Sábado, 28 de noviembre de 2020

¡Que volvamos a vernos!

Quién les iba a decir a Manuel de la Calva, miembro de Dúo Dinámico y Carlos Toro, autor de la letra, que "Resistiré" se convertiría con los años en el himno, casi oficial, de una pandemia global. Esto que está sucediendo ofrece muchas paradojas, paradojas ocasionadas por algo curioso y “mágico” que nos rodea. Muchas cosas y gentes que nos resultaban invisibles se han visibilizado: situaciones cotidianas, lugares, gestos, incluso personas han cobrado una nueva dimensión.

Aquellos paseos en que el horizonte de nuestra mirada alcanzaba más lejano que el armario empotrado o la puerta del baño al final del pasillo de casa o aquel murmullo que escuchábamos al ir en el autobús por las mañanas; la caña con los amigos, echar un vistazo al periódico mientras tomamos café acompañado de un buen pincho; las calles llenas de gente que circulaban de un sitio a otro realizando sus tareas cotidianas; los niños en los parques, un ¡adiós! al cruzarte con alguien y un poco de conversación sin mascarilla sin guantes sin tener que respetar la distancia de seguridad.

Pero creo que sobre todo esta pandemia está visibilizando el valor de los gestos y de las personas. Gestos que en muchas ocasiones hicimos sin caer en la cuenta de su importancia, que hemos realizado de forma casi automática y rutinaria, cobran otro significado y echamos de menos: un beso, un abrazo, una palmada en la espalda, un estrechar la mano de alguien. Creíamos que era suficiente con poner un wasap o hacer una llamada por el móvil para felicitar un cumpleaños o saber cómo están las personas que queremos y apreciamos, y ahora añoramos la cercanía. El gesto, casi mecánico, de mirar nuestro móvil y pensar que teníamos cerca de nuestra gente, lo vemos ahora como un sucedáneo, como algo que querríamos superar y daríamos cualquier cosa por poder traspasar esa pantalla y sentir la piel y el calor de quien está al otro lado. Porque, paradójicamente, cuando podíamos, cuando realmente estábamos juntos, de forma voluntaria nos alejábamos con la tecnología y ahora que no podemos hacerlo es esa misma tecnología la que nos acerca aunque sea de una forma virtual e insuficiente a todas luces.

La pandemia, ha visibilizado también a muchas personas que siempre han estado a nuestro lado aunque no habíamos caído en la cuenta: enfermeras, médicos, policías, protección civil, ejército, cajeras, repartidores, camioneros, basureros, limpiadoras, etc.; incluso nuestro propios vecinos. Personas con las que hemos coincidido en una consulta, al ir a la compra, en el ascensor, en el bar, en la escalera, al tirar la basura o pasear el perro. Personas con las que quizás nunca hemos cruzado una palabra y a las que ahora nos unimos desde el balcón o la ventana para aplaudir, cantar, bailar, bromear, para reconocer ese callado trabajo que muchos y muchas continúan realizando pero de cuya importancia no nos habíamos dado cuenta hasta ahora, precisamente ahora, cuando nos vemos obligados a vivir aislado. Y es que paradójicamente también, cuando estábamos juntos a aquellas gente, la indiferencia nos separaba y ahora esta soledad impuesta nos une en la distancia.

También ha visibilizado a personas a las que ya no volveremos a ver ¡qué paradoja! Personas que creímos que siempre estarían ahí pero que no estarán cuando esto termine, personas de las que no nos pudimos despedir, que se han marchado en soledad. Tal vez no recordemos la última vez que las vimos, pero seguro que ahora nos gustaría haber hechos las cosas de otra manera. Personas a las que cuando vimos esa última vez dimos un beso o un abrazo casi de compromiso, pensando ¡Dios mío llego tarde! o ¡Por favor, que no me cuentes ahora su vida!, hoy, quizás, les daríamos ese beso o ese abrazo con el corazón, sintiéndolo muy dentro, como queriendo quedarnos con parte de ella y que ella se quedara con algo nuestro ¡qué no daríamos por cambiar algunas despedidas!

Yo no recuerdo cuando fue la última vez que vi y hable con mi admirado Fructuoso, por cierto colaborador también de esta sección, no lo recuerdo y lo siento de verás. Lo que nunca podré olvidar es lo campechano de su carácter, su vitalidad y creatividad permanente, su forma de acoger a todos aquellos que tuvimos la fortuna de conocerle y su profunda fe en la Humanidad, sí con mayúscula. Un cura cuya vocación siempre fue curar no sólo las almas también las carencias y debilidades de los cuerpos, un cura empeñado en curar al mundo del egoísmo, de la indiferencia ante los que menos tienen, un cura comprometido en hacer visible la dignidad de las personas, un cura que siempre afirmó que Dios, al menos el Dios en el que él creía, camina por este mundo cada día y se hacía presente en todo aquel que solicita nuestra ayuda. Un cura, en definitiva, que además de ser un gran cura siempre fue una buena persona.

Y una última paradoja. Mientras este pequeño virus amenaza seriamente a la raza humana obligandonos a una inactividad forzosa, el medio ambiente se beneficia de ello. ¡Más claro, agua!

Ojalá, cuando todo esto pase, y pasará, hayamos aprendido a apreciar el valor de los pequeños instantes, de los pequeños gestos, de las pequeñas cosas a las que cantaba Joan Manuel Serrat. Ojalá cuando todo esto pase, y pasará, miremos más a nuestro alrededor y hayamos aprendido el valor de lo importante y no tanto de lo urgente. ¿Cuánto durará esta oleada de solidaridad que nos recorre por dentro y por fuera? Pues el tiempo lo dirá, pero si no somos capaces de aprender algo de todo esto, seguro que nos arrepentiremos.

En una serie juvenil que hace algún tiempo vi con mi nieto, el grupo de jóvenes que la protagonizaba se despedía siempre diciendo ¡Qué volvamos a vernos! A mí me gustaría decir hoy ¡Que volvamos a vernos, a abrazarnos, a besarnos, a encontrarnos! Os echo de menos a todos.