¿Y qué pasará cuando pase?

Son cábalas, sólo podemos alardear contritamente de suposiciones. ¿Qué pasará cuando pase este tremendo batacazo social?  De golpe, todo patas arriba. El mundo del entretenimiento, del deporte, de la cultura, de los negocios, el mundo laboral, el mundo artístico, todo, todo. Esta gigantesca ola, como las que se acunan en Nazaret, ha pegado una monstruosa bofetada en el corazón del gran trasatlántico del mundo. Parecía imposible que hubiera algo capaz de darle la vuelta a todo lo que se menea Pues lo hay. Se llama coronavirus.

 Hay muchos refranes que pueden darnos lectura popular de la situación que vivimos. Por ejemplo: “Después de la tempestad viene la calma” o “Todo lo que sube tiene que bajar”, estos son, digamos esperanzadores, quiero decir que recogen el supuesto buenismo del ser humano, como también: “La esperanza es lo último que se pierde”, o siempre hay luz al final del túnel”. Sin embargo, por el contrario, hay otros que apelan a la parte torticera de la condición humana”.

 “Las desgracias nunca vienen solas” (para echarse a temblar). O nos devuelven al ser humano como elemento trapacero, egoísta y malintencionado, como “A río revuelto, ganancia de pescadores”.

 El asunto es resbaladizo, digo responder al titular de este articulillo. Lo normal es suponer que este río desbordado de tan tremebunda e insospechada manera, vuelva a su cauce ritual y rutinario. Vamos a ver cómo encaja todo de nuevo. Aunque seguramente descubriremos cosas o actitudes que deban buscar nuevo hueco.

 Los terremotos lo desmoronan todo. Pues habrá que pensar en construir mejor, con otros materiales, otra perspectiva. Cambiar para redefinir las prioridades por las que vivimos, amamos y creamos.