El caballito de Troya

De igual forma que los griegos estaban convencidos de que las novelas de Homero se basaban en hechos reales, los populistas de Podemos han oído hablar del famoso caballo de Troya -parece ser que alguno ha llegado a verlo con ocasión  de sus excursiones a Atenas para contrastar planes de guerra con el general Alexis Tsipras- y, por otro lado, el mariscal Sánchez -nuevo estratega de Occidente-, viendo lo insignificante del artefacto introducido por la puerta de La Moncloa, ha esbozado una sonrisa que más bien es una mezcla de autosuficiencia y socarronería:

            - “Estos pardillos -ha dicho Sánchez- piensan que van a sorprenderme. No saben con quién están tratando. Cuando se den cuenta, su juguete estará destartalado y acabarán comiendo en mi mano. La gente está preocupada por la entrada de podemitas en el Gobierno. Y no sólo eso. Sé de buena tinta que, entre los míos, también existe la misma desconfianza. Con mi gente la cosa es más sencilla: A unos, por ignorantes, basta con tenerlos amarrados al pesebre para que no se atrevan a protestar; a los otros, por ambiciosos, es suficiente con enseñarles la zanahoria y, si se quejan, pasar al palo sin contemplaciones”.

            Al principio, se podría pensar que la soberbia ha cegado a Pedro Sánchez y le ha llevado a una encrucijada peligrosa. Ahora hay que cambiar de opinión. Será mentiroso, cínico y ególatra, pero sabe lo que hace. Cuando pensó en su Manual de Resistencia - ¿de dónde le viene esa atracción por tanta Irene?- ya tenía muy claro lo que quería: entrar en La Moncloa cual elefante en una cacharrería: “¿Que los españoles están acostumbrados a que se les hable de programa electoral, promesas, presupuestos, reformas, longanizas para atar a los perros…?¡Eso está hecho. Luego, ya veremos! ¿Que nacionalistas, independentistas, populistas o filo terroristas me quieren pasar factura…?¡Quién dijo miedo! Alfonso Guerra se tiró un farol en su día, pero no sabía que soy yo quien va a dejar a España que no la conozca ni la madre que la parió”.

            La engañosa autosuficiencia de nuestro Epaminondas del barrio de Tetuán, efectivamente, acabará causando un daño que ojalá no sea irreparable. No ha sabido sopesar las consecuencias de su ambición. El cambio repentino de chaqueta era una maniobra obligada para convencer a los costaleros que debían cargar con su paso. De sobra sabía que a Pablo Iglesias se trastornaría nada más tocar el poder y, sobre todo, al verse nadando en unas nóminas con las que nunca había soñado. ¡Cómo le conoce Sánchez! Toda su parafernalia marxista y anticapitalista, terminó con un chalet, un coche oficial y un porvenir resuelto para siempre. No le sacan del chalet, si no es con los pies por delante. A los cachorros que se permiten el lujo de pagarle en la universidad con su misma moneda----¡que les vayan dando! Ha colocado a toda su troupe, que le seguirá mientras tenga pesebre. No importa que demuestren su inutilidad para los cargos que les han caído del cielo; cuando acabe el chollo intentarán sacarle los ojos. Efectivamente, Podemos no es un caballo de Troya, sólo es un caballito de cartón.

            Donde le ha fallado el cálculo a Pedro Sánchez ha sido con nacionalistas e independentistas. Son mucho más listos -y peligrosos- que Podemos. Han tenido la astucia de no querer quemarse en el gobierno. Si algo falla en el Gobierno -ojalá sólo fuera “algo”- ellos no se verán salpicados. Pero, mientras tanto, sin necesidad de esconderse dentro de ningún caballo, le están sacando a Sánchez, mejor dicho, a todos nosotros, los hígados en forma de millones, prebendas y atracos encubiertos a la Constitución. La situación es tan descarada que sería de tontos pensar que están engañando a Sánchez. De eso nada. Los engañados somos todos los españoles, los que le votaron creyendo todo lo que decía, y los que no le votamos pero pensábamos que nunca caería tan bajo. Que nadie espere un giro en su política, ni que asuma la más elemental responsabilidad. Es especialista el echar el muerto a los demás.