Jueves, 2 de abril de 2020

Reverencias 

Las noticias galopan y nos comen los espacios, los tiempos, los Gigas, las neuronas.

Pero yo quiero tener fresca la memoria. Y por eso llevo toda la semana recordando especialmente a todas las víctimas del terrorismo, las lágrimas de sus familias, las sillas vacías, las ausencias de vidas sesgadas que sólo pueden revivir por el recuerdo, el homenaje, nuestro aliento haciendo viva su presencia. Y entre todas ellas, me viene la imagen más conocida, la de Irene Villa del brazo de su sonrisa, de su energía y vitalidad, de su enfoque positivo para lidiar con una bestia negra que, empeñada en arremeter contra su vida, salió escaldada porque a ella, a su familia, a su madre, un día, nada ni nadie las pudo vencer. Su fortaleza sigue siendo un ejemplo para todos. Para ella y todas las víctimas y sus entornos, va mi primera reverencia.

Mientras tanto, el Covid 19, este virus altamente contagioso, se ha ido paseando por un país que ha dejado de pedir calma y se anima decidido a pasar a la acción. Ha ocurrido lo que se preveía al ver las noticias de otros lugares y la evolución de sus cifras. Los canales de televisión, que vomitaban a coro el “no pasa nada”, que esparcían tan solo opiniones de gente inexperta, por fin parece que se ponen un poco más serios y comienzan a informar con cierto rigor y veracidad. Los móviles echan humo, con novedades, con falsedades, con mentiras, con mil chistes de mejor o peor gusto, con remedios que no hacen más que confundir y alarmar…, con voces sin nombre.

Pero yo insisto en parar. Quiero invitar a la reflexión y a la calma. A pensar con cabeza, a actuar con ciencia y conciencia.

Porque no vale lo que se venía oyendo y que tanto dolor producía: “Total, si es en China”… “Pero si Italia está lejos…” “Si sólo se mueren los viejos…”. Yo me decía por dentro: “¡Que son personas!”. Porque detrás de cada cifra de un nuevo fallecimiento, hay una vida apagada. Tras cada contagio hospitalizado, hay un entorno que sufre. Y me vienen a la memoria frases que me hicieron pensar, hace muchos años, del poeta alemán Bertolt Brecht, que resumo y simplifico con mis propias palabras: primero vinieron a por unos, pero por suerte yo no era de esos; luego vinieron a por otros, pero yo tampoco era de aquellos; al final, vinieron a por mí. Es decir, no deberíamos ser tan ajenos a lo que les pase a otros.

Los tiempos han cambiado de tal forma… No hace tanto se nacía, vivía, y moría en el mismo lugar. Ahora el mundo es, mucho más que nunca, un pañuelo en el que todos nos desplazamos. Las familias estamos muy dispersas, en distintos lugares, provincias, países… Y nos visitamos en aviones que nos llevan en horas a miles de kilómetros. Al final, el globo es muy pequeño, no es más que una baldosa en la que todos bailamos un chotis. Más que nunca en la historia, estamos entrelazados. Obligados a compartir, a convivir, a impregnarnos, a pensar en los demás. Y quien no lo vea así, tiene que graduarse las gafas de mirar la realidad.

Todo esto se traduce en datos, porque los contagios no se producen por lo que opinamos, por lo que creemos, por lo que nos parece, sino por virus, y este Covid 19 es muy potente: puede permanecer en una persona más de 20 días con capacidad de contagiar pero sin dar síntomas, y en China, ya de alta, se han producido un 14 % de recaídas, (datos que dio en entrevista el martes, 10 de marzo, en el canal de televisión 24 horas, Luis Enjuanes, científico del CSIC, que lleva investigando coronavirus desde hace más de treinta años). De ahí la importancia de evitar el contagio.

Se sabe, también, que se transmite por las gotas de saliva que emitimos al hablar o al toser, se deposita en distintas superficies, donde puede permanecer desde horas hasta días, que tocamos con las manos y posteriormente nos llevamos a la cara. Por eso es fundamental mantener la distancia entre personas, toser en el codo, evitar asistir a sitios de afluencia, permanecer en casa el máximo posible. Y, como se sabe que está recubierto por una membrana de grasa y el jabón la disuelve, hay que lavarse las manos, casi un minuto, concienzudamente, por todos los recovecos, para eliminarlo.

Y aquí va mi reverencia para la ciencia y la investigación, que nos dicen quién es el enemigo y cómo afrontarlo. Quizás algún día, este país, sea consciente de su importancia vital para la sociedad y tengan el reconocimiento que merecen.

La siguiente reverencia va para todo el personal sanitario, que está en primera línea de fuego, agradeciendo su profesionalidad y disposición, y para todos los trabajadores que siguen al pie del cañón, desde los distintos ámbitos, para que todo lo necesario funcione, por hacernos a todos la vida más fácil en estos momentos.

En vez de pánico, cordura. En vez de magia, ciencia. En vez de espanto, organización. En vez de egoísmo, solidaridad. En vez de besos, reverencias que llevo muchos días haciendo a amigos y conocidos cuando me los encuentro por casualidad en la calle. Al principio se sorprenden, pero con mi sonrisa y mis palabras (no quiero contagiarte ni que me contagies) me devuelven la reverencia sonriendo también, porque entienden que les quiero mucho, tanto como siempre, y que solo pretendo protegerles. Entre tanto, como me encantan, guardo todos los besos que de momento no doy, todas las caricias, todos los abrazos, uno a uno, con muchísimo cariño, en una alcancía, a plazo fijo. Cuando ya se pueda, se los iré repartiendo con todo lo que me haya rentado. Estoy segura de que todos ellos están haciendo lo mismo.