Domingo, 29 de marzo de 2020

Diario de una pandemia (4)

SÁBADO 21

Deseo con todas mis fuerzas que haya sido el primero y el último de las personas a las que conocía y quería que muera a causa de esta epidemia. Le ha tocado hoy a un médico, gran profesional y buenísima persona. Jubilado hace veinte años, mi padre le sucedió en Fuentesaúco. A Don Ernesto, ahora que no podremos velarlo ni tampoco reunirnos para sus exequias, le recordaré siempre por nuestros encuentros en la Vera Cruz, que tanto frecuentaba. ¡Que La Dolorosa te haya llevado hasta la puerta abierta de la Gloria, compañero!

 

DOMINGO 22

De esta prueba tenemos que salir libres de ceguera. Que sea encuentro con la Luz y baño en Siloé para muchas sombras y sequedades que llevan décadas lastrándonos. A cada uno y a la sociedad, ¡la humanidad!, en su conjunto. “Volveremos a juntarnos, volveremos a brindar”: así lo canta Lucía Gil. “Tal vez sea la forma de encontrarnos otra vez” porque “ahora es tiempo de pensar y ser pacientes, confiar más en la gente, ayudar a los demás; mientras tanto, otros cuidan los pacientes, un puñado de valientes que hoy tampoco dormirán”. Hay que seguir “empujando al mismo sitio, sólo queda un poco más”.

Este diario, por momentos, se convierte en sección de necrológicas. Anoche supe de la muerte de un azul muy querido, Juan Vila. Desconozco si víctima de la epidemia o por otro motivo. Acabo de incluirle en el obituario de José Jaime Pérez-Moneo y Don Luciano que entregué hace semanas para Lignum Crucis, la revista de la cofradía. La muerte, de pronto, se ha hecho presente en la vida de todos. Nunca se fue, pero ahora, entre cadenas de humor, de entretenimiento, de recursos para fabricar materiales de protección y de fuego político cruzado, ella manda. Parece mandar. Sus cifras nos caen como una losa. Sus rotundos números que antes no mirábamos demasiado. Su aparente poder que los creyentes consideramos efímero. Su dolor innegable, acentuado por las despedidas a distancia de estos días, que hacen el duelo aún más abrupto. Sí, la muerte y su inevitable llegada. Su repentina revelación. Su existencia, cercanía y letalidad con la que muchos convivimos casi a diario. Mirémosla de frente para que, luchando contra las enfermedades, y contra los accidentes, y contra las injusticias de todo tipo, guerras y hambrunas, abortos y genocidios, desesperaciones suicidas y crímenes de toda clase, llegue la muerte a su hora tardía y en paz, y en gracia, y en consuelo.

 

LUNES 23

Me dormí anoche recordando cómo de pequeño, cuando íbamos a La Lurda, tía Timo y tío Timo, que también los Timoteos y Timoteas se enamoran entre sí, nos asaban patatas en la lumbre. Patatas envueltas en papel albal y que luego comíamos con cuchara. Ese sabor de infancia, indeleble, se lo debo a él, que a sus noventa y cuatro transitó ayer por un itinerario común ahora, triste siempre: residencia-fiebre-aislamiento-muerte. Coronavirus quizá. No sé si engrosará estadísticas su secuencia, trágicamente repetida en decenas de residencias de mayores de toda España. Ahora hemos pensado en ellos. Como en la muerte. Hemos necesitado encerrarnos en casa por orden gubernamental para desprocesar olvidos.

Prefiero, necesito, acabar en alto. En la gratitud por la labor de los que nunca se habrían planteado diseñar, fabricar o distribuir mascarillas, geles hidroalcohólicos o piezas de respirador. Profesores de instituto tirando de sus alumnos y asociaciones de vecinos, talleres de costura e ingenieros formidables, monjas de clausura y manitas de todo pelaje, versátiles y solidarios. Arriman el hombro, y el talento, y la buena voluntad, porque ellos, todos ellos, también tiran de la cuerda para bajar la curva. Desde el extremo también tiramos en los centros de salud, urbanos y rurales, a ver si conseguimos dar un respiro a esos esforzados compañeros de Urgencias, de Interna, de Neumología, de Intensivos… Están en el frente y les está saliendo del cuerpo, muchos de ellos van cayendo enfermos. Seamos constantes, y responsables, en retaguardia, donde el peligro existe y el exceso de confianza lo redobla. ¡Adelante!