Viernes, 23 de octubre de 2020
Las Arribes al día

A la memoria de Marcelino Moronta

Ha sido precisamente en este  fatídico día 13º de  esta cuarentena del coronavirus que nos tiene contra las tablas, cuando se apagó la tenue llama de tu vida, querido amigo Marcelino
Marcelino Moronta presidiendo una corrida de toros el 16 de agosto en Vitigudino

Ha sido precisamente en este  fatídico día 13º de  esta cuarentena del coronavirus que nos tiene contra las tablas, cuando se apagó la tenue llama de tu vida, querido amigo Marcelino.

Te has ido con tu prudencia y con tu audacia y valentía, en días en que una muerte no es un evento y corriendo la misma suerte que corren tantas personas en estas fechas; siendo uno más, aunque tu muerte venía anunciada desde hacía meses.

Recuerdo, que llegado a tu pueblo de curita joven, me dijiste: ¿cómo me conoces? A lo que te contesté: “de verlo a usted  por la tele”. Desde entonces, casi veinticinco años, la amistad afable, la confianza sin metimientos, el compartir el veneno del toro y hasta el no compartir ideologías, presidió nuestra relación en amistad sincera y respetuosa.

En tiempo de verano, no era raro verte trastear en el jardín de tu casa que tenías  tan cuidado; a la vez que al poco rato podíamos coincidir en cualquier festejo de la comarca de Vitigudino. Con tu sencillez característica, saludando a viejas y nuevas amistades, nunca perdiste el apelativo cariñoso de niño: tus paisanos siempre te llamaron “Lini”. Nunca marcaste distancias

Tu mayor virtud es que fuiste un hombre integrador, sabias hacer convivir perfectamente tu alto cargo en la policía, con tu afición a los toros, (diez años de presidente en la plaza de las Ventas), con tu condición de fundador y presidente de la Asociación de presidentes de plazas de toros, tus orígenes rurales y tu ser de padre de familia. Todo eso lo  supiste fundir a la perfección.

Ahora que te lloramos desde el confinamiento, confió que sigas siendo elemento integrador en todos los ámbitos donde estuviste y en todos los sitios donde viviste en esta tierra. Tengo claro que tu mujer Mari Paz y tus hijos Mabel y Víctor, tu casi centenaria madre, la señora Rosenda, tu hermano Ernesto a quien tanto admirabas, tu cuñada Loly, todos tus cuñados por parte de tu mujer, tantos amigos y parientes, viven el hachazo  de tu ausencia en el recuerdo de tu siempre moderada y firme manera de estar presente en esta vida.

Confío planamente que ya estés en compañía de tu padre, el Señor Marcelino, hombre ligrimo que conservará  gorra  visera, disfrutando  plenamente de aquella su  profunda enjundia.  Hoy que San Pedro ha sacado el pañuelo blanco para ti, te mando un abrazo en mi dolor y agradezco a Dios haber pasado por delante de tu vida.

Descansa en Paz y muchas gracias.

Antonio Risueño