El sendero de la alfombra

 

He abierto un sendero en la alfombra del pasillo de tanto patearla; pero este sendero no se parece en nada al sendero de los Lobos de mi pueblo; aquel sendero es de color tierra-blanca, con alguna escurridera aceitosa de tractor y con mayor experiencia: ha conocido y aguantado a mucha gente de todas las edades y de muchas épocas; y, además, tiene el mérito de conducir  al personal a muchos sitios y a muchos menesteres: al río, a la besana, al rompío de hortalizas, a la yunta y al carro a la besana… Ese sendero sí que sabe, no como este sendero de la alfombra que “ni ton ni son”. No sabe de sol ni de frío ni de lluvia; ni sabe de tierras de labrantío, ni de mieses, ni de cultivos ni de pájaros cantarines, cruzando el aire en panda o posándose solitarios en los alambres del tendido a cantarnos un solo; ni sabe del croar de la raza de la charca; ni de la alameda del río, ni del río ni de su agua plácida, deslizándose sobre la arena limpia… El sendero de mi alfombra no sabe nada de estas cosas, ni de la vida, ni sabe tampoco,  que está ahí, para evitar que el parqué se gaste o se manche. Y tampoco sabe que es útil, mientras dure este tiempo de confinamiento. El sendero de la alfombra solo es de paso y para ir p'allá y p'acá.

Lo he dejado ahí con su ignorancia y me he sentado en el sofá. En veinte días, me he leído tres libros. El último me ha gustado mucho por cómo lo cuenta, lo que cuenta y cómo lo enreda el autor, para que no me entere del desenlace hasta el final. Yo creo que el autor me lo ha hecho tan misterioso, para que disfrute con la sapiencia que encierra en cada frase, en cada giro. Creo no hacer propaganda, porque os envite a leerlo: se trata de “La paciente silenciosa” de Alex Michaelides, un escritor medio chipriota e inglés. Todo un Thriller psicológico, escrito bajo el amparo de Ágatha Christie.

La tele no la veo mucho, de vez en cuando, pues no es santo de mi devoción, cuando pone programas curiosos, de calado, películas de cartel, entrevistas..., y que, realmente, me interesan. Me siento a gusto con ellos; por lo demás, no me enseña gran cosa ni me divierte, quizá, porque la vida ya comienza a desteñirme el paladar de las cosas nuevas, que, a veces, se muestran,  ante mis ojos, cargadas de excesivo morbo y vaciadas de sustancia.

Tengo que agradecer al confinamiento, asimismo, el que me haya desempolvado aquellas tablas de gimnasia, que practicaba de más joven. No me ha costado mucho su práctica a pesar de los años. La grasa me dificultó un poco los primeros días, pero, una vez que se deslían los músculos, el acordeón se mueve con mejor soltura, y yo diría, hasta con gracia.

Y la escritura no la dejo por obligación personal y porque tengo compromisos: me entretiene durante horas del día, y me cunde.

Sinceramente, no me aburro. Estas son las cualidades de las cosas, que nos echan una mano en momentos duros y complicados de nuestra existencia. La situación nos pide paciencia y  solidaridad a todos y para con todos: “después de esta tormenta, vendrá la calma”.