Martes, 18 de febrero de 2020

Fracaso contra la violencia de género

Me perturban extraordinariamente las manifestaciones de apoyo tras el asesinato machista de una mujer, con aplausos y demás parafernalia. Para algunos pervertidos, eso hasta podría considerarse como una celebración, con efecto imitación y todo: mis impulsos homicidas —podrían pensar— no son algo anormal, sino que también les suceden a otros, tal como se acaba de apreciar.

Es una manera de verlo, sobre todo teniendo en cuenta que en los últimos veinte años apenas si ha descendido el número de asesinatos machistas: en 2015, por ejemplo, hubo bastantes más que en 2009 ó 2005. En cambio, los recursos económicos destinados a combatir e impedir esa terrible lacra se han multiplicado varias decenas de veces. Claro que a donde han ido a parar, fundamentalmente, es a la creación de asociaciones, organismos y entidades donde acaban colocándose paniaguados y amiguetes en vez de a resolver el odioso problema.

Un problema, digámoslo ya, que no es genuinamente español, como algunos quisieran hacernos creer, ya que somos superados en esas trágicas estadísticas no sólo por todos los países más subdesarrollados, sino por otros que consideramos punteros en esa lucha, como Dinamarca, Finlandia o Estados Unidos.

Eso no hace que el fenómeno sea menos pavoroso, por supuesto. Pero sí que requiera medidas más audaces, desde la obligada reinserción del delincuente —lo que supondría la prisión permanente en la mayoría de los casos que no lo consigan, hasta la amenaza de castración química, en otros—. Quizá tengan razón quienes sugieren que ésta no inhibe los impulsos del asesino sexual, pero no me negarán que su sola amenaza disuadiría a muchos de cometer sus crímenes.

Ya es hora, también, de exigir responsabilidades a quienes miran para otra parte: gentes que niegan su auxilio, vecinos conocedores de situaciones previas de infamia, testigos de prolegómenos criminales,… que si no como cómplices de esos delitos, al menos deberían ser acusados de encubridores de los mismos. Seguro que entonces las cosas cambiarían y no seguiríamos en las mismas, como ahora.

Enrique Arias Vega