Jueves, 2 de abril de 2020

Libre te quiero...

…pero no mía. Los versos de García Calvo, cantados por Amancio Prada, me recuerdan que la Constitución de 1978 es de todos, no contra nadie. Es tan de todos que la esgrimen tanto quienes van contra ella como quienes la manipulan. Y a todos ampara.

Aunque no me gusta, tengo claro que de las 350 personas con el cargo de diputado o diputada que hay en el Congreso, alrededor de 100, votados por españoles y españolas, no quieren ese Congreso: unos quieren irse de él, pero llevarse poderes que consideran suyos y otros quieren dejar de oír a quienes no les gustan (escuchar, escuchan poco); quieren incluso meter a algunos en la cárcel y a otros mandarlos a sus países (aunque hayan nacido en Albacete).

Debemos aceptar que tan constitucional es que unos diputados no quieran estar en una sesión solemne como que otros estén en la sesión pero quieran que las instituciones, por ejemplo la Corona, sean lo que ellos quieren, nada más. Por no decir que quieren que les obedezcan y sirvan a ellos, nada más.

La Corona, los colegios públicos, las leyes…

Los indepes, con cuestionable gusto y más cuestionable prurito democrático, se declaran representantes no de quienes les votaron sino de todos, verbalizándolo en inexistentes “pueblos”; esos no aceptan al Rey como interlocutor, hablan de opresión pero no se presentan a representar a quienes los eligieron. Solo se representan a ellos, se sirven de la democracia, que no es lo mismo que ser demócratas.

Vox y sus adláteres son igual de simples y de taimados: espetan “vivas” como los de antes, de esos que excluyen, de esos que buscan que todos griten para que se note quién no lo hace. Se hacen llamar constitucionalistas, pero quieren ser ellos los propietarios de la Constitución.

Uno, humildemente, querría que ni unos ni otros tuvieran el poder que tienen, pero para poder seguir siendo libre tengo que aceptar que en España cada voto vale lo mismo y que unos cuantos millones de españoles querrían otra España, más suya y solo suya… pero no mía, ni nuestra.

Por eso me gustó, hace unos días, oír a un ciudadano de mi edad hablar de diálogo, de una Constitución de todos y contra nadie, de una Constitución que se puede cambiar y, desde luego, se puede cuestionar, pero en la que caben una monarquía parlamentaria, partidos republicanos, formaciones independentistas con toques xenófobos y nostálgicos de arcaicos cuñadismos.

Se llama Felipe y trabaja de jefe… de Estado.

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