Jueves, 1 de octubre de 2020

Un altar en su propia choza

A las 0.30 horas del 10 de Febrero de1935 -hoy hace 85 años- fallecía en Valverde del Camino (Huelva) la religiosa Hija de María Auxiliadora, Sor Eusebia Palomino Yenes, nacida en Cantalpino 35 años antes. Las especiales circunstancias que adornaron la vida de esta ejemplar salesiana hicieron que su popularidad pasara desapercibida durante mucho tiempo para las personas que no convivieron con ella.

Nacida en el humilde hogar de un jornalero agrícola, disminuido físico por un accidente laboral, sin recursos suficientes para sacar adelante a una familia numerosa, nuestra protagonista supo desde niña el verdadero significado de lo que llamamos ser pobre de solemnidad. La imposibilidad del padre para llevar al hogar algún jornal y la carencia de otras fuentes de ingresos, obligaron a ese padre, avergonzado por su inutilidad, a visitar los pueblos limítrofes en busca de la limosna que aliviara tan difícil situación. Precisamente esa alimentación deficiente fue el motivo de que sólo sobrevivieran tres de los diez hijos que tuvo el matrimonio. Tres hijas: Dolores, Eusebia y Antonia. La única forma de sumar algún ingreso a lo poco que aportaba el matrimonio, fue sacrificar la etapa escolar de las niñas comenzando a trabajar como niñeras cuando apenas habían asistido un par de años a la escuela, para, una vez llegadas a la pubertad, emplearse como empleadas de hogar.

Con apenas ocho años de edad, tenemos a Eusebia acompañando a su padre en esas excursiones, que a veces duraban una semana, por pueblos y alquerías de la comarca. Cuando una persona llega a los altares, una de dos, o comienza a destacar desde muy joven o, siendo ya adulta, deslumbra con su actitud a propios y extraños. Eusebia tuvo la fortuna de nacer en el hogar de un padre inválido y una madre analfabeta, pero honrada, llevando la casa y acudiendo allí donde se necesitaba una mujer para hacer las labores más penosas de otros hogares. Y digo que fue una suerte porque en esa familia más de una noche se irían a la cama sin apenas haber cenado más que una humilde patata asada, pero nunca sin haber rezado el Rosario. Aquella humildísima cocina de lumbre baja, que hacía de comedor y de albergue para dos o tres gallinas, todas las noches se convertía en aula de catequesis. Agustín, padre de Eusebia, aficionado a la lectura en sus años jóvenes, explicaba y enseñaba a sus hijas el catecismo y leía pasajes de la Historia Sagrada. La futura santa oía embelesada a su padre e iba grabando todo lo que oía. Esa fue la razón de que quisiera acompañarle en sus correrías limosneras: no quería perder ninguna de esas sesiones y, a la vez, lo adoraba tanto que no quería dejarle solo. La devoción impropia de una niña llamaba la atención en los lugares que visitaban. No se recorrían las casas sin antes haber asistido a misa y comulgado. Cuando regresaban al hogar, Agustín le decía a su esposa que la gente era más desprendida cuando iba con su hija que cuando lo hacia solo. Su forma de desenvolverse con la gente y lo profundo de sus pensamientos hacían que todo el mundo quisiera hablar con ella.

Siguiendo los pasos de su hermana mayor, Eusebia marchó a Salamanca a “servir”, con apenas 12 años. Primero en el hogar de un sastre y después en el Asilo de San Rafael. Esos primeros años los vivió rodeada de iglesias y conventos próximos al Campo de San Francisco. Aquel sueño que le dominaba desde que tuvo uso de razón -hacerse religiosa- adquiría más fuerza cada vez que pasaba junto a un convento. La proximidad de Ursulinas y Adoratrices atraían sus pasos hasta donde sabía que habría unas almas dedicadas en exclusiva al Señor y a su Santísima Madre. Una sana envidia la llevaba a pasarse buenos ratos ante la simple hornacina que adornaba una de las fachadas, exclamando: “Madre, tú sabes lo mucho que te quiero y las ganas que tengo de hacerme santa, concédeme entrar en una casa como esta”

En el mundo de estas almas privilegiadas, cada vez hay menos casualidades. La aparición de una joven que se le acercó un buen día para invitarla al Oratorio Festivo de unas monjas que acogían a chicas jóvenes los domingos y festivos -y que una vez acompañada al colegio que tenían las salesianas en la Ronda de Sancti Spiritus nunca más se hizo presente- fue el primer paso de una nueva vida de santidad. Después de entrar en el colegio como sirvienta, la infranqueable barrera que suponía carecer de los medios necesarios para comprar la dote que debía aportar cada novicia y, muy especialmente, la escasa cultura de una joven semianalfabeta, suponían un verdadero impedimento para que la criada pudiera convertirse en aspirante. Para Dios nada es imposible, y Eusebia bien que se dedicó a recordárselo. El empeño de la sirvienta y la impresión que causó a las superioras que visitaron la casa bastaron para que fuera admitida en la orden. El único noviciado que tenían las salesianas en España estaba en Barcelona-Sarriá y allí marchó Eusebia en Agosto de 1923. Un accidente doméstico estuvo a punto de costarle la vida o, tal vez, no ser admitida por las secuelas del mismo. Como encargada de la despensa, cuando caminaba con una botella en la mano, tropezó y, al caer, los cristales le cortaron vasos y tendones de una mano. La hemorragia fue tan intensa que, dado su débil constitución física, su estado tan grave y su recuperación tan lenta, que se temió por su vida, Las superioras del centro tomaron la decisión de denegarla la profesión. No eran esos los designios de Dios porque la enferma -a pesar de admitir humildemente su nueva situación personal que la obligaba a regresar a su hogar para comenzar una nueva vida como laica, dando muestras una vez más de su obediencia y su deseo de seguir evangelizando a sus paisanos- siguió demostrando su virtud en tal grado que, ante los primeros síntomas de mejoría, fue readmitida a tiempo para profesar con sus compañeras.

Su primer destino -y único- fue al colegio de Valverde del Camino. Desde su primer contacto con las salesianas como sirviente en Salamanca hasta el día de su muerte, Eusebia siempre estuvo al frente de las labores más humildes: cocina, lavadero, portería, huerto, etc. La verdad es que su físico no ayudaba mucho: bajita, debilucha, no muy agraciada y con escasa cultura. La primera impresión para las alumnas -y alguna de las hermanas- fue cualquier cosa menos de simpática acogida. Nada le importó. Desde el primer día, su alegría en el trabajo y la atracción que ejercía sobre las personas que la escuchaban fueron creando tal aureola en la monjita salmantina que pronto era el centro de corrillos de alumnas, de sus madres, de más de un sacerdote -incluso un obispo-, extasiados ante lo elevado del mensaje salido de labios de quien apenas esa capaz de leer y escribir -con bastantes faltas de ortografía.

Por haberlo puesto de manifiesto en anteriores publicaciones, no es el momento de repetir la cantidad de detalles de su vida que tienen, al menos, la categoría de sobrenaturales. Éxtasis en oración, predicciones de acontecimientos, inexplicable aparición de artículos para la cocina allí donde se habían terminado unos segundos antes…. Con la llegada de la II República, hubo que cerrar el colegio y las religiosas fueron acogidas de forma confidencial en hogares particulares. Con permiso de su confesor, Sor Eusebia ofreció su vida al Señor por la salvación de España y su Iglesia. A juzgar por la que vino después, su ofrecimiento fue aceptado porque comenzó una larga enfermedad, en medio de intensos dolores, que fue minando su salud, hasta que entregó su alma a Dios. Era tal su fama de santidad que el ayuntamiento socialista de la villa costeó con sus fondos el funeral y el sepulcro. La Iglesia inició el Proceso Informativo de la causa de canonización, en el que tuvo capital importancia el milagro del cuadro de Sor Eusebia pintado con los por un artista sin manos, en unas condiciones verdaderamente inexplicables para los peritos que intervinieron en el Tribunal. Fue beatificada el 24 de Abril de 2004.

La rapidez con que se ha extendido por todo el mundo la fama de santidad de nuestra paisana ha convertido la humilde casita en que nació -mi “pequeña choza” como decía ella- en lugar de peregrinación para simpatizantes de la pobre de Cantalpino. Sus hermanas, las Hijas de María Auxiliadora, en su deseo por conservar la estructura primitiva de esa vivienda exactamente igual que cuando la habitó Sor Eusebia, han adquirido todos los edificios colindantes y han levantado un precioso Centro de Espiritualidad “Sor Eusebia Palomino” -capilla incluida- para que quienes lo visiten tengan el lugar apropiado para comprobar cómo vivió nuestra paisana y, de paso, acompañar al Señor en el Sagrario.