una más cabal conciencia de la colectividad y una apreciación mejor de aquellas cosas hermosas que hasta ayer parecían capaces de unirnos. Creímos en un primer momento (uno lo había creído) que la aparente explosión de los buenos sentimientos, la palabrería tierna y de colorín, esa especie de compañerismo a distancia que parecía compartir afanes y esperanzas –juntos podemos-, el arco iris infantil, el corazoncito de papel, el aplauso a las ocho, el baile y el festivo grito musical de resistencia –cuando el mundo pierda toda magia / cuando mi enemigo sea yo-, sería el inicio, una vez en la calle, de un nuevo modo de mirarnos, sentirnos, organizarnos y protegernos. Y de querernos.

Pero el paso de los días, la cada vez más evidente transparencia de la verdadera naturaleza de tantos (de uno mismo), la inutilidad de las máscaras que hasta ayer utilizábamos para una vida social fingida y artificial, el maquillaje borrado, la cara cual es, el escenario inútil y el quid pro quo desactivado, están haciendo evidentes una suerte de autoafirmaciones intransigentes que ni reconocen, aceptan ni admiten la menor discrepancia –me volveré de hierro para endurecer la piel- lo que se sustancia en las cada vez más generalizados radicalismos, extremismos del pensamiento, ásperas opiniones en redes sociales, desprecios, olvidos, marginaciones, desdenes, interminables diatribas obcecadas en conversaciones y hasta en comunicaciones personales o familiares, buscando culpables –yo no me callo y mi opinión es la mejor; estoy bloqueando a quienes me contradicen; contéstame como quiero; dime lo que quiero oir...-, cabezas de turco –dejar a cada uno infectarse y vivir o morir a su voluntad- o  cualquier atisbo de cosa, noticia, opinión, forma, costumbre, directriz, acuerdo, comentario o bulo que pueda justificar el puro mal humor, el cabreo, la incomodidad y hasta esa mala sangre que hasta ayer siempre era (uno pensaba) defecto de los demás.

Transparencia de la verdadera naturaleza de cada uno, y de lo que cada uno es tras las paredes de la casa: la ignorancia y la tristeza que no sabía uno que las llevaba sobre los hombros; el autoritarismo y la desesperanza que no habían sido ejercidos ni habían encogido el estómago y el alma como si el aire faltase; el egoísmo y el arrepentimiento inéditos, que golpean el espejo y nos nombran, nos dicen, nos delimitan...; el desprecio  y el miedo, que eran cosa de otros hasta anteayer y ahora nos mojan los ojos con lágrimas de impotencia; la envidia y el dolor que alzan el resquemor de no haber sido tomando carta de naturaleza y revuelven  el alma y el corazón...;  el amor, que se alza exigiendo su cuota de lealtad en la distancia, su baldosa de ternura y su caricia de fuego, y no las halla, y que busca fuerza a fuerza de nombrarse, y escarba el páramo inmenso donde tal vez solo hubo necesidad de abrigo...; la deslealtad y todas sus muertes, que se asoman a la ventana para mendigar el soplo de perdón que quizá no vuelva... –cuando me apuñale la nostalgia...-. La muerte, hecha ahora verdad, con apellido y cohorte enmascarada, acechante, real y presente en cada cosa, en cada boca, en cada roce, que es una sombra en cada gesto, en cada paso, en cada palabra... Lo que debiera hacernos mejores nos convierte en emboscados morales, acechantes sedientos, tan poca cosa...

La naturaleza humana particular, cuya definición individual está en gran medida condicionada, dictada y diseñada por la vida social y el contacto con los otros, se ve repentinamente frente a su propia identidad, prisionera de sí misma y, paradójicamente, libre de las ataduras de la apariencia y las múltiples máscaras que de forma automática vestíamos cada mañana.  Uno quisiera infundir e infundirse ganas de mañana, deseos de cielo azul y hierba y mar y arena y la cintura amada que rodear con las manos -...o si alguna vez me faltas tú...-. Uno desea, uno descree de este deseo de querer creer, y ahuyentar el manto de tristeza que todo lo envuelve. El sol luce hoy en lo alto: la vida se empeña en hacerse visible en la naturaleza y en el aire. Uno piensa en la Ciencia y en los héroes. Uno, espera. Uno, todavía, cree.