Miércoles, 19 de febrero de 2020

Botij@s mal cocid@s...

San Mateo en su evangelio afirma que  “Al crecer la maldad se enfriará el amor en la mayoría”. Cuanta verdad hay en esta frase y que actualidad tiene. Algunos falsos profetas engañan a mucha gente hasta apagar la caridad en los corazones. De todos los juicios que entablamos en la vida ninguno es tan importante como el que entablamos sobre nosotros mismos, ya que ese juicio afecta al propio núcleo de nuestra existencia.

El modo en que nos relacionamos con nosotros mismos afecta al modo con que nos relacionamos con los demás, con el mundo que nos rodea y con el universo visible e invisible que constituye nuestro contexto esencial. Existe una cierta relación entre el grado de autoestima que tiene la persona y el grado de bienestar mental del que goza, del mismo modo que existe cierta conexión entre el estado de la autoestima de una persona y su conducta con los demás.

Goethe afirmaba que “el peor de los males que le puede suceder al hombre es que llegue a pensar mal de sí mismo”. No sería lo peor pues si reflexionamos sobre nosotros mismos no pecamos de idiotas morales o en otras palabras somos conscientes de nosotros mismos y no hemos caído en algún tipo de psicopatía o necedad. Sentirse competente para vivir significa tener confianza en el funcionamiento de la propia mente. La conciencia es al final es el medio de supervivencia básico.

El mal de nuestro tiempo tiene su móvil en la necedad. El deicidio de Dios en la cruz fue atribuido a la necedad, “no saben lo que hacen”. Bonhoeffer, un teólogo protestante víctima de la Gestapo, escribió también desde el campo de exterminio de Flössenburg, que la necedad constituye un enemigo más peligroso que la maldad. Ante el mal podemos al menos protestar, dejarlo al descubierto y provocar en el que lo ha causado alguna sensación de malestar.

Ante la necedad ni la protesta ni la fuerza surten efecto. El necio deja de creer en los hechos e incluso los critica, se siente satisfecho de sí mismo y si se irrita pasa al ataque. “Debido a ello - escribía Bonhoeffer -, debe tenerse mayor precaución frente al necio que frente al malo”.

El necio, del latín “nescius”, es el que “ignora” o “no sabe”. Debemos pues, siguiendo la advertencia anterior, permanecer en guardia contra un número demasiado alto de nuestros congéneres, que se agrupan en todos los aspectos punteros de nuestra sociedad. Cada día parece que nos sale al paso un necio. Cada día asistimos a declaraciones que brillan a un nivel alto de necedad. No podemos tampoco afirmar que estamos rodeados de seres que ponen en peligro nuestra vida, pues vivir así no valdría la pena. La necedad como afirmaba Bonhoeffer, es un defecto humano, “un defecto integral de la persona, que pierde hasta su yo”. Hay que seguir pensando que la necedad es un defecto intelectual, es decir, con un origen concreto y contra el que no deberíamos de carecer de medios para intentar evitar sentirnos totalmente impotentes.

Dios perdonó al que  “no sabía lo que hacía, mientras que acusó duramente a los que violaban el templo o el corazón de un niño sabiendo bien lo que hacen”. La necedad es todavía la causa del mal de nuestro siglo. Pero ni todos los necios son necesariamente perversos, ni todos los inteligentes son cándidos. Mucho más que una conjura de los necios hay que temer a una conjura de los dotados de un buen coeficiente intelectual, y especialmente cuando se comportan en lo ético con la misma insensibilidad del necio. En este terreno puede ser, y de hecho es, mucho peor el listo o narcisista que el estúpido. El exterminador metódico suele ser alguien de este tipo y más peligroso cuando conduce a las masas.

Hoy en día asistimos a una ridícula lucha antifascitas o antifranquista a la que se culpa de todos los males como si fuera una heroicidad en una democracia consolidad. Es como si el desembarco de Normandía se hiciera en el mes de julio con toda la playa llena de sombrillas. Los tont@s siguen la linde después de que se acaba hay que tener paciencia pero todavía los hay más tontos que siguen haciendo botijos. Lo peor es que querer desdecirles de su error es como echar agua en el mar. Hay una sensación que vivimos en una fábrica de botijos enorme, cuya consecuencia es la apatía moral o el aburrimiento de los seres inteligentes. No hay conocimiento ni educación ni moral tan sólo botijos mal hechos o mal cocidos.