Los hijos del olvido

Mis ojos se clavaron en su rostro. Tomé un pañuelo de papel y enjugué sus lágrimas, estaba llorando. Era mayor, pero no demasiado para vivir en el mundo del olvido. En ese lugar se envejece lentamente, al tiempo que se pierden los pocos afectos que se recuerdan.

Todo en la Naturaleza se encuentra ordenado. Solo las personas, gracias a la libertad, sembramos el desconcierto necesario para que ese orden se invierta. Así, mientras tenemos fuerzas, cruzamos latitudes inimaginables sin advertir que, durante esos trayectos, vamos perdiendo todas nuestras capacidades. Y, como si de un castigo se tratara, nuestros esfuerzos no se ven recompensados, al menos en la medida que esperábamos. Solo con el paso de los años descubrimos que muchas de nuestras decisiones no fueron acertadas. 

Sería importante analizar tales comportamientos dentro de los contextos en que tuvieron lugar. También las responsabilidades omitidas, respecto a las personas con las que hemos compartido la vida. 

Lo cierto es que somos gregarios; necesitamos al grupo. Estamos integrados en la sociedad a través de la familia. La necesitamos al nacer, para dar los primeros pasos; en la madurez, para mantener vivos los apoyos mientras nos esforzamos para que nada le falte. Pero más aún cuando llegan la vejez y la enfermedad cogidas de la mano. En esos momentos es una obligación moral no abandonar a los seres supuestamente queridos. 

Por el contrario, nos independizamos en cuanto podemos, sin contraer compromiso alguno con aquellos que nos dieron la vida. Hay demasiada violencia en las actitudes, y mucha negligencia al no asumir las responsabilidades. Cierto que hay conductas que no se deben imponer, pero todo cambiaría si, a través de la educación, se rescataran algunos valores que se han perdido; pues los jóvenes de hoy, con sus omisiones inconscientes, y sus negligencias no reconocidas, serán los viejos de mañana que, cargados con una pesada mochila, desplazarán enormes fardos de dolor y soledad. También ellos cruzarán penosamente los espacios ante la indiferencia de sus seres queridos. 

Quizá haya llegado el momento de plantear en serio una reforma definitiva de la educación; pues algo tan importante, no debe ser cambiado en función del discurso de quienes acceden al poder. Educar es, fundamentalmente, formar para la vida, los valores no tienen fecha de caducidad; están ahí desde tiempo inmemorial. Sirvieron a nuestros abuelos y también a nuestros padres ¿por qué razón no han de servirnos a nosotros?

Es importante mirar al pasado. No evolucionamos, si desechamos las fórmulas de ayer sin tener a mano otras referencias que nos conduzcan hacia un futuro mejor. Avanzar ciegamente nos ha traído donde estamos. Y, como si de un monte quemado se tratara, hay que repoblar la conciencia social con elementos regeneradores a través de la educación. 

Es en los primeros años cuando la mente acuña su primer lenguaje. Hay que sembrar esos valores; fortalecerlos en la juventud y recordarlos en la madurez. Pero solo a través del ejemplo es posible enseñar a los pequeños los caminos de la vida. 

No creas que me he desviado del artículo “los hijos del olvido”, todo está relacionado. Hay demasiadas personas que viven en residencias, abandonadas por los suyos. No me refiero a un abandono físico, sino afectivo. Pues nada importa dónde nos encontremos, si permanecen intactos los lazos del amor. Cuidamos el cuerpo de nuestros ancianos, pero ¿quien cuida de su alma? ¿Quién les escucha cuando se aproximan, con todos sus miedos, hacia la última frontera? 

De mi paso por aquella residencia, no puedo olvidar a Luisa, una persona con la que pasé algunos minutos. Afectada por la enfermedad, se agarró a mi brazo y me pidió que la llevara con su madre. ¡Qué recuerdos tan bellos había en su cabeza! ¡Qué fracaso tan enorme, no poder hacerlos realidad! 

      Manuel Lamas