Miércoles, 19 de febrero de 2020

Amor por el país 

El gran y paradójico Francisco de Quevedo ya se atrevió, en su tiempo, cuando el imperio español comenzaba a hacer aguas, a poner el dedo en la herida, cuando hablara de los muros desmoronados de nuestro país.

Hoy no es esa nuestra realidad. Porque, por fortuna, pertenecemos a la Europa civilizada, esa que tiene en el humanismo y en los derechos humanos su bandera más perenne y más alta.

Pero distintas instituciones internacionales, estos días, están señalando –sin que, al parecer, nos enteremos– determinadas llagas de nuestro país (en uno de los europeos en los que más ha crecido la desigualdad con la crisis), para que las corrijamos.

El Fondo Monetario Internacional nos avisa de las escasas políticas que tenemos de protección social. Y, encima, –nos indican– nuestras ayudas sociales, cuando las hay, no van a parar a los sectores más frágiles y débiles de nuestra sociedad, sino a clases medias y hasta altas que –como se puede advertir fácilmente– se las saben todas y están todo el día en los despachos apañando subvenciones y ayudas. Y eso, claro, como nos recuerdan, no son ayudas sociales.

También estos días ha estado entre nosotros un relator de la ONU sobre la pobreza, para realizar un diagnóstico de nuestras desigualdades y de sectores que se quedan fuera de cualquier atención, en el desamparo y en una precariedad que tendría que ofendernos a todos. Y, de hecho, se ha reunido con las camareras de hotel, o con los afectados por los llamados ‘fondos buitres’ que, en Madrid y otras grandes ciudades, se han hecho con tantas viviendas sociales y ahora especulan con ellas, dejando tales viviendas de cumplir su cometido.

Y, en una tercera vuelta de tuerca, la organización no gubernamental americana ‘The Save Children´s’ nos vuelve a recordar algo que venimos escuchando en los últimos tiempos y que tendría que avergonzarnos. Uno de cada tres niños españoles está por debajo del nivel de la pobreza o en riesgo de padecerla.

Por ello, nuestros patriotismos no han de parapetarse tras banderas de ninguna clase, ni rimbombantes palabras. Sino que el amor por nuestro país tendría que plasmarse en la atención a la dignidad de todos nuestros conciudadanos. Porque lo demás es retórica y falsedad.

De ahí que hayan de ser bienvenidas las palabras del rey, en la inauguración de la nueva etapa parlamentaria, cuando habla de un país de todos y para todos, y no          –como tanto, por desgracia nos ocurre– de unos contra otros.

Sí, un país de todos y para todos, en el que han de caber, con la dignidad que todos merecen, los niños, las gentes que realizan las tareas más humildes, quienes luchan por tener una vivienda digna o un puesto de trabajo de tales características, los parados, los pensionistas, los inmigrantes, las mujeres…

Amor por el país. Un país de todos y para todos.