Domingo, 29 de marzo de 2020

José Jiménez Lozano: el mudejarillo

El pasado 9 de marzo fallecía José Jiménez Lozano, a los 89 años, uno de los más altos y significativos escritores españoles de la segunda mitad del siglo XX, al tiempo que uno de los autores de una obra más profunda y, al tiempo, luminosa, sobre el ser humano, sus pasiones y anhelos; sobre nuestra tierra de la Meseta –Castilla–, su historia, su espiritualidad y religiosidad, sus paisajes, sus pueblos, sus gentes; sobre Europa y su destino histórico (ah, su fascinación por el jansenismo); sobre nuestros grandes místicos (sus paisanos Teresa de Ávila y Juan de Yepes, también Fray Luis de León, o Francisco de Osuna); sobre los relatos bíblicos; sobre nuestros cementerios civiles y heterodoxos; sobre el tiempo estacional y la crueldad de esas heladas de abril, que matan la vida incipiente (‘abril es el mes más cruel’, como dijera Eliot); sobre lo pequeño y lo desatendido, como hiciera ya en sus poemas Emily Dickinson; sobre los cementerios civiles; sobre el transcurrir de los días…

            ¿Sobre qué no habrá escrito José Jiménez Lozano? Toda su obra da una de las más altas y hermosas noticias sobre lo que los seres humanos somos. Su escritura es reveladora y consoladora, es verdadera, es de una altísima calidad ética y estética. ¿Qué más queremos? ¿Nos merecemos tener tan extraordinarios escritores, para luego no leerlos y vivir en la vulgaridad y de espaldas a la vida del espíritu?

            José Jiménez Lozano es un escritor total. Cultivó la novela, el relato, el cuento, el ensayo, el diario, la poesía… Pero esto es decir poco. Porque toda su escritura establece de continuo vasos comunicantes para conducirnos hacia una belleza que nos ilumina.

            No en vano, una de sus imágenes más emblemáticas es la de la luz de la candela; esa llama que arde en las pinturas de Georges de La Tour, uno de sus pintores, y que ilumina al ser humano en la noche, en la tiniebla, en la ceguera y en la oscuridad en la que vive.

            Su escritura toda es como la luz de la candela, pura iluminación, pura belleza, siempre que entendamos, como él lo hacía, que, en toda belleza verdadera, la ética y la estética se implican.

            Él era como un mudejarillo, un ser menudo que, como un gorrión, va picando de aquí y de allá, para tejer una creación, una reflexión, un pensamiento, una emoción… que nos maravillan. Un mudejarillo, como el calificativo que él aplicó a Juan de Yepes (San Juan de la Cruz), en el libro que sobre él escribió con ese título. Mudejarillo, ser menudo, vivaz, inquieto, vitalista, que siente y piensa a un tiempo, que alumbra desde su alma –desde su escritura– la llama, la luz de esa candela de la vida del espíritu, a través de la energía, del aceite, del bálsamo de la palabra.

            Sus diarios, sus ensayos, sus poemas, sus cuentos, sus relatos… son llama, son luz. Qué fortuna que estén ahí, a nuestra disposición, para nuestro deleite, para nuestro entendimiento y nuestra sensibilidad.

            Él vivía, escribía, desde su ser menudo, como pajarillo, desde los territorios del afuera, desde Alcazarén, desde donde pudiera tomarle el pulso al latido del ser humano y del mundo.

            ¿Nos merecemos tales escritores? Solo podríamos contestar de modo afirmativo, si los leemos. Si leemos esa maravilla que es toda la escritura de José Jiménez Lozano.