Jueves, 2 de abril de 2020

La encina y el toro bien merecen un santuario

 

“Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto”.

(Don Quijote, 1ª parte, capítulo 11)

Resulta confortante volver la vista a nuestros antepasados y observar, en su propia salsa sus costumbres, usos y tradiciones. Nosotros, los salmantinos, tenemos nuestras raíces hincadas en el pueblo vettón, que ocupaba una de las regiones más próspero de la antigua Lusitania: un pueblo de raza céltica, procedente de Europa.

El símbolo de esta raza eran la encina, árbol consagrado, y el toro, una de sus deidades; por eso, en los emblemas de muchos de nuestros pueblos se ven hermanados la encina y el toro, como sucede representativo de Salamanca.

De estos dos elementos (la encina y el toro), hemos plasmado, en nuestro carácter, la tenacidad y la solidez propias de la encina; y el valor, la nobleza y la gallardía, cualidades inherentes del toro.

Según leemos en la tradición persa, que el toro, el competidor del dios Mithoo, y el seductor de la vaca, la representación de la fecundidad en la tierra, fue el primer animal puesto sobre la faz de la tierra

Los vettones con el fruto de la encina fabricaban un pan que se conservaba durante largo tiempo. Aún la tierra no había conocido el arado, ni sabía de sementera.

La encina y el toro, por lo que han aportado a  cultura e idiosincrasia, bien merecen un santuario.