Lunes, 3 de agosto de 2020

¿A qué volver?

“Volver, ¿para qué?
¿Para sentir otra vez,
que se desboca tu ausencia,
dormida en mis venas,
borrada en mi piel?
Para que duela tu ausencia,
entonces, ¿a qué volver?”

¿A qué volver?,(Marta Mendicute / Eduardo Falú)

Ante el paisaje sombra que hoy concita tras los cristales la esperanza en un mañana que se parezca a ayer, uno pregunta al muro de enfrente, interroga al agua aún limpia y al espejo donde vive el extraño que a uno lo espera: ¿qué mañana, qué retorno, qué esperanza? Habrá razones para volver. Ha de haberlas. La vida, nuestra vida, hoy amenazada y expectante, solo podrá tener una historia real, una historia desde el principio hasta el final, si la tiene desde el final hasta el principio. Recordemos nuestra mezquindad hasta nomás anteayer e intentemos renacer de forma honesta. Si no, ¿a qué volver?

Qué mejor esperanza que enfrentar el futuro intentando que merezca su nombre. Y nos merezca. Las voces hablan hoy de paréntesis, insuflan la esperanza de volver, animan a recuperar una forma de vida que llamábamos Vida... Volver... ¿cómo?, ¿para qué? Hacerse esa pregunta tal vez nos reconcilie con la calma, la ternura y, sobre todo, con nosotros. Responderla será fácil.  Tiene que haber otra esperanza. Otra forma de espera. Otro afán. Porque si la esperanza es que vuelva la inhumana forma de vida que ayer nomás escupía al extraño, despreciaba al diferente, marginaba al otro y mataba lo distinto... ¿a qué volver? ¿A seguir depositando en el tener la naturaleza del ser?, ¿a elevarnos altivos sobre los débiles?, ¿a robarle al dormido su mañana y al distinto su lugar? Entonces, ¿a qué volver? ¿A recomponer con la herramienta del desprecio y los cimientos de inhumanidad sobre los que alzamos la casa de la injusticia, el páramo frío de la desigualdad, la dominación de las razas, los falsos dioses y los reyes de cartón? ¿A despreciar el esfuerzo y el talento? ¿A insultar la inteligencia? ¿A vender en saldos la fraternidad? ¿A engañarnos? ¿A parecer? ¿A la compraventa de dignidad? ¿Al dinero? ¿A esquilmar la Tierra?... ¿A qué volver? ¿Al mundo de fronteras y rayas en los mapas? ¿A las banderas ciegas?,¿Al desprecio? ¿Al Yo? ¿A la indiferencia?  Ojalá encontremos razones para volver.

Déficit, nominaciones, guerras comerciales, dinero, plusvalías, poder, armas, racismo, noticias, anuncios, negociaciones, equilibrios, coaliciones, crímenes, ventas, ofertas, amenazas... Lugar oscuro del que venimos. El falso afán de salir del encierro no puede justificar  la certeza de otra cárcel. Si la belleza de la vida solo se entiende por lo que la limita, debería bastarnos este límite brutal, este hachazo violento a lo consabido para darnos cuenta de lo que despreciábamos. Enclaustrados por esta enfermedad, no nos habíamos impuesto todavía el horror de no poder morir. Ni su contrario. Ahora sí. No supimos ver que la justicia delante de nuestra ceguera era más que un brillo, más que una frase, más que un deseo ... Ahora la llamamos a gritos y a llantos...  ¿Volver?

Volver a lo consabido... ¿para qué?  Si no cambiamos de dioses, de trajes y de miedos... Si no aprendemos  del presente... Si no es verdad que mañana  las voces todas valen lo mismo, y nadie es más y, sobre todo, ninguno es menos... ¿a qué volver? ¿A despreciar de nuevo los hombros que seremos?

No basta ser valiente ahora, es necesario aprender a serlo mañana para tener derecho a serlo. No basta tener el valor de luchar por una causa, la que sea, esta enfermedad, aquélla soledad, sin darle la importancia que tiene ser valiente en el concierto humano de la solidaridad ¿A qué volver? ¿A dejar que en Lesbos y en Siria y en Calais y en las favelas de Río y en las villas miseria y en el portal de al lado y enfrente el dolor y la muerte se enseñoreen en el mismo minuto en que celebramos la última nadería? Si no aprendemos, ¿a qué volver?