Domingo, 31 de mayo de 2020

Tres miradas

Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa.

Francisco

Jesús necesita la ayuda de otro hombre para proseguir su camino. En su lento caminar junto a aquel hombre, Simón recibió de aquel rostro, sereno en su dolor, una mirada de silenciosa gratitud que lo transformó profundamente. Nuestro Dios tiene necesidad de nuestra ayuda. No es fácil saber concretamente cómo obrar; cómo poner nuestras vidas en relación con las vidas de los demás, que, sin saberlo, nos necesitan.

David María Turoldo

Confinados en casa, terminando la quinta semana de Cuaresma, se alza el telón de la Semana Santa, cuyo pórtico es el Domingo de Ramos, con la bendición y la procesión de las palmas, recordando la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Es el único domingo del año en que se celebra el misterio de la muerte del Señor con la proclamación del relato de la pasión. Una Semana Santa muy diferente, recogidos no solo en nuestros domicilios, también en el interior de nuestros corazones, buscando a Dios entre la niebla. Siguiendo la pasión de tantos cristos rotos y crucificados en los hospitales, que se nos estremece el alma.

Para ello, es necesario aprender a mirar, que significa mirar de nuevo, como si las cosas aparecieran por primera vez, centrarse en lo esencial, lo sencillo y lo más humano. Requiere abrir la ventana del alma para que nada resulta ajeno, es un situarse en la cercanía de la humanidad herida desde la sim-patía (sentimiento). La mirada atenta y misericordiosa se inclina para acercarse al herido, una mirada que se compromete con su situación y toca sus heridas.

Una primera mirada en esta Semana Santa es hacia tantos cirineos que ayudan a llevar la cruz y aliviar el dolor, aparecen de la nada cuidando y acompañando con cariño y eficacia. Simón de Cirene es el arquetipo de los hombres y mujeres que acompañan a los demás en su dolor físico. Era un hombre corriente y sencillo, sin grandes pretensiones, pero capaz de abrir el corazón y ver que lo esencial es curar.

Todos estamos llamados a compartir en alguna medida la angustia de nuestro prójimo, y lo haremos cuando menos lo esperemos; tal vez, al salir de trabajar o en el trabajo, o bien al salir a la compra desde nuestro confinamiento, al mirar a nuestro vecino anciano y ayudar a compartir su soledad. Con paciencia y confianza en Dios, podemos absorber el miedo y el dolor de los demás, sin hacer preguntas y con amor. Poniendo humanidad y paz, y a veces hasta un cierto sentido del humor.

Una segunda mirada, es buscar a Dios entre la niebla, en medio del dolor, la epidemia y la muerte, mirando hacia la cruz de Jesús. El evangelio de Marcos, expresa la muerte de Jesús con un gran dramatismo, en una profunda soledad, abandonado por todos y con un profundo ocultamiento de Dios, grita con fuerza: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,33). Desde la profunda y cercana intimidad de Jesús con Dios… ¿No es este el Silencio de los Silencios? ¿No es el silencio que acalla todas las voces y apaga toda luz de este mundo?

Es el grito final de un moribundo, de un justo humillado, torturado y ejecutado que experimenta el abandono y siente el abatimiento en la hora culminante de la vida. Jesús experimenta una situación límite, una intransferible soledad, un escandalo sinsentido que Dios respeta. En ese amor impotente del crucificado está Dios mismo, identificado con todos los que sufren y gritando las injusticias de todos los tiempos. Un Dios que no sufre, no puede liberar al hombre. Si Dios se calla ante el dolor es porque Él mismo sufre, asume la causa de los martirizados y sufrientes (Mt 25, 31).

Una tercera mirada la queremos hacer hacia la esperanza. La esperanza del hombre y la ilimitada misericordia de Dios, chocan una y otra vez con la experiencia de las duras realidades del mundo y con la experiencia de tantos dolores, en forma de epidemias, hambre o guerras. Si en la columna del miércoles anterior nos preguntábamos ¿dónde está Dios ante la experiencia del sufrimiento?, en esta nos preguntamos ¿dónde está el hombre ante el sufrimiento?. En hombre religioso se agarra a la esperanza y a la misericordia de Dios, pero es una esperanza activa, dando sentido a la oscuridad de la muerte. Esa misericordia y profundo sentido se revela en la cruz de Jesús, una víctima.

La fe da sentido a esa realidad misteriosa que nos supera y nos sobrepasa.  El amor misericordioso de Dios se va desvelando en el acontecer histórico, así como en la vida de cada persona, siempre como un destello silencioso donde aproximarnos, pero sin poder tocar del todo el final. Lo inefable y misterioso no es lo que no comprendemos, sino lo que nunca llegaremos a comprender del todo, para ello necesitamos tiempo para caminar en esa realidad que nos supera.

La esperanza es una fuerza activa y activadora, nos alienta y compromete a convertirnos en testigos de la misericordia de Dios y a abogar por la misericordia en nuestro mundo. Si hay una relación entre la misericordia y la justicia, se concreta en realizar un mundo más justo, un Estado más justo, una sociedad con el valor de la misericordia y la solidaridad. Si tenemos que salir de esta situación tan dura que nos ha tocado vivir con la epidemia, será juntos. Trazando nuevos caminos posiblemente inesperados en una cultura de la solidaridad y del encuentro, Dios actúa en nuestro mundo, pero necesita nuestras manos. Unos quedándonos en casa, otros luchando contra la muerte, otros ejerciendo la fraternidad de la cercanía, pero todos desplegando una nueva mirada para crear una nueva sociedad de la corresponsabilidad existencial.