Domingo, 25 de octubre de 2020

Las mujeres también seguían a Jesús

Jesús caminaba de pueblo en pueblo y de aldea en aldea, anunciando la buena noticia del Reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María Magdalena, de la que había echado siete demonios; Juana, la mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que ayudaban con sus bienes” (Lc 8, 1-3). Los propios evangelios no las vuelven a mencionar hasta la pasión, pero ellas son las únicas que están allí, ellas serán los únicos testigos. Lo más sorprendente, es a ellas a quienes en primer lugar se aparece el resucitado.

Los evangelios sinópticos, sólo reconocen la presencia de las mujeres en la muerte de Jesús. Mateo nombra “entre ellas” (otras podrían estar presente) a María de Magdala, a María, la madre de Santiago y José, y a la madre de los hijos de Zebedeo (Salomé) (Mt 27,55-56). Marcos menciona a María de Magdala, a María, la madre de Santiago y José, y a Salomé (Me 15,46). Lucas, que ya las había citado antes del episodio de la cruz, se contenta con decir que “sus conocidos se mantenían a distancia, y también las mujeres que lo habían seguido desde Galilea” (Lc 23,49). Juan sólo señala al pie de la cruz la presencia de la madre de Jesús, la hermana de su madre, María de Cleofás, María de Magdala y “el discípulo al que Jesús quería” (cf. Jn 19,25-26).

En el sepulcro, Marcos menciona, a María de Magdala, a María madre de Santiago, y añade a Salomé (Mc 16,1). Salomé, es una de esas mujeres que acompañaron a Jesús en su predicación del Reino, y está en la Pasión y, fue de las primeras en la resurrección. Todavía se sigue discutiendo quién era Salomé, para algunos claramente era la madre de los Zebedeos, natural de Cafarnaún. Mujer con dinero, dura, con recursos y directa a la hora de defender a sus hijos. Recordamos que pedía para ellos los primeros puestos y posiciones de privilegio, anteponiendo estas necesidades al propio ministerio. Mujer ambiciosa, que había logrado una posición social y le costó mucho entender lo que verdaderamente significaba el servicio.

Esto hizo que Jesús hablara de la verdadera grandeza del seguidor, el que quiera ser el primero que sirva a su hermano. Pronto lo comprendió Salomé, la verdadera justicia no es oprimir como hacen los gobernantes, sino ser el último, ayudar y servir, sobre todo a los más necesitados. Fue una de esas mujeres silenciadas que empezó a seguir a Jesús y es posiblemente una de las que sostenía económicamente la misión del Reino. A veces nos cuesta salir de nuestro propio cascarón y burbuja, centrado en nuestras ambiciones y vanidades. Tal vez lo comprendiera mejor con la actitud de Jesús a los más necesitados, a los enfermos y sobre todo su actitud de acogida a las mujeres; o bien con sus palabras, el Reino se parece a un grano de mostaza o a un tesoro escondido. Es esa experiencia, que llena de alegría, al descubrir a Dios como el tesoro de la propia vida, una experiencia de libertad y de liberación, de amor y de misericordia y que provoca un movimiento interno que invita a la acción.

Salomé parece que era la mayor entre las mujeres, y tenía su papel como mujer madura que aportaba a la experiencia del grupo. Solía viajar frecuentemente con los discípulos. Modelo de fidelidad, respetada y admirada por todos. Lloró ante la cruz, por Jesús y por María su madre. Ella era madre, sabía muy bien que no hay mayor sufrimiento que perder a un hijo prematuramente, sobre todo, si es injustamente. Con el corazón encogido Salomé consoló a Jesús y a su madre. Tal vez en estas lágrimas aprendió e interiorizó en su corazón que el verdadero servicio es el amor y la misericordia, incluso por encima del sufrimiento y la muerte.

A veces creemos que nuestro encuentro con Dios es una mera actitud intelectual, de nuestro propio yo y de nuestro ego y posición de privilegio. Pero Salomé al lado de la cruz nos enseña, que hay otros lugares, como son los momentos de desierto y sufrimiento, en la enfermedad, en la cárcel, en la aflicción o en cualquier otra situación de desolación, como le pasó a Job. Cuántas mujeres de resistencia heroica encontramos hoy, mujeres en los campos de refugiados, madres corajes de américa latina a las que luchan cada día para sacar a sus hijos adelante con unas monedas de miseria, o mujeres que quieren abrirse camino en igualdad en nuestra propia Iglesia.

Siete de cada diez personas que pasan hambre en el mundo, son mujeres, según Naciones Unidas; el 60 % de las niñas en edad escolar, no asisten a la escuela; tres cuartas partes de los analfabetos del mundo son mujeres. Se calcula que el 80% de las 800.000 personas que son víctimas cada año de la trata de seres humanos son mujeres y niñas, y que la mayoría de éstas (79%) están destinadas a fines de explotación sexual. Las mujeres aportan dos terceras partes de las horas de trabajo, pero sólo reciben un tercio de los ingresos y tan sólo poseen el 10% de los recursos mundiales.

El creyente debe aprender a dirigir la mirada desde los ojos del Reino y, no se recluyan en el templo o en la iglesia, al calor de las faldillas de sus liturgias y rezos. Salir al mundo que nos rode.  Ningún lugar o ningún colectivo puede ser indiferente, ya que nada es indiferente para Dios. Para ello debe buscar los caminos para llevar siempre la palabra transformadora, denunciando las injusticias y sus causas y anunciado la liberación de Dios. El creyente que vive en verdad, debe desplegar un grito desde la humanidad de Dios, un Dios con nosotros, que no quiere ser en las desigualdades, sino en el amor y justicia.