Jueves, 13 de agosto de 2020

Krugman, Stiglitz y el "capitalismo progre"

Curiosa la coincidencia de la reciente visita a España de los premios Nobel de economía Joseph Stiglitz y Paul Krugman para promocionar sus últimos libros (Capitalismo progresista. La respuesta a la era del malestar y Contra los zombis. Economía, política y lucha por un futuro mejor, respectivamente). No menos curiosa, aunque no sorprendente, es su sintonía en los análisis y recetas que aportan ante la crisis mundial, a juzgar por sus declaraciones. Su cercanía a los centros de poder y a instituciones como el Banco mundial sin duda condicionan unas opiniones que, frente al capitalismo neoliberal, –por ambos considerado un desastre–, tratan de presentar como progresistas o, incluso, socialdemócratas.

A estas alturas cunde la opinión de que las políticas de austeridad y disciplina presupuestaria que vienen imperando en la UE y en otras instancias no sólo no son la solución a la crisis, sino más bien un agravante de ella (una "idea realmente mala" dice de ella Krugman). Más en general, uno y otro abominan de un sistema donde los mercados campan a sus aires, sin control, pues así es imposible la competencia, se explota a los ciudadanos en tanto que trabajadores y consumidores y se incrementan hasta el paroxismo las desigualdades sociales y territoriales. Quizá sea ese la el mensaje principal de Krugman y Stiglitz: hay que domesticar al capitalismo y frenar el poder del mercado y de los monopolios. Y deben ser los gobiernos los que le pongan el cascabel al gato, atendiendo a las necesidades de la gente. El incremento de la presión fiscal sobre las empresas y los ricos, la eliminación de los paraísos fiscales, el reforzamiento de las políticas anti monopolio y la existencia de servicios públicos eficientes (entre ellos una banca pública, pero también la sanidad y las pensiones) son algunas de sus propuestas para esa domesticación.

Por otra parte ambos apoyan la transición ecológica (que denominan New Green Deal), tanto para atajar el desastre como para crear unos puestos de trabajo que la tecnología de la información y la robotización están destruyendo a mansalva. Evidentemente, esto indica que dan un enfoque puramente economicista a este asunto, viéndolo como mera actividad empresarial y como nuevos ámbitos donde invertir y sacar beneficios.

Desde luego no son muy novedosas estas ideas. Hace mucho que nos preguntamos si el libre mercado y la competencia perfecta han existido alguna vez fuera de las mentes de algunos economistas vendidos y en Estados Unidos la legislación anti trust data de hace cien años. Aun así suponen un programa reformista que recuerda el keynesianismo de los años treinta-cincuenta del siglo pasado y que aun puede tener vigencia. Un programa que en buena medida se recoge en las propuestas del candidato demócrata Bernie Sanders, quien, por primera vez en mucho tiempo, presenta una verdadera alternativa al sistema enfermo defendido por los republicanos.

Sólo por contraste con el neoliberalismo salvaje de un Donald Trump se pueden calificar estas ideas como "socialistas". Pues ni Stiglitz, ni Krugman, ni, para el caso, Sanders, se plantean eliminar el capitalismo, sino “humanizarlo” y limar sus contradicciones más agudas con el fin de evitar su propio colapso y, de paso, aliviar la penuria e inseguridad de amplias capas populares. Sin embargo, cabe preguntarse si a estas alturas todo esto es suficiente para afrontar la crisis global rampante y si, en definitiva, es compatible la pervivencia del planeta con un consumismo generalizado y unas corporaciones industriales y financieras gigantescas a las que afectan medidas del tipo de la tasa Tobin como puede afectar un mosquito a un elefante.