Diario de una pandemia (6)

 

DOMINGO 29

El Código de Deontología Médica español recuerda que “el médico no puede negar la  asistencia por temor a que la enfermedad o las circunstancias del paciente le supongan un riesgo personal” (art. 5)  y añade que “el médico no abandonará a ningún paciente que necesite sus cuidados, ni siquiera en situaciones de catástrofe o epidemia, salvo que fuese obligado a hacerlo por la autoridad competente o exista un riesgo vital inminente e inevitable para su persona. Se presentará voluntariamente a colaborar en las tareas de auxilio sanitario” (art. 6).

Volver a un texto que recoge los fundamentos éticos de nuestra profesión ayuda y a la vez interroga mucho cuando se sabe que, en plena guerra donde las trincheras son las UCIs hospitalarias pero también las residencias o incluso los domicilios, caen una tras otra las decisiones inevitablemente influyentes sobre el pronóstico vital de una persona. ¿Criterios de edad? ¿De enfermedades coincidentes que dificultarían la recuperación? Sí, está sucediendo más que nunca. Pero también enferman personas con discapacidad mental, jóvenes, con una esperanza de vida presumiblemente alta, sobre las que también se decide. Sobre todos, sin excepción, se decide cuando no hay recursos suficientes. Es así de duro, y cuesta escribirlo… pero, en muchos lugares, es la guerra y aquí están sus consecuencias. A la ética siempre le ha costado sobrevivir en medio del fuego cruzado. En realidad, aceptémoslo, sin llegar al repugnante grado de gerontofobia de los neerlandeses, en España se lleva décadas decidiendo, ¡culpablemente!, sobre personas, así que no es momento de sorprendernos. Quizá esta dolorosa crisis nos ayude a darle una vuelta a nuestro materialismo vacío y a tantas convenciones sociales construidas sobre la nada y opuestas por completo a los principios éticos de la Medicina, que ha reflexionado mucho más sobre la vida humana durante siglos.

Me centraré ahora en el párrafo con que abría, el de la anteposición de la lealtad con el paciente y su salud al riesgo personal, y también la voluntariedad en el auxilio, a la que se están prestando muchos médicos no ejercientes o ya jubilados, como mi padre. Se nos pide arriesgar, y de verdad es el impulso que sentimos (casi) todos, con cabeza pero también con corazón, porque la ciencia se quedaría incompleta sin la caridad de la vocación. Pero ese peligro que asumimos exige que la autoridad no nos retire sino que nos proteja como debe. Esa misma autoridad a la que toda una ministra, obviamente autoridad, se refería en tercera persona, que a ese nivel de estupidez hemos llegado. A esa autoridad de mando único pero multiplicidad de méritos y de culpas, de encargos diversos, de predicciones imprecisas, siempre “en los próximos días”, es a la que le pedimos que no nos mande batirnos en retirada, porque iría contra nuestros principios, pero que, por favor, nos proteja como es su deber y haga todo lo posible para que las decisiones sobre la vida de las personas sean cada vez menos. Que quien muera sea porque ha de ser así, no porque no se le han ofrecido los medios ordinarios que siempre se han prestado, y que ahora, si no se dan, no es porque no se quiera, sino porque no se puede. Para dejar morir a personas ancianas o con varias enfermedades ya están los Países Bajos, más bajos que nunca. Ojalá nunca les compremos esa pésima idea en forma de ley de compasión mal entendida.  Ojalá se le dé una oportunidad de explicarse a esa sólidamente edificada, tristemente desconocida y políticamente incómoda, la deontología médica.

LUNES 30

Mi vecino de columna los sábados, el párroco de mi cofradía cuando lo era de La Purísima, mi leído escritor brillante (algunas veces en desacuerdo, en formas que no en fondos), amigo de varios amigos así que amigo al fin y al cabo, exaltador de la Cruz “bien completa”, Fructuoso Mangas Ramos, atendió la llamada definitiva y crucial hace unas horas. Me alegra haber podido estar, celebrar juntos, en su última Vigilia Pascual, en una Vera Cruz transmutada en Vera Luz. Con el marcapáginas que nos regaló a la salida a modo de felicitación y su penúltima firma en Pasión en Salamanca ilustro este apunte amargo pero esperanzado. Mejor que escribir sobre él, leerle, y acompañar a los suyos en la consoladora acción de recordarle, porque para Fructuoso ya es Pascua Florida. Fiel a su estilo… Vale.