Viernes, 14 de agosto de 2020

Correr el tejado

A la niña bonita que ya no lo es –niña, no bonita- le digo que salga al cacho patio a hacer la fotosíntesis.

          -Mamá, es que hace frío.

          En esta familia mía no hay término medio: están los que no salen de la hura ni a garrotazos y los que se pasan la vida con la lengua fuera mirando la calle y esperando que les pongamos una correa para salir a dar un paseíto y levantar la patita. Que no se puede, coño ¡Pero tú sales! ¡A buscarte lo que comes, me cago en diez!

          En mi casa también somos muy respetuosos. A mi abuelo no se le pasaba por alto ni una palabrota, los tacos, como el bar, el tabaco y el dominó, para los hombres. Mi abuelo era de los que maldecían con la restalla, se acordaban del ministro de la Gobernación o de la sota de bastos. Escuchando el parte, todos callados, y tonterías, las precisas. Una sabiduría que a su bisnieta le regalaría en un pueblo de Extremadura el maestro que le enseñó a leer y a escribir. Mi hija es extremeña de primeras letras y todavía recuerdo el empaque con el que le dijo al abuelo Ángel, con su media lengua de trapo que hubiera hecho las delicias del profesor Llorente Maldonado de Guevara, padre del dialectalismo español, “Agüelo, tonterías, las precisas, dice mi maestro Julán” ¡Quién nos iba a decir que el hijo de mi maestro emérito de la Universidad le enseñaría griego y latín a la niña bonita!

          A los de Torrejoncillo les puede el idiolecto con el que mezclan las hablas de transición con el leonés y el amor por Julián Cabello, el maestro que se trajeron a Salamanca la madre y la hija con la lección bien aprendida. Esos niños que para mi abuelo, eran lo primero, lo segundo, lo tercero, pero eso sí… los niños y los perros, a la puerta del chozo. Y el gato junto al fuego y luego a correr el tejado, como es su obligación. Porque todo tenía su porqué. tareas y labores que se sucedían como los meses: varear los colchones, encalar las paredes, correr los tejados para comprobar que no hay goteras y que la teja árabe, esa que guarda en su cualidad de tierra todos los líquenes, esté en su sitio y nos proteje de toda perturbación.

          -Mamá, mira la mano de la bruja.

          En el ángulo del tejado de la vecina de mi abuela, un adorno extraño, un capricho del albañil, me recuerda que la creatividad, el deseo de dejar huella, nos puede a todos, incluso al más humilde de los maestros de obra que sabían montar un tejado, convertir el árbol en viga mayor y la tierra en suelo de barro. La casa viva canta su latir orgánico. La casa que ahora desearíamos recorrer por el tejado, gato cansado de su encierro, traviesa escapatoria de estos días carcelarios. Calle vacía por la que pasea, dueña y señora, la gata que han alimentado todas las vecinas de este mi barrio. Los perros y los niños… ya abuelo ¿Y los gatos? Los gatos a cazar ratones, que para eso están. Los gatos a permanecer dentro de la casa mientras agitan la cola con cierto nerviosismo, estos humanos no salen ni para hacer la fotosíntesis…

          -Mamá…      

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.