Jueves, 2 de abril de 2020

En cuarentena.

Vista desde lo alto de la Peña de Francia, a mediados de febrero.

Encerrados como estamos, se hace difícil hablar de otra cosa más allá de la pandemia. Desde luego no es el momento de criticar la ocurrido, salvo lo que puedan expresar técnicos en la materia para aportar mejoras a la situación. Pero tampoco estaría mal el silencio de quienes no tengan nada que aportar.  

Como el “Molt Honorable Senyor President de la Generalitat de Catalunya”, según su tratamiento protocolario. Honorable en catalán significa “digno de honor o que hace honor”. Y la primera acepción de honor en catalán “Calidad moral que lleva a alguien a no hacer nada que pueda desmerecer en la estima de los demás o en la propia”. En castellano honorable es “Digno de ser honrado o acatado”, y honor “Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo”. Después de escucharlo estos días, o bien se replantean el tratamiento o bien el presidente. Pero no es nada nuevo bajo el sol.

Y no es el único caso, otro me ha sorprendido más. La acusación “España nos roba” era algo de independentistas catalanes. Pues ahora parece apuntarse a ello también la Junta de Andalucía. Según estos constitucionalistas, el Estado no puede aplicar la ley e intervenir en fábricas andaluzas para conseguir material sanitario vital para enfrentar la pandemia. O tenemos políticos desocupados o no están atentos a sus obligaciones, la Sanidad está transferida a las Comunidades Autónomas. Y así intentan diluir el Estado social y democrático de derecho del Reino de España. Eso sí, la monarquía a sus cosas. Y otros como Pablo Casado en campaña electoral permanente.

Vista de Béjar desde El Castañar, a mediados de febrero.

Toda esta larga digresión busca llamar la atención sobre la facilidad con la que se distrae de lo importante. Primero enfrentar la crisis sanitaria y económica. Lo segundo preocuparse de una vez por el futuro, y con el país en cuarentena encerrado en casa debería haber mucha capacidad para pensar. El otro día aludía a la Globalización como sueño neoliberal, que llevó a la crisis del 2008. Una vuelta de tuerca más del liberalismo sin límites y la disolución del Estado. Ahora viene el coronavirus, y desde luego las cosas no pueden volver a repetirse.

Llevo mucho tiempo pidiendo reflexión como sociedad sobre lo ocurrido las últimas décadas, y cómo entre todos podemos afrontar un futuro distinto. Crisis como las vividas o la presente demuestran que la única forma de enfrentarlas es en comunidad y con solidaridad real. Solo tenemos este planeta, y él puede seguir su camino sin nosotros. El movimiento ecologista lleva años insistiendo en ello, y apuntando la dirección.

Una reciente nota de Ecologistas en Acción lo explica muy bien. Mejorar la salud ambiental y la biodiversidad incrementa la resiliencia de los ecosistemas, incluidas en ellos nuestras sociedades, ante infecciones y plagas, que con la globalización y el cambio climático son cada vez más frecuentes e intensas. También hemos de fomentar sistemas económicos de cercanía, evitando distancias superfluas para satisfacer las necesidades de la población. Si algo muestra el modelo económico actual es una enorme debilidad por su capacidad para globalizar las crisis.

Cambiar el sistema es inevitable si queremos tener futuro. Esta crisis manifiesta la fragilidad de nuestros sistemas económicos, basados en el lucro y el consumo de recursos continuo y sin límites. Un modelo que cuando “crece” genera problemas como contaminación, cambio climático, pérdida de biodiversidad o injusto reparto de la riqueza, entre otros. En situaciones de crisis mejoran los índices ambientales, pero genera aún más desigualdad. Es un modelo que ataca la vida, en un planeta finito. Y los salvapatrias nunca son la solución.