Domingo, 29 de marzo de 2020

El año de la rata

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Divinas ratitas, /gordas y redonditas, / parece que no os falta de comer.

(Raimundo Amador. Pata negra)

El pasado 25 de enero comenzó el año de la rata (de la rata de oro, para ser más precisos) en el calendario chino. Como es sabido, este animal goza de buen concepto entre los pueblos asiáticos: su presencia denota la proximidad de buenas cosechas, de riqueza agrícola, y se le considera como ser astuto y prudente. (Muy distinta es la opinión de la rata en Occidente y pasa algo parecido con la rana o el sapo, que aquí vemos en la frente de la calavera simbolizando el pecado y la muerte, mientras que allí, en Asia, se les relaciona con la lluvia, la primavera y la regeneración.)

Pero, contra lo que se esperaba, este año el roedor no ha traído buenos augurios. Pocas semanas antes de llegar aparecía el primer brote de virus corona en Wuhan. La coincidencia de ambos sucesos ha ralentizado la economía china, lo que, junto a la difusión del microbio, está teniendo los efectos que sabemos en todo el mundo. ¿Se están magnificando estos?, ¿no se podría limitar o contingentar un poco el tratamiento informativo en los medios?  Creo que sí. Oigo, por ejemplo, hace unos días en Radio Nacional a Meritxell Planella informando de que, según las autoridades sanitarias, no sirven de nada las mascarillas como preventivo para la ciudadanía (no así para el personal sanitario); sin embargo, a continuación la periodista se embarca en una entrevista con un farmacéutico para hablar de las mascarillas largo tendido. Solo le falta preguntar de qué color lleva los calcetines.

Por asociación de ideas, el virus este enseguida nos trae el recuerdo de la rata medieval, que también procedente de Asia y, por vías comerciales, trajo a Occidente la devastadora peste negra. (Dicho sea de paso, si hemos de hacer caso a un concienzudo estudio del medievalista Guillermo Castán, pendiente de aparecer en las publicaciones de la USAL, también se ha magnificado el efecto de esa epidemia en la historiografía española, pues no hay evidencia documental suficiente para asegurar una mortalidad desmesurada y general). Aunque pecaríamos de incoherencia si lleváramos demasiado lejos el paralelismo, sin duda la alarma actual en parte se explica por el resurgir de muy viejos temores humanos. No hace tanto hemos empezado a erradicar antiguas pandemias y a disfrutar de sistemas sanitarios generalizados en algunos países occidentales; pero ese mismo progreso nos trajo simultáneamente el transporte aéreo y el comercio internacional, que no solo globalizan el comercio de mercancías. Desaparecen viejas enfermedades, pero aparecen otras de difusión más veloz. Cada vez más, el mundo es un pañuelo. Sucio, por más señas.

Por mucho que hayamos progresado, parece que seguimos sujetos a las viejas amenazas y maldiciones de Yavéh, el Dios judío: la espada, el hambre, las bestias feroces y la peste. Sobra decir que, si existiera semejante entidad sancionadora trascendente, los humanes –como diría el añorado Jesús Mosterín– hemos hecho méritos más que suficientes como para que se nos  pueda hundir en nuestra propia porquería material y moral.

Como estamos en cuaresma, puede que fuera aconsejable meditar y adoptar algún propósito de enmienda en cuanto a la lo que hacemos y lo que dejamos de hacer, empezando por sacrificar y comer menos animales.

(Imagen: Vivaexcelente.com)