Martes, 7 de julio de 2020

Sigo comprando Conguitos®

Cuando los encuentro en México, por supuesto; me siguen gustando porque sí y por aquello de la nostalgia...

En uno de mis primeros artículos, en El Adelanto, o sea, tiempo ha, escribí a partir de la noticia de que un visitante de España había descubierto los conguitos y manifestado su protesta; lo denunció, en las redes al menos. Creo recordar que el tal forastero era visitante recurrente, así que no tan turista, pensaría uno.

Eran los tiempos en los que iniciaba una corrección política que apuntaba maneras:  en aquellos tiempos, no hace tanto, me sentí fatal, porque uno de mis primeros recuerdos, por ahí de los cuatro o cinco años, es cuando, saliendo de la guardería -fui a la de la Cruz Roja que estaba junto a la Torre del Clavero-, mi madre me compró una bolsa de conguitos…

Ese recuerdo de infancia me convertía en racista, porque de aquella experiencia me quedó que me siguen gustando: además de comprarlos en México si los encuentro, cuando voy a España regreso pertrechado: allí los compro a granel.

Confieso, además, que tengo un conguitito, de plástico, recuerdo de alguna visita familiar en la que, desde luego, de regalo me trajeron, qué si no, conguitos.

Pueden imaginarse el trauma de saber que el tal muñequito –para mí, un dulce con ojos, simpático recuerdo de infancia− me hace… pues eso, mala gente. Había asumido que soy retro, viejuno y cascarrabias, pero ¿racista? Creo que mi gusto por los dulces, en general, y por esos en particular, no es problema, algo es algo.

Goloso sí se puede ser. No, creo que ya tampoco, el azúcar está peor visto hoy día que la marihuana.

Si en esas estamos, ¿qué habrá sido del negrito del Colacao®? Joder, el recuerdo me ha puesto a tararear la musiquita…

Caigo en la cuenta de que alguna vez me explicaron que gran parte del éxito del mítico refresco al que la publicidad considera “la chispa de la vida”© era su también mítica botella y sus formas redondeadas, tan curvy… Evidentemente, heteropatriarcado a todo lo que da.

Ya que estamos en modo correcto, como siempre he tenido prominentes pabellones auriculares, reclamo la censura de las diferentes versiones de la historia de elefante orejón que vuela: coño, no me han llamado veces Dumbo ni nada… Pero no, a los orejones no nos defiende nadie.

Voy más allá, como no he dejado de comer de vez en cuando un chuletón, para más de uno, y una, soy un asesino… Como usan esa palabra, imagino que les gustaría que recibiera castigo similar a quienes le quitan la vida a un ser humano.

Ya en serio, ¿los conguitos?...

 

@ignacio_martins

https://www.facebook.com/ignaciomartinescritor

www.ignaciomartin.com

nachomartins (Instagram)