Domingo, 29 de marzo de 2020

Diario de una pandemia (1)

 

Este sábado, fiel a mi cadencia quincenal, no me tocaba publicar. Para el próximo ya tenía otra historia preparada, también del repertorio sanitario, en el que insisto porque así juego menos a tertuliano y piso más seguro, acierte o no en mis opiniones. Pero levantaré ese texto, que tiempo habrá para sacarlo a la luz, y rompo el ritmo ordinario para dejar constancia de unos días diferentes desde dentro.

VIERNES 13 DE MARZO DE 2020

19.37 h. Estoy de guardia en un centro de salud rural, uno de tantos de la España vacía, uno más de las decenas de centros de salud rurales que además son puntos de atención continuada a lo largo y ancho, sobre todo ancho, de León y Castilla. Da igual el nombre. Ayer ya atendí un caso sospechoso de Covid19. Leve. De los de estarse quieto en casa. Y hoy otro similar. Acabo de llamar a esta última paciente y el teléfono con el que tenía que contactar con ella para saber si tiene fiebre está apagado o fuera de cobertura. Luego volveré a intentarlo. La comarca parece apartada pero, en los tiempos que corren, las personas y las noticias terminan llegando. Y con ellas, las verdades, las mentiras y las infecciones. La cobertura telefónica a menudo es más esquiva. Mientras doy tiempo a que se digne a volver, añadiré que los grupos de whatsapp arden, los envases de solución hidroalcohólica van bajando su nivel y la incertidumbre sobre cuánto durará esta emergencia sanitaria, que la OMS declaró ayer pandemia global, nos tiene a los sanitarios inquietos: ¿podremos afrontar muchas semanas a este ritmo, más de estrés que de trabajo físico en mi caso? Los gobernantes imagino que estarán desbordados, los periodistas se sentirán ante un acontecimiento histórico, los niños podrán disfrutar de estas vacaciones extrañas a su manera, y entre nosotros, los cofrades, la responsabilidad acabará primando sobre la tristeza, porque se nos presenta una Cuaresma perfectamente cuaresmal y una Semana que no será menos Santa que ninguna.

19.54 h. 36,9ºC. Se encuentra bien. La otra, igualmente afebril. Percibo que haber visto a un médico corriente (de los que disfrutamos más que nada con las artrosis, los mareos y esos asuntos recurrentes), ataviado con mascarilla, entregándote otra, y que luego te llame por teléfono para comprobar si estás en casa como te ha ordenado y si tienes fiebre, contribuye a tomarse más en serio las prescripciones de aislamiento, de higiene y de limitación de la movilidad. Entristece que sea necesario decretar un estado de alarma para que los ciudadanos obedezcamos las recomendaciones, ni autoritarias ni arbitrarias, de las autoridades. No hemos sido suficientemente responsables hasta ahora. Y sí, también entristece que las autoridades hayan tardado, o hecho la vista gorda ante según qué situaciones, o sido poco expeditivas en determinados momentos, pero esa agua pasada ya no moverá los molinos que ahora toca hacer trabajar. Ya se elaborará la historia de esta epidemia, se evaluarán las medidas de uno u otro país, se verá si procede indicar la vacunación cuando la haya, y se depurarán responsabilidades si es lo adecuado, pero quizá, mientras avanzamos por este camino del Covid19, podremos ir aprendiendo a recuperar el sentido de trabajo colectivo en la asistencia sanitaria (me ha gustado la reunión de mi equipo esta mañana, más productiva que otras veces), a actualizarnos más en una Epidemiología que ya hemos comprobado desbordada y que habremos de sustituir en muchos casos con decisiones y gestiones desde Atención Primaria (¡tranquilos, sabremos!), y a ser más escrupulosos y estrictos con la limpieza de nuestras manos, de nuestras consultas y de nuestro instrumental. Estoy cansado, ¡afebril yo también!, pero con ganas de seguir de guardia. Y de dormir. Qué bueno es que durmamos los médicos en las guardias, ¿verdad?