Un virus letal

El domingo pasado publicó el País una extensa reflexión académica en la sección: “Ideas”. Lleva por título: “La indignación no encuentra respuestas”. Suscribo la afirmación: La gente está muy cabreada y no se avizoran soluciones. No así, por las causas aducidas. Preciso: por las que no se dicen.

Dicho artículo podía haber sido firmado por Felipe González, Vargas Llosa, Albert Rivera (¡si le diera el coco!), Macrón, los Clinton y todos aquellos que habitan a miles de kilómetros de lo que acontece en la calle.

El autor, subido en el último y más alto palo del gallinero, predica la verdad objetiva y universal. A saber, la indignación de la plebe se debe a: 1) la globalización; 2) las mega urbes; 3) la avería de los ascensores sociales; 4) el odio a la ilustración; 5) el haber saltado desde una lógica de clases (materialista) a una lógica de identidades y valores (post materialista) (non capisco niente); 6) las redes sociales; y 7) enfrentarnos a problemas que desbordan las fronteras nacionales. El Sr. Catedrático dixit.

¿Dijo todo? Omite. Como decíamos en nuestra juventud: no señala la contradicción fundamental, la madre de todos esos corderos. Lo fundamental se lo calla.

Veamos dos sencillos ejemplos recogidos en el Informe Oxfam de hace un par de años: a) Jeff Bezos, Bill Gates y Warren Buffett –los tres estadounidenses más ricos– poseen tanta riqueza como el 50% de la población de Estados Unidos, unos 160 millones de personas; y b) un director ejecutivo en ese país gana la misma cantidad de dinero en un día de trabajo, que el sueldo medio anual de un empleado promedio. Datos extrapolables al resto del mundo occidental.

Sigo con las citas. En un reciente artículo, señala Chomsky: “tales excesos requieren de una serie de medidas que permitan a esa minoría conservar el poder”. Enumera algunas: reducir la democracia; moldear la ideología; primar la economía especulativa; disminuir la carga impositiva a las grandes corporaciones; privatizar los servicios públicos; desregularizar los controles financieros; amañar las elecciones; ningunear a las organizaciones sindicales; propiciar una cultura consumista; dar la puntilla al “estado del bienestar”.

En suma: asegurar la vigencia, urbi et orbi, de un “capitalismo salvaje”. Por cierto, en estas latitudes se lo denomina, eufemísticamente, “neoliberalismo” y en EE.UU, siempre más directos, “libre mercado”.

La contradicción fundamental, Señor académico, no reside en las causas que tan primorosamente enumera. Reside en la brutal desigualdad en el reparto de la riqueza.

El virus de la corona es una minucia comparado con este otro que ya ha infectado a media humanidad. Un virus capaz de corromper a los políticos, contaminar la justicia y convertir en palmeros a demasiados periodistas.

Hace un largo año, escribía a un amigo acerca de un tren en marcha. Le decía sentirme viajando en ese tren, a cien por hora, sin maquinista que lo condujera. Le decía, que esta sociedad, en la que nos ha tocado vivir, se va a estrellar sin remedio. No obtuve respuesta.

Ante su silencio, me dije: quizás, mi próximo apocalipsis lo transfiera al resto de los mortales. Y así, mistificando, encuentre un deleznable consuelo imaginando que, a todos, viejos y jóvenes, nos subirán al tren de mercancías.

No obstante, desechando tales cautelas por improcedentes -los viajes trascendentes siempre me han gustado hacerlos solo- me reafirmo en aquella triste ensoñación. Nos estamos cargando el planeta tierra, cientos de millones de personas no viven sobreviven, muchedumbres huyen despavoridas, casi nadie confía en sus gobernantes y, lo que es peor, en los valores democráticos. ¿Alguna otra plaga más? Sí: el personal ha empezado a sentir nostalgia por los regímenes autoritarios.

Quisiera equivocarme. Lo deseo con todas mis fuerzas.