Jueves, 2 de abril de 2020

Falsa o ingenua sinceridad...

Simular que se vive en la honestidad mientras se prescinde de ella es deslealtad o hipocresía. Tampoco es digna de elogio la actitud del que siendo honesto se presenta como si no lo fuera, ya que aparte de dar mal ejemplo cae en la falsedad. Pero aun es peor el deshonesto que alardea de serlo

Dice un aforismo de Baltasar Gracián que el mayor defecto de un hombre es mostrar sus propias flaquezas. La frivolidad, con que algunos protagonistas de la vida económica, política y social lanzan ideas y opiniones sobre el coronavirus, dice muy poco en favor de su propia reputación. La gente de la calle empieza a estar harta de tanta ineficacia e ignorancia asalariada políticamente del Estado, partidos políticos e instituciones...

En tiempos que Julio César fue Pretor, un joven corrompido, Publio Clodio, se introdujo disfrazado de mujer en casa de éste con el propósito de acercarse a Pompeya, esposa de César. Descubierto Clodio, acto siguiente César repudió a su mujer. Cuando le preguntaron el por qué de tal decisión, ya que la infidelidad no se pudo probar, contestó: “La mujer de César no sólo ha de ser buena sino que también ha de parecerlo”. Hoy, llama la atención las palabras de estos personajillos que viven de su momento de actualidad en los medios de comunicación. Creando muchas veces la imagen continua que lo que ahora se lleva es una falsa o ingenua sinceridad y naturalidad de sus conductas. En realidad lo que hacen es denostar u olvidar por falta de educación o por propia conveniencia los valores más nobles y, si alguna vez éstos son mencionados, es frecuente que sea para ridiculizarlos o despreciarlos. Ser honesto y parecerlo, como bien dijo César, son dos cosas necesarias a la vez. Es un principio que no puede cambiar, porque es inherente a la dignidad de la persona. Lo triste de nuestros días es que al conocimiento verdadero se le tenga que denominar desengaño.

Los valores como el amor a la patria, el honor, la voluntad, el servicio a los demás, el sacrificio también están en entredicho, al igual que las personas que los defienden, incluso son ridiculizados por la sociedad que no es más que la receptora de actitudes fraguadas desde la política, los nacionalismos, el falso progresismo, en pocas palabras desde la desidia del que propone pero no aporta ni realiza, tan sólo tapa sus defectos y su inoperancia, en pro de la legitimización de un Estado utópico, que no da soluciones, desde el que se tiene que adoptar posturas que destruyen conceptos como Estado, Nación o Patria.

Flota la idea de que esta sociedad tiene la fragilidad de una pompa de jabón, y que la prosperidad puede volarnos de las manos. Con ideas como ésta es inevitable que al final el dinero tenga un valor supremo. El interés por los valores y las virtudes suele decaer en tiempos de bonanza económica y paz social. Pero reaparece cuando las situaciones no pueden solucionarse por el conocido "laissez faire".

El mundo de los valores y las virtudes está hoy amenazado por dos frentes el del relativismo y la asimetría. El efecto del relativismo dominante es particularmente perverso, porque la consideración falaz de todas las opiniones como igualmente respetables y defendibles conduce a un panorama horizontal sobre el que nada destaca, ya que la asunción de las verdades de todos en plano de igualdad priva de argumentos y conduce a no defender la propia.

De esta forma también acabamos tolerando la inmigración no integrada, el olvidar nuestras raíces culturales, los nacionalismos excluyentes no democráticos, el descristianizar la sociedad, el valorar al Ejército y los Cuerpos de Seguridad del Estado sólo cuando interesa. Toleraremos los errores y los daños colaterales de la pandemia como es una mortalidad injusta, haremos verdad de la mentira, etc.

Las virtudes se predican de las personas como las que están demostrando el personal sanitario en estos momentos, el Ejército y los Cuerpos de Seguridad, además de las personas que trabajan por asegurar nuestro abastecimiento, información, entretenimiento... Sin olvidar, las que tiene a gala demostrar nuestro Rey Felipe VI que son una cualidad moral estimada y se consolidan con la aplicación práctica de los valores. Los valores como los que encarna la monarquía están fundados sobre certezas y por tanto son enemigos del relativismo y la asimetría, no obstante el mundo es muy complejo y a pesar de un fuerte componente de historicidad, nuestra sociedad es cambiante y dinámica. En síntesis los valores importan al conjunto y las virtudes son una cualidad personal de individuo, siendo los instrumentos necesarios para la efectiva realización personal y ejemplo para la sociedad. El valor y virtud son imprescindibles para construir todos a una nuestro futuro. Los ciudadanos apreciamos que se nos diga la verdad escueta y sincera.