Jueves, 13 de agosto de 2020

El verbo dividir

LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD 

(locución vacía)

Avergonzado de pertenecer a una organización como la Unión Europea, cuyo comportamiento en las últimas semanas se acerca tanto al totalitarismo y a la xenofobia, la náusea filtra, juzga, define y nombra todas y cada una de las acciones de los gobiernos que permiten semejante club de homicidas. La misma Unión Europea que insultó al pueblo griego asfixiándolo económica y socialmente cuando osó votar mayoritariamente a la izquierda; la que dejaba vacíos los cientos de escaños de su costosísimo parlamento cuando se trataba allí de los derechos de los refugiados; la de sueldos, prebendas, privilegios y retiros cuya obscenidad calla la prensa de sus trompeteros... La Unión Europea incapaz de afrontar el neonazismo creciente en su seno, se fotografía ahora con las nuevas y reaccionarias autoridades helenas mientras en Lesbos y en Quíos se ordena gasear familias enteras de refugiados, al mismo tiempo que los habitantes de las islas, azuzados por esos mismos trompeteros y coreados por turistas que hacen fotos  insultan, apedrean y empujan hacia el fondo de los acantilados a las mujeres sirias o afganas que, huyendo de la miseria, del dolor o de la misma muerte, pretenden entrar en las islas, mientras los guardacostas pinchan las precarias balsas, y chorros de agua helada, y golpes, y heridas, insultos, piedras, desprecios..., cuando intentan llegar a tierra horrorizados habitantes de un mundo hecho pedazos.

La Unión Europea, ahora dictador y carcelero de sus habitantes, está negando a los europeos, a todos nosotros, el derecho al ejercicio de la humanidad. Y de la ley. Con su apoyo a la grosería ética del gobierno griego cuando suspende derechos humanos fundamentales como el de asilo, y con su anuencia y hasta regocijo ante la inmoral bestialidad de las fuerzas armadas y las continuas violaciones del derecho nacional y los tratados internacionales, la UE, una organización que nació destinada a garantizar el respeto a los derechos humanos, se ha transmutado, con sus ineptos dirigentes al frente, en la más hipócrita, homicida y despreciable de cuantas organizaciones sirven de cobijo a políticos signados con la insignificancia en sus propios países y engolosinados en la legalización de sus propios privilegios y en la indignidad de sus propios silencios.

El artículo 78 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, afirma que “la Unión desarrollará una política común en materia de asilo, protección subsidiaria y protección temporal destinada a ofrecer un estatuto apropiado a todo nacional de un tercer país que necesite protección internacional y a garantizar el respeto del principio de no devolución”.  Ante el comportamiento de las autoridades griegas con los refugiados (comportamiento inequívocamente criminal y delictivo), y a la vista del apoyo a la sevicia de quienes dirigen la UE (no de los habitantes de la UE, será preciso a partir de ahora hacer claramente esa distinción), la existencia de la misma organización se vuelve inútil y tal vez ya no merezca la pena seguir en el viaje de la europeidad si sirve solo a nuestro deshonor.

Como siempre, no faltan voces supuestamente informadas, personajes leídos y comentarios a toda plana que advierten de que el rechazo a la UE, incluso a la vista de sus comportamientos inaceptables, conllevará perjuicios sin fin, y que las posturas que ellos llaman “moralistas” (que no son más que respeto a los derechos humanos), han de coordinarse con intereses comerciales, económicos y estratégicos, abogando estos teóricos de lo posible por soluciones que aúnen ambos intereses, como si la igualdad y la fraternidad tuviesen precio, y la paz y la piedad, categorías tan caras a la historia historiada de sus victorias, fecha de caducidad.

Si el mundo que hemos construido (o que hemos dejado que nos atropelle) es un mundo en el que hemos de sopesar lo que vale nuestro plato de lentejas con lo que cuesta compartirlo, ese mundo no merece la pena. Si esa postura moral que quieren llamar paternalista y que consiste en la indeclinable obligación moral de acogida de los seres humanos que lo necesitan, ha de estructurarse, limitarse o recortarse en base a los intereses comerciales, financieros, demográficos o laborales de las hojas de ruta de los gobiernos, esa postura es tan falsa y artificial como cualquier plusvalía. Si antes de compartir hemos de calcular cómo repartir, mereceremos más la división que la suma.