La ley del embudo 

Tal como se están desarrollando los acontecimientos -con un aumento progresivo del número de muertos-, no cabe duda que el brote del coronavirus (COVID-19) unido al pánico social hace que la humanidad se enfrente a un problema de no fácil solución. Conocida la localización del epicentro y la particular política de información del régimen chino, la barrera de seguridad que pudiera proporcionarnos la gran distancia que nos separa de ese primer foco de infección no es suficiente para calmar los ánimos. Todos los contagios producidos por nuevos virus, cuando ocasionan un importante número de víctimas mortales, causan tal temor en la población que los organismos responsables tienen muy difícil la labor de contrarrestar el pánico de quienes piensan en la posibilidad del contagio.

Ante la avalancha de empresas del sector de telefonía móvil que anunciaron su renuncia a participar en el Mobile Word Congress (MWC) de Barcelona, el comité organizador del mismo tomó la decisión de clausurarlo. Es lógico pensar que el elevado porcentaje de profesionales procedentes de China haya sido el detonante que acarreó el abandono del resto. Hasta hoy conocemos el favorable proceso de evolución de los contagiados que han llegado al resto del mundo y el reducido porcentaje de muertos -de momento, en toda Europa sólo ha fallecido un ciudadano chino en París-, pero todo el mundo sabe que los muertos en China se cuentan cada día por centenares.

A la vista de un panorama tan peliagudo, los responsables del evento, siguiendo el parecer de la OMS, deciden clausurarlo y, paradójicamente, las autoridades de la Generalidad niegan la relación directa de esa decisión con un problema de seguridad sanitaria ¿A qué se debe esta disparidad de criterio? Efectivamente: la pela es la pela. Están en el aire una cantidad de millones de euros en indemnizaciones muy similar a la de las previsibles ganancias. El problema está en lograr que unas y otras tengan distinto titular. A ser posible, las ganancias deberían quedarse en Cataluña y las indemnizaciones, que las pague Madrit

Es verdad que, a pesar del peligroso COVID-19, Ámsterdam ha celebrado una grandiosa feria de material audiovisual con más de 50.000 asistentes y 1000 expositores de los que un 20 % procedían de China.; que Singapur está celebrando la mayor feria de aviación del continente de Asia, con otros 50.000 visitantes, y que no se han cancelado todos los certámenes anunciados para el mes de marzo. Eso no quiere decir que fuera de España no se tomen las debidas precauciones. Se tomarán con toda severidad y es de esperar que sean completamente eficaces. Entonces ¿por qué las empresas no quieren acudir a Barcelona si suponen que dispondrían de las mismas garantías sanitarias? ¿Tienen la autonomía de Cataluña, y por lo tanto la ciudad de Barcelona, algún otro virus peligroso? Sí. Tienen, desde hace varios años, el virus de la desobediencia consentida. Las insaciables ansias secesionistas de una minoría de catalanes influyentes -aupados por unos gobiernos centrales que, para poder gobernar con holgura llegaron a las lindes de la prevaricación-, han hecho de Cataluña un territorio de enfrentamientos, en ocasiones, un verdadero campo de batalla donde se ha hecho la vista gorda ante desórdenes que han ocasionado pérdidas no menores que la cancelación del MWC.

Esas mismas autoridades que hacían la vista gorda durante los desórdenes; que se preocuparon de que salieran las imágenes debidamente aumentadas y corregidas al exterior; que se niegan a asumir las consecuencias jurídicas de los responsables y que declaran estar dispuestas a repetirlo en cuanto puedan, son las mismas que ahora se rasgan las vestiduras cuando las empresas que deberían venir a Barcelona aún no han olvidado esas imágenes.

Como español, me duele el precipicio al que se acerca Cataluña. Pero, siendo importante el patente quebranto económico de la autonomía, es mucho más grave la barrera que allí se está levantando entre los ciudadanos empeñados en llegar hasta el  desastre total y los catalanes que quieren evitarlo y seguir siendo españoles. Aquí no estamos hablando del inofensivo enfrentamiento Barça- Madrid. Es algo mucho más serio cuyas consecuencias nunca acaban bien. Alguien tendrá que poner remedio a esta sangría. Y ese alguien nunca podrá decir que, para solucionar el problema catalán, no vale la ley. El diálogo sin ley es la ley del embudo.