Lunes, 3 de agosto de 2020

Salvo el orgullo

Pues ya que el ruido, la algarabía y el estupor se apropian hoy de la realidad y ciegan el día y aplazan el horizonte... Puesto que no hay tema ahora que imponga al pensamiento la mesura o la magia, ni la ternura,  ni mire largo ni escuche más que la gárgara del miedo y el tembloroso eructo del egoísmo, recordemos ahora el tiempo de pensar y mirar, el teatro del decir; digamos por “peste”, “virus”, e inundémonos con el teatro, el puro teatro... para cuando amanezca y vuelva la inconsciencia:

“LA PESTE.- (...) La máquina chirría un poco, simplemente. Antes de que esté totalmente atascada, ponte contento, imbécil, te devuelvo la ciudad (gritos de alegría en el Coro. La Peste se vuelve hacia ellos). Sí; me voy pero no os enorgullezcáis. Estoy contento de mí. Incluso aquí se ha trabajado bien. Me gusta el ruido que se hace en torno a mi nombre, y yo sé ahora que no me olvidaréis ¡Miradme, mirad por última vez al único poder del mundo! Reconoced a vuestro verdadero soberano y aprended el miedo (ríe). Antes pretendíais temer a Dios y a sus azares. Pero vuestro Dios es un anarquista que mezclaba todas las cosas. Creí poder ser poderoso y bueno a la vez. Eso era una falta de lógica y de franqueza, hay que confesarlo. Yo he elegido el único poder. He escogido el dominio, y sabéis que eso es algo más serio que el infierno (...) Un muerto, si queréis mi parecer, es reconfortante, pero no da rendimiento. No vale lo que un esclavo. El ideal es obtener una mayoría de esclavos mediante una minoría de muertos bien escogidos. Hoy la técnica es consumada. He aquí por qué: tras haber muerto o envilecido el número preciso de hombres, pondremos a los pueblos de rodillas. Ninguna belleza, ninguna grandeza se nos resistirá. Triunfaremos de todo.

VOZ.- De todo, salvo el orgullo.

LA PESTE.- Quizá el orgullo se canse... (...) La crueldad subleva, pero la tontería descorazona. ¡Honor a los estúpidos, pues ellos preparan mis caminos! ¡Constituyen mi fuerza y mi esperanza! Día vendrá, acaso, en que todo sacrificio os parecerá vano, en que el grito interminable de vuestras sucias rebeldías habrá callado al fin. Ese día reinaré verdaderamente en el definitivo silencio de la servidumbre (ríe) Es cuestión de obstinación ¿verdad? Pero estad tranquilos; tengo la frente baja de los obstinados.”

ALBERT CAMUS, El estado de sitio, tercera parte (1948).