Viernes, 10 de abril de 2020
Ciudad Rodrigo al día

Los topos, los tópicos y los héroes de la ‘tercera guerra mundial’

Vigésimo séptimo capítulo de la serie de Ángel Iglesias Ovejero sobre los ‘Exilios y emigración’

Desde hace unos días o semanas no se ve ni se oye otra cosa en los medios de comunicación: “estamos en guerra”. Sin embargo, a juzgar por las informaciones y lo poco que se observa, había o hay bastante gente que no se lo acaba(ba) de creer, y no le falta(ba)n motivos para quedarse perpleja. Por un lado, están los enemigos en sí,  tan numerosos y sutiles, que no respetan fronteras, ni razas, religiones, ni nacionalismos, ni derechas, ni izquierdas, ni sexos, ni edades, ni estamentos sociales; pero atacan a los más débiles, pobres y desvalidos; y los daños colaterales que producen son incalculables. Por otro lado, los responsables políticos occidentales, tan prepotentes, tampoco inspiran una confianza ciega para librar semejante batalla contra esas legiones y legiones de diablillos burlones y cabritones que los científicos han bautizado con el nombre casi poético de Coronavirus. Después de haber observado con cierta displicencia el lejano combate que los chinos libraban por su cuenta, desde hace tres meses, quizá se hayan percatado de que no podían amedrentar a ese enemigo con amenazas y castigos de represalias económicas o con aviones, bombas y cohetes. Es posible incluso que algunos países hayan seguido promoviendo discursos truculentos y fabricando esos artefactos, en lugar de gastar el dinero y las energías en construir hospitales y prever el equipamiento adecuado, dotando al personal sanitario de un mínimo de medios con que protegerse contra la epidemia. Los más valientes y vocingleros estaban dispuestos a que el pueblo en masa esperara la llegada del virus, con la primavera, en mangas de camisa. Al final, se ha llegado a la conclusión de que el remedio más eficaz para librarse de tal calamidad es curarse en salud, un remedio de Pero Grullo que lleva el corolario de, al menos, no transmitir la enfermedad. Ese es el objetivo del “confinamiento”. Esta es otra palabra de moda, que recuerda otras guerras a los más viejos, por haberlas vivido, y a los demás por la memoria colectiva. No es recuerdo placentero.

El confinamiento suele ser vivido como un castigo (y de ahí su rechazo), porque el arresto domiciliario puede serlo de hecho. En esta situación no lo es, pero como remedio casero tampoco va decorado con la aureola del heroísmo, sino asociado con el instinto de conservación propio de alimañas y de personas que no se sienten en la obligación de tener comportamientos de mártires, ni de héroes, ni se las dan de sabios, porque piensan ser más útiles en vida como padres, hijos o hermanos cumplidores de sus deberes, que no dejando a los suyos en el desamparo. En la sublevación militar de 1936 ese fue el primer reflejo que tuvieron los republicanos atrapados en la zona de la comarca de Ciudad Rodrigo y de otros territorios: ocultarse, emboscarse, emparedarse en sus casas. Una reacción parecida tendrían los “derechistas nacionales” sorprendidos  en zona republicana, a causa de la declaración de guerra quizá propiciada por ellos mismos. Al menos estos últimos, cuando sobrevivieron a la contienda, salieron del cautiverio y celebraron la victoria bélica. Los emparedados republicanos que no pudieron huir o no sucumbieron en la huida (presos o muertos en ella) pasaron decenas de años en las madrigueras practicadas en sus propios hogares. Está por escribir su historia detallada, impensable en vida de Franco; después tampoco ha interesado mucho. Jesús Torbado y Manuel Leguineche describieron algunos casos de aquellos enclaustrados en un libro que titularon Los Topos (1977), inspirándose en la metáfora que uno de ellos utilizó para describir su modus vivendi. Casualmente, cuando ya parecía inminente la imposición del susodicho confinamiento a Francia entera, en la Semana del Cine de Lengua Española de Angers (11-17 de marzo de 2020) estaba programada para el viernes 13 de marzo la proyección de la película La trinchera infinita (2019) de Jon Garaño, Aitor Arregui y José Mari Goenaga, titulada en francés Une vie secrète (‘Una vida secreta’), cuyo estreno oficial está previsto para el próximo 6 de mayo. Cabe desearle un éxito de público que sería de buen augurio para todos. En Angers, en razón de que por entonces (en esa ya remotísima fecha de la que nos separan solamente una decena de días eternos para algunos) no estaban autorizadas aglomeraciones de más de cien personas, no acudió la asistencia esperada. El guión de la película se inspira en la experiencia vivida por Manuel Cortés, alcalde de Mijas (Málaga) durante la II República, que vivió oculto treinta años, según recogió el documental Treinta años de oscuridad, de Manuel H. Martín (2011).

Aguantar así decenas de años, sin ver a sus anchas la luz ni oír el canto mañanero de las inquietas avecicas, tiene su mérito. Sentirse vivo ofrece algunas compensaciones a cambio de muchas precauciones (por ejemplo, dormir con la esposa y no dejarla preñada, o exponerse a que ella deba apencar con el sambenito de mujer “roja y mala”). Pero, además de algunas ayudas discretas, esta situación agónica permanente y casi rutinaria también requiere algo de suerte, que otros no tuvieron. No está de más recordar que en la comarca de Ciudad Rodrigo prácticamente solo se conocen “topos” provisionales, y no fue por falta de aspirantes a serlo más tiempo, sino por el ahínco y tenacidad de sus denunciantes y represores.

 En el estudio de la represión franquista en el SO de Salamanca (Iglesias 2016: II.8) se mencionan algunas víctimas entre las muchas que intentaron pasar desapercibidas en sus corrales y majadas o en pertenencias de sus familiares y conocidos de lugares cercanos. Dos vecinos de El Bodón que escaparon en la saca del 11 de setiembre  de 1936 vivieron escondidos algún tiempo: Plácido Ramos y Emeterio Pino “Minguín”. El primero anduvo por la Sierra de Francia, después se refugió en un cuchitril de su casa, a escondidas de sus propios hijos, y,  después de dejar encinta  a su mujer por sexta vez, fue descubierto, denunciado, detenido, llevado al ayuntamiento y de allí sacado para un destino hasta hoy desconocido, aunque su familia nunca ha tenido dudas sobre su ejecución clandestina. “Minguín” se ocultó durante años en escondrijos del campo, sin duda con la ayuda de sus parientes, hasta que, cansado de la errancia, se entregó a las autoridades. El primero de estos fugados con fortuna relativa fue Zacarías Maíllo, vecino de Mogarraz, que salió ileso de un tiroteo y encontró hospitalidad en el chozo de un guarda por unos días. En cambio, no pudo ser más aciaga la suerte de Ángel López, concejal del Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo, que también consiguió salir con vida, aunque herido en un brazo, de una fallida ejecución ilegal junto al puente del hoy reconocido yacimiento prehistórico de Siega Verde. Estuvo refugiado en Las Hurdes, donde los carboneros le ayudaron a sobrevivir, y unos vecinos lo delataron y participaron en su captura con las milicias fascistas; después fue procesado, condenado a muerte y ejecutado en 1937. Unas vicisitudes análogas vivieron Celso Moro, Cristino Bartolomé y Máximo Muriel, sindicalistas y gestores municipales de Retortillo, que huyeron de sus domicilios a finales de julio de aquel verano sangriento y estuvieron escondidos tres semanas en las instalaciones de una dehesa, adonde les llegaron las habituales promesas de que “no les pasaría nada” si se entregaban. Regresaron al pueblo, a cuya entrada los esperaba la milicia armada fascista, que los puso en manos de la justicia militar, por la que fueron condenados a muerte y ejecutados.

La Raya portuguesa también repartió caprichosamente los números de aquella lotería. En Fuentes de Oñoro se fugó oficialmente a Portugal el policía Alfonso Navalón, aunque fuentes orales afirman que estuvo escondido en su domicilio durante la guerra, y ambas versiones son compatibles si, como parece probable, la ubicación de su casa y la ayuda de los vecinos hispano-lusos le permitían el acceso a los dos países. Estas circunstancias favorables hicieron posible la fuga y emboscadura en la Raya portuguesa de León Almaraz y Ángel Ramos, respectivamente alcalde y gestor republicano de Navasfrías; León estuvo en este limbo rayano una veintena de años. Ángel, a quien los malos tratos a su mujer (Petra Almaraz) por parte de los represores locales dejaron viudo en 1937, emigró a Brasil. Suertes análogas corrieron dos vecinos de otro pueblo fronterizo, Aldea del Obispo: Alberto Martín y Jacobo Andrés. El primero de ellos halló cobijo entre amigos y conocidos del país vecino, sin posible regreso a su hogar, a no ser a hurtadillas para algún entierro. Jacobo fue tiroteado dos veces, a ambos lados de la frontera, y se le perdió el rastro en un local de detención de Ciudad Rodrigo. Huidos por la frontera portuguesa anduvieron Dionisio Hernández, maestro de La Bouza y su padre Victorino Hernández, brigada de Carabineros retirado, así como otro maestro señalado, Raimundo Etreros, los tres procesados y encarcelados. Hoy también se sabe que fueron numerosos los efímeros topos o emboscados en los pueblos de la Sierra de Francia. José Esteban Martín Pérez, vecino de Casas del Conde, estuvo emboscado cerca de su casa antes de entregarse, pasar por la cárcel. De nuevo en el pueblo, se sintió asfixiado por el entorno fascista local, y tuvo que emigrar a Francia (Secuelas vigentes del franquismo, 21/02/2019). Varios vecinos de La Alberca se emboscaron o se atrancaron en sus domicilios, pero a mediados de agosto fueron denunciados, detenidos y ejecutados extrajudicialmente. De hecho por este trance pasaron la mayoría de los eliminados y presos en la represión franquista efectuada en la zona de “la España Nacional” sobre todo en 1936. Con la victoria militar en 1939, la Represión se efectuó a gran escala principalmente en el antiguo territorio controlado por el gobierno legítimo de la República.

El Franquismo, que algunos Voceras y Populistas añoran y cultivan todavía, fue un confinamiento moral que durante la Dictadura afectaba a todos los que no pertenecían o adherían al bando vencedor. Tenía también su mérito aguantar aquella prisión al aire libre, que en los años sesenta permitía vivir, ya sin pasar hambre, respirar aire puro, por ejemplo, en las excursiones a la Sierra de Madrid o a los pantanos de Entrepeñas y Buendía (“el Mar de Castilla”), bailar en los guateques el que supiera, y, por supuesto, celebrar “los 25 años de Paz” (“de Tranquilidad”, corregían las curas obreros). De hecho, “al paso alegre de la paz” marcado con la Tranca, desde los años cuarenta ya se podía aprender aquello de “la Iberia Húmeda y la Iberia Seca”, “los caudillos Indíbil y Mandonio” (precursores catalanes del Mandón) y otro montón de cosas igualmente útiles y necesarias “para ser hombres de provecho” (las mujeres ya eran provechosas de siempre, en casa). En el tramo final del Franquismo quienes tenían medios, enchufes o ayudas milagrosas podían hacer estudios superiores (o medianos) y, por supuesto, pensar, si no le habían dado con algo en la cabeza. Decir lo que se pensaba era asunto más espinoso, según lo que hubiera que decir. Todo el mundo aprendió a manejar e interpretar un registro lingüístico sibilino que, en sustancia, servía para nadar y guardar la ropa.

El virus del Franquismo había hecho estragos, precisamente,  en el lenguaje desde su gestación y primeros pasos en el verano y otoño de 1936 en Salamanca, con aquel híbrido engendro que fue el Nacional-Catolicismo. Treinta años más tarde, lo de “no meterse en política”, para evitar riesgos, había dejado de ser un tópico, para convertirse en un tópico al revés, porque la política oficial se metía en el cerebro de todos, sin dejar rincón sano. Los “principios del Movimiento” eran de obligada ingestión y había que tragarlos, como antaño el aceite de ricino, en la “Formación del Espíritu Nacional”,  una de “las tres Marías” que acompañaban el periplo pedagógico desde la Segunda Enseñanza hasta los últimos años de carrera en la Universidad: “la Gimnasia” (o Educación Física), “la Religión”  y “la Política”. Pero este nombre se convirtió en un tabú. En Madrid, la pomposa “Facultad  de Ciencias Políticas y Económicas”, ubicada en el edificio de “La Caja de Cerillas” (por su forma), no lejos del Palacio de Moncloa, sufrió un confinamiento que la llevó al Campo de Somosaguas, algo perdida entre los carrascales y otras especies de monte pardo en Pozuelo de Alarcón. Así que partidos políticos, no había más que uno (y sin partir, y aun esto le parecía excesivo a José Zato, un robledano que estuvo en la División Azul). Los partidos de fútbol y otras zarandajas de gimnasia, con señoritas y grupos folclóricos, en el estadio Bernabéu servían para camuflar la metamorfosis de la Fiesta del Trabajo (1º de mayo) en la de San José Artesano. El sufrido pueblo español seguía aquellos tejemanejes por la televisión, así como las eventuales exhibiciones de sus habilidades profesionales efectuadas por “los productores” (así se llamaban los trabajadores manuales del campo y de la ciudad). Los obreros bravos salían a la calle y se enfrentaban a la policía. Cuando había muertos, reales o supuestos, solamente se comentaba por la radio macuto.

Estos huelguistas, como los de las minas, astilleros y fábricas del Norte o de Cataluña acudían al reclamo de las Comisiones  Obreras. Los más intrépidos comunistas callejeros se reconocían por su aire compungido a las entradas del Metro, con rollos de revistas debajo del brazo (“Mundo Obrero”). De los socialistas y futuros felipistas no había demasiadas noticias. Nadie reconocía haber tenido familiares ejecutados por “rojos”, a no ser con las debidas abjuraciones ante la Policía, que, obviamente, conocía mejor que los mismos interrogados sus antecedentes republicanos, porque era “la mejor del mundo”, gracias a la experiencia adquirida en el arte de la tortura. Lo que se filtraba del pasado de unos y otros no era muy alentador ¡Oh, Dios, qué primeros descubrimientos! Grandes escritores y profesores admirados, que por aquellos años empezaban a oponerse al Franquismo, habían sido sus mentores y propagandistas treinta años atrás. Otros habían sido agentes de la censura de la que ellos mismos se quejaban. Tardaba en llegar, pero se avecinaba el cambio (había un semanario que se llama así). Murió el Personaje (1975), no sin que su familia política y biológica hiciera todo lo posible para prolongar su penosa agonía, en espera de que algún vástago injertado en el mismo tronco por la vía conyugal hiciera valer sus derechos monárquicos, o surgiera algún otro hombre providencial.

Han pasado los años, casi medio siglo. Y han ido surgiendo aspirantes a la calificación de héroes, que seguramente merezcan, pero no han reclamado, quienes, habiendo podido abandonar el País, por razones altruistas no lo hicieron, eligiendo el “exilio interior”. Entre ellos se cuentan maestros reconocidos. Moral y físicamente con este exilio no elegido, pero quizá tampoco evitado, es comparable la situación de aquellos republicanos que fueron enjaulados dentro de los barrotes carcelarios o tuvieron que  hacer méritos para la redención de penas por el trabajo, en la construcción de la basílica del Valle de los Caídos, por ejemplo. Los otros españoles, inmersos en una sociedad nacida y perpetuada por la violencia, aunque sufrieran el hambre imperial de los años cuarenta o vieran con cierta amargura “el milagro económico” de los años sesenta (a costa de una gigantesca emigración y la invasión turística), no  necesitan  ni deben calificar su experiencia como un exilio interior. Porque hay en ello una perversa manipulación tendenciosa destinada a descalificar el “exilio exterior”, insinuando que los miembros del Gobierno de la República y los intelectuales en el exilio se daban la gran vida, y, lo que es peor, olvidando el penoso calvario de los exiliados en los campos de concentración, su salida sin vuelta para muchos, su aportación a la Resistencia francesa, su triste destino en los campos de exterminio nazi.   

En esta tercera guerra mundial, que afecta ya a todos los rincones de la Tierra, sobran los héroes épicos y galácticos. En cambio, son necesarios muchos millones de pequeños héroes pacíficos dispuestos a sacrificarse por SOLIDARIDAD y con DISCIPLINA. No es tiempo de polémicas, aunque hay que exigir a los dirigentes políticos que manden mensajes claros y eviten consignas contradictorias (predicar el confinamiento y convocar elecciones, en Francia; promover o tolerar manifestaciones extemporáneas en España; afirmar que el confinamiento provocaría la ruina del país, en los Estados Unidos -¡menudo ejemplo para la Humanidad!-) y hacerlas cumplir A RAJATABLA (no se hace en Francia, donde hay más de un 10 %  o un 15% de la población que no las respeta, sin contar los que en París y otras grandes aglomeraciones urbanas están autorizados a estirar las piernas por las calles durante una hora y, por supuesto, sin contar los que sacan a pasear sus animales domésticos).

La mayoría de la población está llamada a practicar un heroísmo pasivo: no hacer nada que pueda transmitir el virus (ni adquirirlo gratuitamente ni regalarlo a los demás). Es aburrido aguantar en la topera del domicilio o de otra parte. Es duro no sentir de cerca el calor de los suyos o tener que dejarlos marchar sin despedida. Pero hay que aprender a AMARSE SIN TOCARSE y, en último término, rendirse a la evidencia de que, como afirma Sender en Réquiem por un campesino español, “el que se muere, rico o pobre, siempre está solo aunque vayan los demás a verlo” (Iglesias 1982a: 225); los entierros solo alivian a los vivos. A una forma de heroísmo activo y ordinario están llamadas aquellas personas que por su profesión se ocupan de labores vitales en circunstancias normales: la alimentación y la salud.  Los agricultores o ganaderos y todos los sanitarios entran en esa categoría. Y sin duda en la cadena de solidaridad se inscriben numerosos trabajadores y profesionales: transportistas, vendedores, cajeras, docentes presenciales, presentadores de la televisión, etc., etc. Unos más que otros, todos corren un riesgo inherente a sus ocupaciones laborales (como el que, en menor medida, asumen quienes van a comprar víveres y otros productos de primera necesidad, porque los seres humanos no pueden vivir sin alimentarse, limpiarse y curarse). Ahora merecen respeto y agradecimiento. Aplaudirlos está bien; mejor sería no olvidarlos después, para no hacer como el espabilado que “rezaba al santo hasta pasar el charco”.  

La gente olvida con mucha facilidad. Decía el otro día el presidente francés que una crisis semejante no se ha visto desde hace un siglo. Sin mentarla, se refería a la llamada en otros países “gripe española” (1918-1920), una especie de regalo nominal con que la neutralidad del país fue premiada por los norteamericanos que se habían acercado a salvar a Europa en la primera guerra mundial. Las cifras de mortalidad fueron escalofriantes. Cabe esperar que, con solidaridad y disciplina, lo de ahora se quede en un susto de dimensiones globales y con un número de víctimas relativamente reducido a escala mundial, sobre todo si aparece la vacuna milagrosa. De aquella pandemia no aprendieron absolutamente nada  los hombres del siglo XX. Quince o veinte años más tarde seguían tan brutos como antes, y no encontraron mejor remedio a sus numerosos problemas que, después del ensayo de la salvaje “guerra civil” en España (declarada para salvar “la civilización occidental”), meterse en la segunda guerra mundial, calcada sobre la primera. El hombre es el único animal que, según dicen, tropieza dos veces en la misma piedra…Y no hay dos sin tres.

Sin embargo, aunque solamente sea para ocupar el tiempo en este necesario internamiento casero y, como sano ejercicio mental, se propone la búsqueda de respuesta a esta pregunta: ¿este camino del neoliberalismo salvaje, la globalización desenfrenada, el consumismo suicida y el turismo como panacea económica conduce a algún destino razonable? En todo caso los numerosos hombres y mujeres que de este confinamiento mundialista salgan con una mente sana en un cuerpo sano, habrán experimentado que es posible vivir sin fútbol ni olimpiadas, sin toros, casi sin humos de coches y aviones, sin semana santa, sin primeras comuniones y bodas rumbosas, sin tracas y verbenas,  sin botellones escatológicos y sin turismo… Por algo se empieza.

¡Hay que ver lo que se puede aprender de una cosita tan pequeña como este jodido Coronavirus, que, sin volver sobre daños peores, él solito se ha cargado ya el gran tinglado económico!

Por suerte, se puede vivir con menos cosas e incluso menos años (sin alargar la vida cuando solo sirve para sufrir y hacer sufrir). Y probablemente conviene aprenderlo cuanto antes.  

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Referencias bibliográficas.

Iglesias Ovejero, Ángel (1982a), “Estructuras mítico-narrativas de Réquiem por un campesino español”, Anales de la literatura española contemporánea (Nebraska-Lincoln, VII, 2, 215-236.

- (2016), La represión franquista en el sudoeste de Salamanca (1936-1948), Centro de Estudios Mirobrigenses, 119-124.

- (2019a), Secuelas vigentes del franquismo en el entorno mirobrigense (21/02/2019), ciudadrodrigoaldia.es