Domingo, 25 de octubre de 2020

Una solidaridad nueva

“Toda vida verdadera es encuentro… Cada uno de nosotros hemos sido un nosotros antes de ser un yo”

Martin Buber

“La solidaridad nace en la experiencia del encuentro afectante con la realidad del otro herido en su dignidad de persona y que se nos manifiesta como no-persona desde el momento en que es tratado como cosa, como excluido, como nadie”

J. L. Aranguren

Nos creíamos que estábamos inmunizados para todo tipo de tragedias, parecía que estaban lejos, más allá de los mares, en África o en Asia, en otros mundos. Como mucho, nos podía tocar el drama de los inmigrantes en las fronteras, pero nos parapetábamos detrás de los muros, en nuestras tareas cotidianas, inmunizados contra el dolor en nuestro individualismo intrascendente.

Ahora, estamos en “cuarentena social”, aún más aislados, con el pánico y el miedo; miedo al contagio, miedo a la muerte, miedo de una posible crisis, de pérdida de empleos, caída de las bolsas. Cuando estoy escribiendo este artículo, las cifras van en escalada libre, casi 40.000 personas afectadas y 2700 fallecidos, superando los 500 muertos en un día. La vieja Europa, se vuelve más vulnerable. En estos momentos es el epicentro de la pandemia, parapetada en sus fronteras, cada país encerrado en sí mismo y sin una política común contra el virus. Tampoco se aprecia en nuestro propio país, donde se ofrece un apoyo con la “boca chica”, para luego ahondar en la crítica o en la búsqueda del provecho político.

Por otro lado, están los ciudadanos encerrados en sus casas, con la perplejidad que corresponde ante una situación jamás vista por la mayoría. Ahí está presente, no muy lejana, así no la contaban nuestros padres, muchos de los que han muerto estos días, la gripe olvidada de 1957. En plena Guerra Fría, cuando el mundo estaba al borde de una catástrofe nuclear, la gripe puso a prueba los sistemas sanitarios con cerca de un millón de muertos.

Es un momento que nos obliga a relativizar muchas cosas innecesarias y accesorias para encontrarnos con lo esencial, como el valor de la vida, la amistad, el amor y la solidaridad. También es un momento para la pregunta por el sentido, que forma parte de lo esencial de la existencia. Vivimos despojados y desnudos de nuestra dimensión espiritual, cegados en la oscuridad de lo cotidiano, habíamos perdido el verdadero sentido de nuestro ser. Se han caído muchos asideros y en medio de ellos, nos viene a la mente aquel grito de A. Camus de su obra la Peste “Lo urgente es curar”. Con él, asumimos lo absurdo de esta realidad que estamos viviendo y de forma espontánea cada día, muchos se ofrecen a la compasión y la solidaridad, en cientos de iniciativas de ciudadanos no solo en nuestro país, sino de todos los lugares del mundo. Iniciativas de compartir, lo que son y lo que tienen.

Solamente despojándome de mi yo, puedo hacerme cercano, escuchar el clamor de los más necesitados y descubrir sus sufrimientos. No tenemos respuestas claras para los males de este mundo, el mal es oscuro en sí mismo. Es incomprensible, es lo más irracional, incluso un misterio. El ser humano tiene que atreverse a pensarlo todo, incluso lo más recóndito del sentido del mal, aunque siempre de una manera humilde y modesta.

Hay un mal inocente, provocado por las fuerzas incontrolables de la naturaleza; y un mal moral responsable y culpable producto del mal uso de la libertad humana. Es en estos momentos, cuando surge la pregunta ¿Por qué Dios permite y calla?, no lo sabemos. Algún día, más allá de esta vida, me gustaría preguntarle, como hizo el bueno de Job. Hans Jonas, el filosofo judío alemán, después de Auschwitz, se hace la misma pregunta ¿Quién es ese Dios que pudo dejar hacer?, recurre al mito de la creación, Dios renunció a su propio ser, para dejar lugar al mundo. Sin su retraerse de sí mismo, nada habría fuera de Dios. De alguna manera, renuncia a su omnipotencia y se convierte en un “Dios sufriente”.

Dios ha renunciado a su omnipotencia, pero no a su bondad. Dios se deja afectar por el sufrimiento sin estar sometido a él, forma parte de la omnipotencia, o mejor como nos apunta W. Kasper o el filósofo Kierkegaard, es la omnipotencia del amor o de la misericordia. Dios ha renunciado a la omnipotencia en favor de la autonomía del hombre y de la libertad del mundo. Allí donde el hombre sufre, Dios sufre con él. Es el hombre quien tiene la responsabilidad de decidir, si se deja dominar por el mal o preserva en él la chispa divina, que transforma su corazón y le inclinan a la misericordia y al amor.

¿Dónde está Dios? En todos los que están sufriendo, en todos los crucificados; en los médicos y en las enfermeras; en los sanitarios que atienden en las casas, en los policías que colaboran para solucionar el problema en las calles de las ciudades o de los pueblos; en las empresas o personas que colabora fabricando mascarillas, jabones y guantes; en los que ayudan a desinfectar las residencias de ancianos; en los que están fabricando de forma altruista respiradores con impresoras en tres dimensiones; en los que ayudan a sus vecinos y personas ancianas a realizar la compra o adquirir medicamentos. Esta epidemia de solidaridad de tantos, a pesar del encierro y en condiciones difíciles, es la mejor forma de ser persona.

Desde estas páginas queremos hacer un “elogio de la solidaridad”, que surge de los anhelos más profundos de la fraternidad humana y, es el humus necesario para transformar la sociedad y respetar su dignidad. En estos días hemos visto muchos ejemplos de solidaridad y a pesar del mal, pedimos que la tragedia nos traiga una nueva forma de relacionarnos, de vivir la fraternidad y la amistad. Porque la solidaridad es la actitud básica para hacer un mundo más justo y habitable en una sociedad globalizadora que esconde y olvida a tantos indefensos. Se necesitan personas que hagan de la solidaridad una virtud, que se encarne en sus vidas, como en estos días de la pandemia. Necesitamos personas que desplieguen la lógica del compartir y del servicio, como en aquel compartir los panes y los peces, brotando de la solidaridad y la fraternidad, la abundancia para todos.

En el rostro del ser humano sufriente, los creyentes cristianos, han querido ver el mismo rostro de Dios vulnerable y necesitado de solidaridad. Una mirada saludable en medio de una embellecedora relación que humaniza. Nos queremos unir desde estas páginas, a la propuesta del Papa Francisco de rezar un Padre Nuestro ante el coronavirus, hoy a las 12 h.

 

Padre nuestro,

que estás en el cielo,

santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad

en la tierra como en el cielo.

 

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos

a los que nos ofenden;

no nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.

 

Amén