Martes, 7 de julio de 2020

Soñadores: el toreo inolvidable

Puede ser; que a medida que vamos haciéndonos viejos observamos que cuanto nos rodea se va transformando irremisiblemente ante nuestros ojos; parece como si los hombres fueran distintos de los que conocimos en nuestra juventud, que las cosas suceden de otra manera que antes. Y; como encontramos otras costumbres, otras leyes y otro ambiente, llegamos incluso, a pensar que es otro el horizonte que tenemos a nuestro alrededor. Sin salir de los límites de la taurómacos. ¡Cuantas cosas han desaparecido! ¡Como han cambiado los gustos, y como las preferencias de los públicos! ¡Pero cabe preguntar! ¿Es hoy el aficionado más feliz que el de ayer?

-Los toros ya no son lo que eran -, (nos dicen muchos añejos aficionados, toreros, hombres de campo etc.), gentes extrañas, palabras extrañas, raras y egoístas posturas los han adulterado. Apenas quedan rincones no contaminados, Apenas quedan soñadores, ahora no se habla, ni se fantasea, ni se critica, ni se elogia buscando la gracia y lo romántico, en vez del mezquino interés. Ya: no es fácil conversar con aficionados de tradiciones históricas, de añoranzas, de pasiones, de palabras máximas y elocuentes frases, con los que compartir ideas y costumbres, que los padres de la tauromaquia hicieron cuestión de honor conservar. Son esos rincones antes aludidos, los que son preciso buscar y, estos ya no se encuentran, porque no están deteriorados ni contaminados de palabreros mediocres. Hemos de reconocer, que los aficionados “antiguos”, mostraban mayor conformidad que hoy para aceptar ciertas cosas, sin embargo, actualmente se aplauden, se exaltan y producen entusiasmos sin limites, ante ejecutorias de tan poco merito y de tan poco gusto, como de falta de razón. Cada uno, cada aficionado nuevo se cree el primero del mundo. Asiste a unas corridas, hace unas preguntitas a sus vecinos en los tendidos, habla un rato con los “toreros de sillón”, y de repente su cacerola hierve y sale un cocido espumante, caluroso, fuerte pero de sabor e ingredientes, bien tradicionales, con el fin de llegar a la tertulia, donde todo el mundo habla y pocos escuchan, para decir las mismas cosas; como si no hubiera nada nuevo que decir.

Si recapitulamos sobre la trilogía – parar, templar y mandar -... Por el temple, se manda; por el mando, es posible no moverse. Si somos capaces de observar esto una tarde (aparte del milagro) veremos cómo surge sencilla y fluidamente el quehacer del torero, que realiza un torero en perfecta concordancia, con la característica esencial de tener delante a un toro bravo – claro está -. Luego eso – y nada más que eso, es lo único que se puede llamar toreo, que se nos revela desde aquella época de oro, o si se quiere desde esa otra más “moderna” o cercana. No voy a caer en la tentación de entrar en disquisiciones o comparaciones, pues en la historia del toreo, han existido toreros de toda índole y condiciones. Pero, también es bien cierto, que estamos en una época donde la mediocridad y el adocenamiento masivo, es tarjeta habitual de presentación

Hay unas normas toreras, que por el contrario – no son planchas de grabar el mismo dibujo –, sino brújulas orientadoras de muchos caminos, de muchas líneas – unidas en la variedad – por donde el toreo debe discurrir. El toreo es sencillamente toreo, a secas. Ante el toro en edad, trapío y los otros atributos del toro de lidia. Ellos los toros, son los que ponen y quitan etiquetas.     

            ¡¡¡ Válgame el cielo, no estoy llorando, ay que poquitos vamos quedando!!!