Domingo, 29 de marzo de 2020

Las dificultades de adaptación a las situaciones límites desconocidas

Muchos de los lectores coincidirán conmigo en que hemos necesitado toda la semana pasada para aceptar realistamente que estábamos en los inicios de un acontecimiento colectivo que empezaba a dibujarse enorme y peligroso por  desconocido.

La imparable información de los medios de comunicación la sentíamos hasta aproximadamente el domingo 8, exagerada, y quizás, como tantas otras veces, tendiendo a manipular. Pero no, día a día, cifra a cifra, ciudad a ciudad, una Autonomía detrás de otra, nos iban acercando a la triste realidad de que no era ninguna fantasía ni exageración: estábamos en los inicios de lo que ya nuestros vecinos italianos habían duramente experimentado: una epidemia de muy rápido crecimiento y confuso nivel de gravedad.

Nuestro organismo, nuestra psique necesita su tiempo para analizar y ordenar mínimamente tantos datos nuevos, tantos sentimientos, hasta llegar a sentir un único fenómeno y un necesario proceso de adaptación. Dos semanas antes, muchos de nosotros, yo mismo, tomamos decisiones que eran completamente ajenas a la posibilidad de una epidemia, de una pandemia. Cada día caía el telón y por la mañana aparecía un nuevo escenario. Yo estaba esa semana en Barcelona: el jueves pasado la ciudad mostraba un aspecto de “normalidad”, tráfico, turistas, ocios, gentes hacia su trabajo…el viernes cerraron la basílica de La Sagrada Familia (que para Barcelona es como cerrar la puerta principal de la casa) y por la tarde nos anunciaron a los residentes del hotel-balneario que les había llegado la orden de cerrar también sus puertas. El anuncio lo sentimos todos los residentes como algo desmesurado, que anunciaba el decreto del Gobierno que ni siquiera podíamos imaginar. Aunque muchos lo comentaban ya como posibilidad.

Porque el mecanismo de defensa de “eso le pasa a otros, pero no a mí, no a nosotros” es tan universal que se puede afirmar que todos tenemos alguna parte de estupidez en nuestro cerebro.

Cuando el sábado volví sin demora a Salamanca, crucé una Cataluña desierta de tráfico, un Aragón primaveral y  casi vacío y solo pude ver coches acercándome ya a esta ciudad. Conduciendo,  la curiosidad hacía preguntarme cómo estarían reaccionando los salmantinos a un decreto de situación general de Alarma nacional; ¿podrían dejar su vida cotidiana de continuas salidas, paseos, terrazas, bares, gestiones, paseos con el perro, con el coche, y refugiarse toda la familia en casa como el Gobierno de la Nación estaba primero pidiendo y pocas horas después, ordenando, con un límite al menos de 15 días de duración?

Al llegar a Salamanca pronto pude observar que las cosas habían cambiado: no drásticamente, pero las calles, los paseos estaban poco frecuentados. Algunos jóvenes salieron de discoteca aún el viernes por la noche; el sábado muchos hacían deporte, corrían, de uno en uno, o de dos en dos. Algún bar se resistía a  cerrar.

Pero el domingo por la mañana la Salamanca que aparecía ante mis ojos era una Salamanca desconocida: el silencio, los escasos paseantes, algún turista solitario, confirmaban que todos estábamos en nuestra casas. Se estaba aceptando sin rechistar la orden del Gobierno, pues HABÍA TRANSCURRIDO EL TIEMPO MÍNIMO NECESARIO para poder aceptar una realidad desconocida y urgente.

Nos queda, como tarea pública, seguir saliendo a las ventanas o balcones más días, al atardecer, caiga o no caiga la blanca nieve, a aplaudir a esos héroes sanitarios que están luchando en la primera fila de esta batalla, que entre todos, sin fisuras, ganaremos.