Jueves, 2 de abril de 2020

Aplauso a los sanitarios. Añorando el Hospital

     Acabo de asomarme a la ventana para aplaudir al personal sanitario, a Patricia, la enfermera de Ensayos Clínicos que tenía que hacerme la extracción de sangre para la consulta de Hematología que tenía pasado mañana. Patricia es inasequible al desaliento, tiene tanta fuerza interior que no para de sonreír mientras se concentra en encontrar mis huidizas venas y siempre lo logra a la primera; porque yo estoy muy contento con la evolución de mi cáncer, en Remisión Completa mantenida desde hace cuatro años, y me ofrezco voluntario y gustoso a seguir sufriendo los pinchazos que manda el protocolo salvador que me controla cada dos meses; pero mis venas deben estar “jartas” de que las agredan y se esconden en lo profundo del brazo. Patricia, digo, lo consigue a la primera y le sobra cabeza y corazón para seguir sonriendo mientras controla y trata con cariño, soplar y sorber a la vez, a los pacientes y a sus acompañantes, peleando a la par, en directo, o por teléfono, con la burocracia hospitalaria, tan necesaria como tediosa.

     He hecho un bis en los aplausos dedicándolo a la Dra. Vidriales, que es la hematóloga que me ha seguido y controlado todos estos años desde mi segunda consulta, porque la primera la tuve con la Dra. Norma Gutiérrez, a quien también saludo. Sé que trabajan en equipo y da igual que me haya tocado una u otra, o el hematólogo de guardia, casi siempre varones y más jóvenes, cuando me ha tocado ir a Urgencias, una piara de veces.

     También aplaudí al Dr. Fermín Sánchez-Guijo Martín, que me trató en planta cuando mis defensas inmunológicas todavía estaban en pañales y la otitis que me duró cinco meses acabó degenerando en neumonía. Recordé también a mi compañero de habitación y volví a pedirle perdón por mis toses extemporáneas, de día y, sobre todo, de noche, que le hacía difícil conciliar el sueño durante los primeros días de mi estancia. Gracias de nuevo por su paciencia.

     El personal sanitario del Hospital Universitario debe estar muy estresado a cuenta del Covid-19 porque la Dra. Vidriales, al no encontrar mi teléfono en el expediente, recurrió a llamar a la Dra. Holgado, compañera y amiga suya, porque sabía que era hija de unos feligreses míos muy queridos, Marina y Heriberto, y ella podría localizarme para preguntarme cómo me encontraba, -“Bien, encerrado”, si me quedaba todavía provisión de ibrutinib, el medicamento del Ensayo Clínico llevado a cabo por las multinacionales farmacéuticas Janssen-Cilag International de Bélgica y Pharmacyclics, Inc. de California, cuya sede está a pocos kilómetros del hogar de mi sobrina Carmen, ahora también encerradita en casa, con su marido tele trabajando y mis tres sobrinos nietos también conectados telemáticamente a la escuela. “Me queda para 72 días exactamente, vamos que soy como los acaparadores de papel higiénico, pero mucho más científico y bioquímico”. Bueno, pues entonces no venga a la consulta del miércoles, que ya le mandarán una carta para venir cuando pase esto del Coronavirus. Cuídese y que siga bien. Gracias, igualmente, dele a sus padres unos besos virtuales de mi parte.

     Y es que, paralelamente a esta pandemia del coronavirus, los 532 participantes en el Ensayo Clínico, mujeres y mayoría de hombres jubilados, que el Linfoma de Células del Manto es enfermedad de veteranos , de muchos países del mundo, seguimos adelante como conejillos de Indias voluntarios y contentos; no conozco a ninguno de ellos, por la extrema confidencialidad con que se llevan a cabo estos Ensayos, pero espero y deseo que a ninguno nos haya afectado la actual pandemia, que no es plan de estropear las estadísticas del Ensayo. También a esos lejanos investigadores, científicos y gerentes empresariales he aplaudido desde mi ventana. Y al médico joven que aguarda, entre paciente e inquieto, que le confirmen que no se ha contagiado del Covid-19 para volver al tajo del Hospital.

     Tal vez porque el ser humano es contradictorio, ahora que no puedo ir a hacerme la extracción de sangre y a pasar consulta, siento añoranza del Hospital, que ha sido mi Centro de Día preferido durante los últimos seis años. Siento nostalgia de revivir la experiencia de las Salas de Espera, el aburrimiento hospitalario de los pacientes y el trajín estresado de los sanitarios, la fragilidad compartida de los compañeros, de quienes conocemos, a veces, toda la historia clínica y familiar, pero seguimos sin preguntar el nombre por pudor y confidencialidad. Añoro también la oración hecha a retazos porque, aunque te pongas a “mirar el móvil”, es decir, a rezar Laudes u Hora Intermedia, o a meditar los textos de la misa del día,  casi siempre hay alguien que te pregunta o comenta cosas banales cuando me ha dado por intentar hacer silencio interior. Pero eso es también la oración: en presencia de Dios, el prójimo, compañero de viaje muchas veces desconocido, está antes que mi propio ensimismamiento y, además, cuando vuelve por un instante el silencio, es una cara más, con una historia, unas angustias y una esperanza de curación, una cara más para ponérsela al Cuerpo de Cristo en nuestro particular iconostasio interior.