Efemérides.

Estamos en Semana santa. Se anuncia dolorosa, muy dolorosa. No soy creyente. Sin embargo, profeso una especial admiración por alguien que vivió dos mil años atrás. Ese hombre fue un justo. Por eso lo mataron. Judío de nacimiento. Su padre carpintero de profesión y su madre una mujer de pueblo. Su vida fue muy sencilla. Ni fue a la escuela, ni alcanzó ningún doctorado honoris causa. Seguro que no sabía leer y escribir. Le tocó vivir unos tiempos muy difíciles. Los judíos ricos colaboraban con las fuerzas ocupantes, los romanos. Los pobres eran esquilmados a impuestos. A los morosos los vendían como esclavos. En el medio, los sumos sacerdotes. Los fariseos se dedicaban a contentar a unos y otros. A los primeros, les tranquilizaban: “no os inquietéis, lo tenemos todo controlado”. A los segundos: “paciencia, vuestro será el reino de los cielos”. Vieja música.

En eso, alguien se subió a un tosco estrado y tuvo la valentía de maldecir a los primeros y tachar de hipócritas a los segundos. La vida misma. Las gentes sencillas le escuchaban y se decían: “¡Qué razón tiene!” Los saduceos comenzaron a preocuparse: “como se cabreen los romanos la tenemos cruda”. Los fariseos: “Éste loco nos lleva a la ruina. Vive en las nubes. Es un buenista”.

Así pues, se confabularon. Nombraron a un portavoz. El atildado portavoz se presentó ante el gauleiter y le dijo: “Sabemos de alguien que está soliviantando al pueblo llano. De alguien que quiere subvertir el orden establecido. Rogamos a su Ilustrísima, señor Poncio, intervenga de inmediato”. Al Señor Poncio, le importaba un comino el bienestar de esta región lejana y atrasada del imperio. Sin embargo, no quería líos con el Cesar. En consecuencia, les respondió: “Traédmelo”. Los conspiradores se pusieron, de inmediato, manos a la obra. Ellos, gente experimentada, sabían de la persuasión que ejerce un fajo de billetes. Así pues, a uno de los seguidores del hombre, lo untan. El cuándo y el cómo se lo canta. Nuestro héroe intuye el final de la historia. No huye. Aguanta a pie firme. Lo aprehenden. El señor Poncio se lava las manos. Lo crucifican como a un esclavo y para más inri le colocan un letrero en la punta del palo vertical que dice: “Por partisano”. Las gentes importantes respiran tranquilos. Se felicitan unos a otros y algunos, incluso, lo celebran en algún burdel. Al día siguiente, no obstante, seguirán con sus chanchullos y perorata mosaica, erre que erre, como si tal cosa.

Lo que vino después es de ciencia ficción. El mensaje de nuestro hombre se difunde como la pólvora. ¡Hasta la respetable esclavitud ponen en entredicho! ¿Qué hacer? Se preguntan los poderes fácticos. Solución: “Colmemos de prebendas a sus jefes”. Aún más: “Nosotros también seremos sus seguidores”. Un tal Constantino inició el programa de deconstrucción. Deconstrucción: igual a vaciar el contenido las palabras. Antiquísima artimaña: conservemos el significante y alteremos su significado.

Resultado: “A nuestro hombre lo divinizan (¡no podía ser menos que un emperador!). A su madre la elevan por encima del linaje humano. Por fin, nombran a un intermediario entre el cielo y la tierra. Éxito arrollador. Lo que era justicia queda en limosna. El ojo de la aguja deviene en arco del triunfo. La pobreza en algo de por dentro. Su recuerdo en una representación teatral.

La historia se repite. De alguna manera lo hace. Nuestro hombre, hablando en metáfora, es vuelto, una y otra vez, a ser crucificado. ¡De ello se han encargado tantos a lo largo de estos dos mil años! Los peores: los que lo hacen invocando su nombre.

Mi homenaje para ese hombre y para los que antes y después siguen la misma senda.