Lunes, 3 de agosto de 2020

Encierro de gris y verde esperanza

Estos días nublados ayudan a quedarse en la casa de todos, la casa quieta, columbario donde nos refugiamos del mandato absurdo de la pandemia. El tiempo tiene otra textura: gris, densa, triste. Pesa sobre el alma quieta de las gentes, aplasta la calle con su hálito de hormigón sin vida, vacío, yerto, cerradas las junturas por donde, en ocasiones milagrosas, despunta la vida verde a despecho de la civilización que envenena.

          Solo la lluvia consuela, tibia, de manos pequeñas, el paso lento de los días. Solo la lluvia, tenue, leve, acariciadora, deja escapar por las rendijas de las baldosas, los huecos de los huesos el tallo, verde, potente, de una pujanza color esperanza. Solo eso.

          Y amarillas las flores de abril juanramuniano que en mi pueblo extremeño llamaban “pan y quesín”, amarillas como el veneno que cada año, con puntualidad alérgica de polen y contaminación, me quita el aire, abrazo feroz que no necesita el respirador que nos falta. Nos ahoga el miedo, nos ahoga la aprensión, nos anega lo que no sabemos y apenas sospechamos, y es el poeta el que deja el renglón colgando donde nos aupamos los que por la calle gris paseamos a los quehaceres del miedo. Porque la calle, gris, densa, muerta, yerta, resbala de sinsabores mientras espera la lluvia que le lave la cara, lágrimas que alivian el verde de las cunetas del alma.