30 de marzo, Día Internacional de las Empeladas de Hogar: tiempo de crisis, tiempo de esperanza.

Se acababa el año 2011 cuando se aprobaba en España una nueva regulación laboral del Servicio del Hogar Familiar. Era – aquella – una demanda largamente realizada por las trabajadoras (en femenino, más del 90 % de las personas que trabajaban y trabajan en este sector, son mujeres) y por las entidades que venían apoyando al colectivo.

 

Habían pasado más de veinticinco años desde la última regulación y solo hubo que esperar uno para que se produjera la siguiente. Como suele suceder en estos casos, ni el Real Decreto de noviembre de 2011 ni su modificación por otro Real Decreto en diciembre de 2012 colmaron las aspiraciones de quien se ocupaba de cuidar de nuestra intimidad y de nuestros seres más queridos.

La falta de reconocimiento de una prestación por desempleo, la escasa protección contra el despido libre, el mantenimiento de la figura de “empleada interna” o la falta de protección contra enfermedades o accidentes profesionales – entre otros – han seguido siendo elementos de reivindicación de un colectivo débil, olvidado e… imprescindible.

Durante estos años, las trabajadoras del hogar han venido cubriendo las carencias del Estado del Bienestar y de la Ley de la Dependencia desde su propia precariedad.

A pesar de las mejoras salariales que se han ido logrando con el progresivo incremento del Salario Mínimo Interprofesional – o, tal vez, por eso mismo – han visto cómo se ha generalizado la contratación “informal”, la economía sumergida, la picaresca de estar cotizando por algunas horas al día trabajando muchas más.

Han realizado tareas no solo de limpiadoras, cocineras, acompañantes o cuidadoras, sino que también han ejercido como asistentes de personas en situación de dependencia, en familias donde – con reconocimiento oficial o sin él – era imposible contratar a una profesional debidamente titulada o a una empresa legalmente acreditada.

Y lo han hecho porque tienen que comer y mantener a los suyos, porque – con frecuencia – su salario es la única fuente de ingresos en sus hogares, ingresos que estiran como si de un chicle se tratara.

Y en esas estábamos, peleándonos por saber cuánto iban a tener que cotizar este año, cuando ha llegado la nueva Crisis, ahora más global si cabe, sin fronteras y sin clases sociales. La realidad nos devuelve que no es momento solo de hablar de cifras de afectados o de fallecidos, de familias encerradas, de personas solas y desatendidas…

Esta crisis no es solo sanitaria, también es social. Es el momento de reflexionar como sociedad, de forma profunda y preguntarnos en qué condiciones trabajan las personas que están dedicadas a esta tarea, preguntarnos por los protocolos de trabajo y de prevención, es momento de reconocer su importancia en el sistema y en cómo se caería el andamio si se marcharan a confinarse a sus casas. ¿Y qué ocurrirá si se contagian por razón de su trabajo? ¿Preferimos – como Sistema – quedarnos en invertir en ayudas sociales de alimentación o de ayuda al alquiler o ir más allá e invertir también en protección de las personas trabajadoras para que no lleguen a determinados extremos de precariedad? ¿Cómo protegemos a las trabajadoras que, además, son invisibles porque no tienen permisos, pero son imprescindibles porque cuidan a quien nadie puede o quiere cuidar?

Es cierto que las últimas noticias vertidas estos días, respecto a las medidas que el Gobierno va a implementar por la Crisis del COVID19, referidas a una prestación de desempleo extraordinario para las empleadas del hogar nos da motivos para la Esperanza. Hay motivos para celebrar que, por primera vez en nuestra historia, se articulen medidas de protección a las empleadas de hogar y que podamos esperar escenarios en los que estas medidas se transformen en prestaciones más estables; porque creemos que la grandeza de un Sistema se demuestra cuando no deja a ninguno de sus componentes en la cuneta, ni si siquiera en los peores momentos.

Hoy, Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar, desde Cáritas Diocesana de Salamanca, queremos estar a su lado, como lo estamos al lado de toda la Sociedad:

Visibilizando su sufrimiento que es también el nuestro.

Recordando a los empleadores y a las empleadas su responsabilidad para hacer que esas relaciones laborales sean legales, justas y dignas.

Instando a las Agencias de Colocación y Empresas Intermediarias a cumplir con la legislación vigente garantizando la correcta atención a las familias y la protección a las empleadas.

Exigiendo a la Administración, como primera responsable del bienestar y protección de los ciudadanos, que:

§ Gestione un análisis en profundidad de las posibilidades del sistema de cuidados en nuestro país, detectando errores y proponiendo medidas concretas de mejora que puedan implementarse en un plazo de tiempo razonable.

§ Reflexione cómo articular la gestión de los cuidados separándolos claramente del Empleo Doméstico

§ Vigile las condiciones laborales de las empleadas del hogar, sabiendo que, un hogar donde hay una trabajadora doméstica es un lugar de trabajo y por lo tanto deba estar sujeto a la inspección.

§ Controle la gestión de las Agencias de Colocación y Empresas Privadas intermediarias para que se realice una gestión justa, legal y eficaz.

§ Mantenga y Mejore prestaciones o subsidios para las empleadas del hogar, más allá de las medidas inmediatas que se puedan tomar en este momento por la crisis sociosanitaria del COVID-19.

§ Elimine la figura de la empleada de hogar interna para dignificar el perfil y erradicar prácticas que rayan la explotación.

Todo esto para que se haga realidad aquello que oímos cada día en los foros, en las redes, etc: que “cuando salgamos de esta seremos mejores personas y habremos aprendido grandes lecciones”.

Équipo de inserción laboral de Cáritas Diocesana de Salamanca.