Lunes, 3 de agosto de 2020

Escenarios de la historia

Las murallas abrazan las ciudades, son el paseo que estrecha el recuerdo de los tiempos del miedo, la protección, el foso que separa, la altura desde la que se otea el horizonte. Los escenarios de la historia son el aliciente del pueblo que se vacía, la comarca que recurre al recuerdo… sin embargo, hay una parte de nuestra historia reciente a la que damos una educada espalda y de ahí que la película de Amenábar nos haya conmovido, nos haya despertado, y sobre todo a los salmantinos, nos haya recordado la importancia que tuvo el escenario de la ciudad letrada en el inicio de una contienda que miramos de soslayo.

Los decorados en los que se rodó la historia reciente se han dejado perder con la desidia del olvido. O la consciencia de lo que ya no debe ser. De ahí que nadie recuerde que, en la retaguardia del 1936, a cuarenta kilómetros de Salamanca, se impuso un aeródromo de urgencia en una finca privada donde las encinas sirvieron para camuflar los primeros trimotores Ju-52 alemanes de transporte, los aviones de bombardeo y los Fiat CR-32 de la Aviación Legionaria Italiana. Un campo improvisado en el que el 21 de septiembre de 1936 se reunió la Junta de Defensa Nacional en la que se proclamó a Franco Jefe de Estado y Generalísimo de los Ejércitos ¿Mientras durase la guerra? La escena cinematográfica de Amenábar deja pasar a los protagonistas de la reunión por un campo en el que los toros observan, oscuros, premonitorios, la llegada de los coches negros de los hombres. Y es ese retazo de campo charro el que nos recuerda que en esa finca tan cercana al camino del Hospicio, como se conocía la zona, se escribió la historia en medio del silencio de la dehesa. Y que como muchas de las más trascendentales decisiones, se tomó en la precariedad de un barracón improvisado, durante todo un día de deliberaciones que finalizaron con una votación en la que hubo abstenciones.

Un lugar de silencio en el que los aviones, aves monstruosas, anidan sobre la tierra que, en el otoño, se anega de agua hasta tal punto que fue más decisivo este hecho que los dos bombardeos que sufrió el improvisado aeródromo para cambiar su emplazamiento ¿Quiso la casualidad que fuera un soldado el que dijera que junto a su pueblo había un terreno amplio, llano, donde corrían las liebres de tal forma que los galgos no las alcanzaban? Allá junto al Tormes, “Matacán” parecía una planicie propicia que albergó no solo el aeródromo, sino la primera sede de la incipiente compañía Iberia. De ahí que el primer emplazamiento volviera a su antiguo ser de finca, eso sí, erigiéndose como recuerdo una ermita que inauguraría el propio Franco, quien decidió que se dedicara a Santiago Peregrino. Él mismo la inauguró en 1956, con la pompa y circunstancia del desfile militar que conmemoraba no solo los veinte años del inicio de la guerra, sino la necesidad de establecer leyes sólidas para consolidad el movimiento, con la misma fuerza pétrea con la que se erigió el monolito que adornó el recinto.

Hoy es el silencio el que deja pasar el viento de febrero sobre lo que queda de los barracones y de la ermita de todo despojada. Restos que no recuerdan ni el barracón donde se reunió la Junta de la Defensa, ni el monolito erigido con el escudo del Ejército del Aire. Restos sobre los que la naturaleza ejerce de nuevo su ley, su manto protector, mientras en los alrededores, el ganado sigue su cauce sin preocuparse de las sutilezas de los humanos. Se oye el viento, hay charcos que recuerdan lluvias de invierno, terreno que no drena, lejanos silencios del toro de lidia que vive en la geografía de la historia. Es la paz, sino del olvido, sí de la aceptación. Escenario de un pasado convertido en nota a pie de página, el campo sigue su curso milenario. No hay murallas, ni iglesias, ni casas blasonadas, sino que son las encinas las que guardan el recuerdo de un tiempo innombrable. Pasan las nubes por la bóveda infinita. Solo silencio, mugidos y viento.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.