Igualdad en la Iglesia

No hace muchos días acudí a un acto religioso, uno de esos en los que participan muchos sacerdotes y que está presidido por el Obispo.

El público, que llenaba la iglesia, esperaba expectante desde hacía varios minutos. De repente la estruendosa música del órgano, hizo que todos los asistentes se pusieran de pie miraran a un lado y a otro para ver salir a la comitiva que por el pasillo central atravesaba toda el templo hasta llegar al altar.

Venían todos vestidos con sus mejores galas: casullas, estolas, capas… No sé si la riqueza que aparentaban era real o simple bisutería, me da igual, la cuestión es que la sensación que trasmitía ese cortejo  era de gran pompa y boato, que a mí no me encajaba como representativo de una religión que siempre había considerado especialmente dirigida a los más pobres, ya sean de espíritu o de riquezas materiales.

Desfilaban muy dignos, unos con la mirada al frente, fija en el altar mayor, otros con más recogimiento, mirando las graníticas baldosa del suelo del templo. Detrás de todos ellos cerraba la comitiva el Obispo. Si todos vestían con gran lujo y pompa, lo del Obispo era desmedido, casi insultante.

No acabo de entender muy bien estas liturgias tan rimbombantes y folclóricas. Tampoco entiendo que al Obispo se le sentara en un trono y se le agasajara de la manera como lo hacían, quiero decir, se le quitara y se le pusiera la mitra, se le acercaran los libros de lecturas, se le marcaran las páginas que tenía que leer, que un sacerdote estuviera sujetando el libro mientras leía, en fin que se le trajera y se le llevara de un lado a otro, como si de un impedido se tratara, como si fuera un inútil al que hay que dárselo todo hecho y muy clarito.

Que conste que tengo un gran respeto por todas las creencias religiosas, pero este boato no acabo de tragarlo.

Hubo algo, mejor dicho alguien, que entre tanta pompa e incienso, mereció todo mi respeto. Se trataba de una mujer, menuda, con pelo corto y completamente blanco, vestida humildemente con ropa gris, que se movía de aquí para allá con gran diligencia, procurando que a los oficiantes no les faltara nada, pasaba entre ellos sin que ninguno se percatar de su presencia, andaba ligera y sigilosa, con mucho cuidado de no hacer el menor ruido, queriendo pasar inadvertida. Era la verdad que se movía entre tanta ostentación, sin mezclarse con ella.

En ese momento pensé en las reivindicaciones de las mujeres para poder oficiar en igualdad con los hombres. Una profunda pena se apoderó de mí al pensar que si conseguían esa igualdad, supondría una gran pérdida para su dignidad y para su condición como persona, pues, al menos para mí, fue esa mujer quien dio muestras reales de dignidad, de grandeza personal y religiosa.

Creo en las reivindicaciones de las mujeres, en la igualdad de oportunidades, pero si esa reivindicación es para perder valores tan fundamentales, si esa reivindicación es para igualarse con la parte más negativa de los hombres, sinceramente, creo que en esos casos es preferible que no se igualen, serán muchos los peldaños que tendrán que bajar para conseguirlo.

Tal vez haya alguien que al leer estas líneas, pueda pensar que estoy tratando de cerrar oportunidades a la mujer, que estoy tratando de convencerla para que no prospere, para que se quede en ese escalón inferior. Si alguien piensa así lo siento. Para mí, en este caso, quien estaba en el escalón más bajo era el hombre.

Un sentimiento de lástima me invadía al pensar que si las mujeres lograban sus pretensiones, en este campo, algún día todos y todas quedarían igualados por las ricas indumentarias, me daba pena que no quedara nadie para encender la chispa de la esperanza, me angustiaba perder la ilusión de que algún día el acercamiento a Dios fuera cosa de personas, no de disfrazados sacerdotes. Personas que anuncien el Evangelio y que vivan según el Evangelio nos indica.

Me temo que si algún día las mujeres alcanzan esa “gloria” algo muy importante se habrá perdido. Creo que hay que reivindicar, tanto mujeres como hombres, cosas que nos permitan ser mejores, que nos permitan vivir en plenitud y que nos permitan realizarnos como personas, pero en este caso, creo que el paso nos llevaría muy atrás, en nada mejoraría esa mujer menuda de pelo blanco y ropa gris.

También es cierto que tengo mucha fe en las mujeres y espero, sinceramente, que cuando llegue ese día, todos y todas, oficien las ceremonias, por muy solemnes que sean, vestidos con humildes ropas grises.