Viernes, 4 de diciembre de 2020

Coronavirus

Los amigos están para el oído. Y para desterrar los vacíos. No sé cuántas horas llevo ya parladas de mutuo acuerdo con Miguel Ángel Yusta, un poeta que sabe como nadie volver a donde un día fue feliz. A Miguel Ángel Yusta los trenes que a mí me llevan desde el carbón a la electricidad siempre le pasan cerca. Y se sube. Y ya vamos los dos juntos degustando estaciones como antes mendrugos de pan o la primicia de la yerba, donde tenderse al sol de los enamoramientos.

Sólo hay otro Miguel que le iguala: el de diez años, para quien yo intento amasar esperanza. Mi nieto sabe que hay mil niños perdidos y una niña raquítica llorando en los altos alminares. Tiene miedo  a ser algún día uno de ellos.

Estos dos Miguel, el poeta y el niño, tienen algo que los une, aparte de mi bautizada presencia: los dos hablan, escuchan, y dejan hablar.

Hace poco recordábamos Yusta y yo  a Stanley Kramer, el director rebelde que se crió junto a su abuela en Manhattan. Antes de seguir con el hilo de Yusta, tengo que decir que Kramer contestó en 1959  a la gran curiosidad de Miguel chico sobre el fin de todos nosotros. ¿Presintió el neoyorquino que pasados muchos años, al otro lado del mar, en una ciudad devorada por el fascismo desde el poder hasta los juglares,  un niño se iba a plantear el fin de todo? Por si acaso filmó la respuesta en una película que no fue un espejismo.

Stanley Kramer siempre arriesgó. Primero su vida y su obra. Estuvo al borde del cadalso cuando la caza de brujas le rozó sin lograr que cayese. Es seguro que Elia Kazan, maestro de maestros y constructor de su propia leyenda, lo intentó. Porque Elia Kazan era un hijo de puta que a la vez que nos hacía soñar desde la pantalla destruyó muchas vidas como la de Dalton Trumbo, Jules Dassin, y una larga lista de cadáveres que hoy son ya solamente olvido. O ni eso.

Kramer fue siempre una impertinencia en el culo sagrado de los norteamericanos de su tiempo. En 1961 abordó el proceso al nazismo en Nuremberg -y situó a cada uno en su sitio cuando USA celebraba su triunfo- en “Vencedores y vencidos”, una película que escribió Abby Mann, un judío ruso, a petición de Kramer. Nunca en la historia del cine se han reunido tantos y tan buenos intérpretes como en ese examen de conciencia. Y no fue fácil, porque Kramer tuvo que viajar a Centroamérica a donde había ido Montgomery Cliff a dejarse morir. Cliff leyó el guión, rechazó el papel de protagonista y una fortuna, se reservó un pequeño y fundamental papel, y regresó para trabajar gratis. Entre todos los mejores, fue el  mejor.

Cinco años después, cuando Norteamérica creyó dormir tranquila superado oficialmente el segregacionismo racial, hizo añicos la hipocresía en “Adivina quién viene a cenar”. Otra vez Kramer planteando abiertamente la mentira social en una película donde un negro y una señorita blanca quieren casarse. Esto que ahora es normal, entonces era una provocación desde la pantalla.

Pero antes, empezó por “La hora final”, donde contesta a mi nieto y a todos los que se preguntan quién acabará con nuestra civilización. Pues según Kramer, nosotros mismos.

En 1959 ya había un individuo que sabía a dónde íbamos. Y que al avanzar en conquistas científicas contrarias a la naturaleza, solamente nos esperaba el suicidio. Porque es la avaricia la que no lleva al exterminio. De repente, el mundo está vacío y solo. Tan solo que no aparece ni un muerto. Los pocos que quedan vivos saben que seguirán ese camino hacia la nada. Pero en ese proceso de adioses hay dos cosas que diferencia la agonía de entonces a esta que quizás nos aguarda.

La primera, la hermandad con que se viven unos y otros sin preguntarse cuál será el primero en desaparecer. Disfrutan sus instantes finales como si fuesen los primeros de una vida eternal. Y hacen del poco  mundo que les queda, un lugar humano y habitable. Se acabaron las discrepancias ideológicas, incluso las maneras distintas de pensarse a diario. Hay una ola de amor tranquilo que hace cálido el invierno en los paisajes. Es Proudhon revivido  y su armónica e igualitaria sociedad la que inusitadamente aparece para vivir su corta.

La segunda es la costumbre de volver a los orígenes. Se acabó el corazón de las colinas y llega la muerte, paso a paso, como si no quisiera envejecer los semblantes o llenar de lodazales la pura visión de la belleza que nos lleva a casa desde donde partir en paz. Y una vez andado el camino de regreso, pescar en los ríos donde de niño hubo peces, aunque se hayan acabado ya los peces y quede muy lejos el niño.

Un tropel de niños descalzos me lleva ahora mismo a Siena, donde el hombre, donde el tiempo parado, donde el origen no fue mío pero que viví como si hubiese existido.

Culpa de Melania Mazzucco, la última italiana que amé, y que juntó su voz a la mía para salvarnos de la devastación de Kramer, recordándonos que el infierno es lo que  queda cuando no ya nada queda.

Y antes, justo antes de uncirnos al dulce puñal de esa nada, recordar que todos los locos escriben.