Jueves, 13 de agosto de 2020

¿Carnaval todo el año?

El mundo es todo máscaras, todo el año es carnaval

(Mariano José de Larra. Artículos de costumbres, 1833)

 

A primera vista, no se puede tomar al pie de la letra la ocurrencia de Larra. Si existe carnaval es por contraste con los días grises del resto del año y, en especial, de la cuaresma. Si todos los días ayunáramos tampoco existiría esta, como no habría noche sin día ni izquierda sin derecha, etc. Pero Fígaro va por otro lado: lo que sugiere es que la vida social se sostiene en la hipocresía general, que nos empuja a presentamos a los demás bajo un aspecto ficticio y engañoso en la vida cotidiana. Y pone por ejemplo: la dama bondadosa y sensible que en realidad es una tirana con los suyos y pone los cuernos a su marido (o viceversa); el médico experto que está matando poco a poco a sus pacientes; el abogado famoso que ignora las leyes y pierde los pleitos; la vieja decrépita que se acicala y se tiñe para aparecer como núbil doncella... Todos ellos engañan más con su cara que las máscaras, pues de estas al menos sabemos que son algo fingido.

Según esa idea, la vida social sería como un teatro en el cual cada uno adopta y representa el papel que le conviene proyectar entre sus familiares, compañeros y convecinos, como buen padre de familia, amigo o profesional, o lo que sea. No muy alejada de esta visión está la teoría sociológica, que ve en este juego de roles algo necesario para engrasar la convivencia y dar estabilidad al sistema. Según esto, serían las normas sociales las que exigirían que cada cual se vista, se “arregle” (curiosa idea, esta de que hay que componerse para salir de casa y presentarse ante el mundo) y se comporte de acuerdo con unas pautas que se suponen comunes y que todos aceptamos, incluso los extravagantes que aparentemente las ignoran. Antonio Machado da un giro llamativo a la idea que venimos glosando. Según su Mairena, "lo esencial carnavalesco no es ponerse la careta, sino quitarse la cara. Y no hay nadie tan bien avenido con la suya que no aspire a estrenar otra alguna vez". Átame esa mosca por el rabo.

El llamado Movimiento Nacional prohibió el carnaval al comienzo de la Guerra civil "en atención a las actuales circunstancias" (o sea, el baño de sangre que él mismo provocó y la torva reacción del clero católico, ambas cosas incompatibles con el espíritu del carnaval). Y así durante cuarenta años, aunque el régimen fue pródigo en carátulas acartonadas: la del fachita de bigote recortado, gomina y correajes, la del cura ultra ensotanado y algo grasiento, la de las señoritas distinguidas de voz aguda con peinado “Arriba España”, la del guardia civil de caballos y herraduras negras, y así. Un carnaval de pesadilla.

Hacia 1975, cuando presencié en Barcelona el resurgir del carnaval, me invadió una sensación de desahogo y de alegría: era una manifestación más de la libertad colectiva recuperada. Entonces vi el disfraz más sorprendente que jamás haya visto: un grupo de gente que, cogidos del brazo, avanzaban Ramblas arriba tambaleándose. Lo extraño era que andaban doblando las piernas hacia atrás y los codos hacia adelante. Luego vi que llevaban las caretas del lado de la nuca y las aberturas del traje en la espalda. Muchas veces me he acordado de ese grupo que avanzaba andando hacia atrás y me he preguntado si no será así como la humanidad viene moviéndose últimamente.

No vi si, al llegar a las escaleras del metro de la plaza de Cataluña, alguno de ellos se dio cuenta de ellas antes de caer arrastrado por todos los demás hacia los subterráneos.

(Foto: laagenda.com. Tenerife)