Domingo, 27 de septiembre de 2020

La expulsión de los judíos

La Inquisición perseguía a los falsos conversos que judaizaban, pero no podía hacer nada contra los hebreos. Los judíos vivían en barrios aislados de las ciudades llamados juderías o aljamas con puertas que se cerraban por las noches, supuestamente para evitar que salieran a hacer algún mal a los cristianos, o a pervertir con su ejemplo a los conversos. En Castilla su número había crecido extraordinariamente.

Llegaron huyendo de las intransigencias de almorávides y almohades y de la inestabilidad de las taifas. Los reyes les autorizaron a quedarse en sus reinos y los consideraron una propiedad personal. Por eso les pagaban a ellos los impuestos directamente y no contribuían al común como el resto de los vecinos de la ciudad donde estuviera ubicada la judería. Al contrario, en numerosas ocasiones adelantaron dineros a los reyes, a cuenta de las alcabalas u otros impuestos futuros, que luego ellos se encargaban de cobrar.

Un centelleo que les perjudicó. Además, entre las profesiones que ejercían; médicos, joyeros, financieros, comerciantes, contables de reyes, etc., estaba la de prestamista, que al hacer del pecado de la usura su medio de vida tampoco contribuyó a que hicieran amigos.

  Las persecuciones de los judíos, las vejaciones, los crímenes y los incendios, se generalizaron en el siglo XV. Los acusaban de haber matado a Jesucristo en la cruz, de pisotear hostias, crucificar niños, envenenar manantiales y otras espeluznantes barbaridades. Servían de chivos expiatorios en los momentos difíciles o para desviar la atención de otros asuntos más comprometidos.

Muchos de estos “pogroms”[1] escondían fines especialmente mezquinos, porque si el prestamista moría o su vivienda era pasto de las llamas, difícilmente podría reclamar el dinero que le adeudara algún cristiano. En cualquier caso los judíos eran rechazados por la mayoría de la población.

Hasta que los Reyes Católicos dictaron su expulsión. Firmaron el severo decreto el 31 de marzo de 1492 en un ambiente de exaltación religiosa y de euforia tras terminar la Reconquista. Los monarcas les revocaron el permiso de residencia indefinido y ordenaron que en el plazo máximo de cuatro meses o se convertían al cristianismo o abandonaban sus reinos. A los que persistieron en su “obcecación” les permitieron llevarse sus bienes muebles, pero ni oro ni plata, aunque podían dirigirse al reino que deseasen.

De una población de unas doscientas mil personas se piensa que se convirtieron unas cien mil, y de otras tantas, los llamados judíos sefardíes o sefarditas -Sefarat o España-, el cielo azul fue testigo de su marcha. Las tierras que acogieron la nueva diáspora y sus liturgias caminadas, fueron Berbería, los Países Bajos, Portugal y Turquía.

  Algunos cristianos se aprovecharon de la obligada venta de los bienes inmuebles, luego al frío del destierro hubo que sumar el despojo de que fueron objeto por sus vecinos de uñas afiladas. El impacto de la expulsión de los judíos fue particularmente grave en Castilla.

Además de la pérdida de una población laboriosa y trabajadora, de personas con formación cultural y científica, se marcharon parte de los banqueros de un país necesitado de ellos, y dejaron entre los pliegues de España un sentimiento de rechazo a todo lo que oliese a finanzas, que durante siglos se siguió considerando inmoral, usurero y anticristiano.


[1] Destrucción. Asesinatos de judíos e incendio de sus propiedades por parte de multitudes enfurecidas.