Sábado, 4 de abril de 2020

Las razones de la tolerancia

Profesor de Derecho Penal de la Usal

En los últimos treinta años, producto del resurgimiento de las ideas xenófobas, fascistas, neonazis y ultraderechistas, en general, los gobernantes (unos absolutamente convencidos y otros motivados por el miedo a la reacción ciudadana) utilizan el endurecimiento de las leyes penales como la receta milagrosa para combatir los conflictos sociales. Resulta paradójico este comportamiento político, puesto que los teóricos del sistema penal: de la dogmática, de la política criminal y de la criminología consideran que el Derecho Penal es la última ratio, es decir, como recurso al que sólo puede acudirse ante la constatación de la insuficiencia de los restantes medios de control social menos gravosos para los derechos de la persona. Y esto es así, también, porque la sanción penal, es decir, la pena, -sobre todo la de privación de libertad-, sigue siendo el recurso más severo del Estado, el más violento y el que supone para el individuo que delinque, una mayor privación de derechos. Por todo ello, y como decían los redactores del Proyecto de Código Alternativo alemán, en 1966, al ser la pena “una amarga necesidad en una sociedad de seres imperfectos como son los hombres”, el Derecho Penal sólo ha de utilizarse cuando sea estrictamente necesario.

Esto, que es válido y está recogido en los principios que informan el Derecho Penal desde la época liberal, desde la Ilustración, debe ser más riguroso aún para el Derecho Penal en una sociedad pluralista y democrática, en el seno del modelo de Estado Social y Democrático de Derecho. En cambio, todos sabemos que la evolución de la política criminal en España ha viajado por senderos equivocados y nuestro Código Penal actual, que no tiene aún 24 años de vigencia, ha experimentado ya más de 30 reformas desde su aprobación, y la inmensa mayoría han sido para incrementar las penas y para criminalizar nuevas conductas que antes no eran delito y ahora sí.  En este viaje se sienten muy cómodas las ideologías más reaccionarias, que siempre buscan soluciones simplistas (apartar al delincuente de la sociedad, cuanto más tiempo mejor y cuanto peores sean las condiciones de vida en las cárceles, más satisfacción obtienen), cuando lo que habría que hacer es intervenir en los procesos sociales, invirtiendo en prevención, en educación, en políticas sociales que fomenten el equilibrio económico, social y cultural de los ciudadanos, en la erradicación de la pobreza, la marginalidad y la exclusión social. Y cuando el conflicto es exclusivamente político, el diálogo, la negociación y el consenso son los antídotos más eficaces y no el Derecho Penal. Después de agotar esas vías, si fuere necesario acudir al Derecho Penal, hagámoslo conforme a los principios y valores que lo informan; uno de ellos, previsto incluso en la Carta Magna, es el de la orientación resocializadora de las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad. Recordémoselo a quienes tanto dicen defender la Constitución, pero que en este aspecto siguen siendo retributivos y vindicativos.

Por todo ello y, en virtud de los argumentos esgrimidos, considero que es un error de bulto que quiera tipificarse como delito la apología del franquismo o de cualquier otra idea política, convicción filosófica o religiosa, que es manifestación libre de la autonomía individual. La libertad de expresión es un derecho fundamental que debemos proteger siempre, ya se sabe: “estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, como afirmaba Evelyn Beatrice Hall, biógrafa del famoso Voltaire. Mi posición ideológica y política no puede estar más alejada de la filosofía del nacional catolicismo y del franquismo, esa aberrante doctrina que provocó una vergonzante Guerra Civil y una dictadura horrible y asesina, que segó la vida de miles de personas por pensar de otra manera, llenó las cárceles de ciudadanos inocentes y envió al exilio a media España. Aún así, la libertad de expresión ampara también a quienes avalan el franquismo y enaltecen sus ideas. A los que piensan así debemos persuadirlos y combatirlos con la palabra, con la razón, pero no a través del Código Penal.

El ejemplo de lo que son “Hunos” y lo que somos los “Hotros”, lo que son los reaccionarios excluyentes y xenófobos y lo que propugnamos los que nos sentimos demócratas, tolerantes, solidarios, que reivindicamos la libertad, la igualdad y la fraternidad entre todos los seres humanos, pudimos verlo en la gran película de Amenábar “Mientras dure la guerra”. Hay algunas escenas muy significativas: cuando Unamuno reflexiona, discute, critica, se enfada (siempre mediante la palabra) con sus grandes amigos Salvador Vila (Rector de la Universidad de Granada) y Atilano Coco (Pastor Protestante de Salamanca), observamos que los tres lo hacen libremente, emitiendo sus opiniones, sin censuras ni cortapisas. Posteriormente se ve que se respetan, se quieren, dan todo lo que tienen por ellos y por los demás. En cambio, las escenas que protagonizan Franco, Millán Astray y sus seguidores, cuando ven que alguien les contradice, se dirimen con la medicina de la muerte, con el tiro en la nuca. No lo hicieron con Unamuno porque sabían que eso sí hubiera sido su fin por el prestigio internacional que tenía el filósofo vasco, pero sí lo hicieron con todos los demás. Esa es la diferencia entre Ellos (los que gritan sin pudor, viva la muerte) y Nosotros.

En definitiva, tenemos que avanzar más en la prevención que en la represión. Es una exigencia incuestionable de nuestro modelo de Estado, en el que las razones de la tolerancia deberían ser siempre prioritarias a la razón de la fuerza, en el que los derechos y libertades de los ciudadanos deben ser el fundamento del orden político y de la paz social, como, por otra parte, proclama nuestra Carta Magna, en su artículo 10. En consecuencia, no puedo estar más de acuerdo con el pensamiento del gran filósofo del Derecho y Politólogo Norberto Bobbio, que en su obra “las razones de la tolerancia”, exaltaba la libertad de esta forma: “mejor una libertad siempre en peligro pero expansiva que una libertad protegida pero incapaz de desarrollarse. Sólo una libertad en peligro es capaz de renovarse. Una libertad incapaz de renovarse se transforma tarde o temprano en una nueva esclavitud”.