Jueves, 2 de abril de 2020

La vida es maravillosa.

La vida es o no es maravillosa. La vida es la vida. Depende. Pende de un hilo. Ponte en la piel de un sirio que huye empavorecido de Alepo. Ponte en la piel de un acomodado ciudadano salmantino. Ponte en la piel de un niño judío en la Polonia de los años cuarenta. Ponte en la piel de un niño ario en la Europa de los años cuarenta. Ponte en la piel de un nigeriano o en la de un sueco. Ponte en la piel de una persona que sufre de una esclerosis lateral amiotrófica (ELA) en Tegucigalpa o la misma enfermedad en Copenhague. Infinita lista.

La vida es la vida. La vida es neutra. La vida es bioquímica ¡Suena duro!  La vida es una lotería, pura estocástica.

Por ahí se dice que, después de la shoah, dios dejó de existir. Creo que ese dios nunca existió. Creo que esa divinidad no deja de ser una proyección antropomórfica de nuestros miedos, frustraciones y deseos más profundos. Mejor así. De lo contrario sería el epítome de la crueldad.

En cierto campo de exterminio algunos judíos entablaron un juicio a Yahveh. Unos, en su defensa, alegan: “Hashem nos castiga por nuestros pecados”. Otros replican: “¿acaso los niños son pecadores?” Alguien intervino: “recordemos a nuestros muertos, recitemos la Shemá”. Quería decir: “no nos rompamos la cabeza con preguntas carentes de sentido”.

En el ghetto de Lodz algunas mujeres embarazadas se arrojaban por la ventana, otras se daban muerte con sus hijos antes de ser conducidos a Treblinka o Auschwitz. ¿Merecen reprobación eterna? ¿Merece eterna reprobación una niña de trece años que, embarazada por su propio padre, quiera abortar? ¿Merece el mismo castigo el aquejado por un dolor insufrible e incurable? ¿Merece castigo eterno quien se suicida para no delatar a sus compañeros de lucha?

El blanco y lo negro no dejan de ser ilusiones ópticas. El color es un atributo que percibimos de los objetos cuando hay luz. La luz está constituida por ondas electromagnéticas. Nuestro cerebro, de acuerdo con sus longitudes las decodifica, las colorea. No confundamos, perdón: “la velocidad con el tocino”.

No existen “dioses” y sí personas. Sartre en su Huis Clos escribía: “L'enfer, c'est les autres” (los otros son el infierno). Se olvidó de esta otra posibilidad: “L´enfer c´est moi” (yo puedo ser el infierno). En efecto, a un ególatra de tal calibre no se le podían pedir tales sutilezas.

No son los seres supremos los que premian o castigan. Nosotros, las personas, somos quienes hacemos de la vida algo maravilloso o insoportable.

La vida, sin duda, es neutra. Algo que se da y algo que tiene fecha de caducidad. No obstante, podemos humanizarla o quedarnos empantanados en el sálvese quien pueda. En ambos casos, ningún credo, ninguna religión, ninguna ideología tienen, al respecto, la exclusiva. Somos las personas las que nos situamos en una u otra orilla. Así pues, déjennos de dar la vara por lo que dicen creer o militar y díganme a qué se dedican.

Fui a un colegio religioso. Me formé en una España católica que tenía respuestas para cualquier pregunta, por abstrusa que fuera. Me imagino que en la extinta URSS sucedía algo parecido con Stalin, en el Tercer Reich con Hitler, en el fascio con Mussolini y hoy con el “libre mercado”. Tuve la enorme suerte de convivir, durante largos años, con personas que se habían jugado su vida, su bienestar, su libertad, por intentar mejorar nuestra condición humana. En su mayoría, no profesaban ninguna religión. Ninguna confiaba en recibir algún premio en ésta y menos en la siguiente. Lo hacían, como quien dice: “por amor al arte” ¡Chapeau! (Pregunto: “¿de dónde proviene ese arte?”)

Una vieja conseja judía dice que los tzadikim, los hombres y mujeres justos, son los que sostienen los pilares del mundo. No lo dudo, ellos son, incluso sin saberlo, los que otorgan a esta bioquímica algún sentido.