Lunes, 3 de agosto de 2020

En cada ventana anida un niño

En cada ventana anida un niño que dibuja con el dedo la calle que no pisa, el paso que no da, el abrazo que no abriga. Y en cada árbol, apretada la yema de la hoja, la esperanza conjura la hoja que será sombra para quien no se sienta al sol de los días pausados, los días sosegados, jubilosos de un retiro bien ganado, de un ocio retirado ahí donde la preocupación se sienta a pasar las horas.

          Porque ya lo tenían todo ganado. La arruga de la preocupación, la pensión escasa, la barra de pan bajo el brazo y el periódico para leer sobre la mesa camilla donde orbita ahora el miedo, parábola cruel de una ventana que cuenta muertos, rosario de sucesos. Ellos que ocupaban el espacio de la calma, el afecto de la obligación, la puerta del colegio. Ellos, atentos al vuelo de la nada, al pasillo de las puntadas, a la red de ganchillo y llamadas, al vino en la barra y a la partida de cartas. En cada zapatilla gastada, los pasos infinitos, peregrinos hacia la nada.

          El banco vacío y sorda la cancha donde golpeaba el balón contra una alambrada que nada separa. El barrio quieto al sol de todas las mañanas. El báculo de la experiencia que no dibuja en la tierra los signos del recuerdo. Y esa ventana que guarda, entre los visillos de la abuela, el rostro encerrado de un polluelo sin vuelo y sin alas. El banco vacío y la pelota varada.