Viernes, 21 de febrero de 2020

Una huella en las baldosas

Hace años montó allí su espacio. Ese lugar acotado, cuadrado. Primero, con unas chapas rojizas sobre las que se asentaban esas cristaleras de la parte superior en las que se exponían las novedades, sujetas con pinzas de madera. Y con ese mostrador abatible hacia fuera, para atender al público desde bien temprano.

Así comenzó a ver la vida desde aquella ventana con vistas a todas las estaciones que iban de paso en el acontecer diario, a los pájaros afincados en los árboles que la rodeaban y que hacían coro desde el amanecer, cuando aún no se habían despertado del todo las conciencias de sus compradores, habitantes de aquel vecindario, antes de ir cada mañana al trabajo o a tomar un desayuno rápido, aprovechando a echar una ojeada igual de veloz al periódico mientras comentaban, con el camarero, las crujientes noticias con sabor a cruasán y a plancha, y olor a zumo de naranja recién exprimido mezclado con el que salía del humeante café.

Se fue haciendo con una clientela a la que, con el transcurso del tiempo, ya esperaba en el horario acostumbrado y, si se retrasaban, pronto les empezaba a echar de menos.

El primero en llegar era Matías. Trabajaba en una farmacia y llegaba al quiosco cuando ella apenas estaba bajando la trapa. Siempre saludaba con las mismas palabras y compraba el mismo periódico, uno local. Al poco rato, justo cuando acababa de soltar las correas de todos los paquetes de periódicos y revistas y de colocarlos en sus montones, llegaba Sergio, el abogado. A él le gustaba la prensa nacional. Siempre llevaba dos muy diferentes, consciente, ya entonces, del sesgo en la información. Y solía pagar con el dinero justo. Ella decía, a menudo, que sabía muchas cosas de cómo era cada uno por detalles como esos. Por ejemplo, Daniel, a pesar del frío atroz, nunca llevaba bufanda ni guantes. Él prefería el calor de las colecciones de literatura. ¡Le gustaba tanto leer!

A media tarde, solían acercarse, a comprar, señoras de cierta edad. Sobre todo, revistas de labores y de las llamadas “de sociedad”, porque salían todos los enlaces de la realeza europea, y algunas de sus clientas cogían ideas para las bodas de sus familiares (se llevan los moños altos cardados, los zapatos de punta y tacón de aguja…) y aprendían nombres de colores que jamás habían oído: el vestido color “champagne”, la falda “azul pastel”, la blusa en tono “hueso”.

Tiempo después el quiosco cambió aquella estructura tan gélida por otra más sólida, color gris, con mejor aislamiento, para pasar de forma menos cruda los rigurosos inviernos.

Aún recuerda el día de la tragedia, ¡cuántos periódicos vendió! El mundo estaba muy pendiente, fue terrible ver las fotos de toda aquella catástrofe, las torres destruidas, esa cantidad de polvo blanco cubriéndolo todo…

Poco a poco, la vida fue evolucionando. Vendía menos periódicos y más revistas de cotilleos, menos prensa nacional y más recetas de cocina, menos de ámbito local y más relacionadas con el motor, con la fotografía, con mantenerse en forma, e iban apareciendo publicaciones que se decían enfocadas a la mujer pero con otros puntos de vista y variados consejos: cómo afrontar las relaciones laborales o de pareja, cómo buscar un look con maquillaje apropiado para ir a trabajar, cómo realizar una escapada rural o un tour en un spa, qué libros leer o dónde tomar las mejores tapas.

Ella también ha ido cambiando su imagen con el tiempo. Su pelo, antes suelto, ondulado y negro, fue dejando paso a sus canas hasta que se volvió níveo y quedó definitivamente recogido en un moño. Quizás nadie como ella sepa tanto sobre el vecindario; siempre había alguien que le contaba las penas, que compraba la prensa para llevarla a algún enfermo a quien las horas en el hospital se le hicieran menos largas… Ha pasado con ellos todos los acontecimientos históricos, vecinales, familiares: Reformas del barrio, aumentos de prole, tristes despedidas…

Últimamente Matías se enrollaba en calmada conversación cuando compraba la prensa, y ya no iba tan temprano. Daniel seguía devorando libros y empezaba a utilizar bufandas. Sergio se había vuelto menos cuadriculado y no llevaba el importe justo.

Hace unas semanas el quiosco cerró. Alrededor ya no se oyen saludos tempranos, ni ruidos de dinero del cambio. Nadie da las gracias, ni se guarda las monedas en aquel delantal, con tantos bolsillos, que aguantó tantas mareas.

La semana pasada ya estaba todo desmontado. Allí queda ese vacío, en una esquina del parque desde cuya ventana se veían escarchas que se habían tejido por la noche con una lana de gotas, o cielos de luminoso azul. Desde fuera encontrábamos siempre su sonrisa cercana, esa mano de ayuda cuando íbamos muy cargados y casi no podíamos coger lo que comprábamos; la confianza de la vecina, cuya vista se iba cerrando, que abría de par en par su monedero para que ella cogiera la cantidad que costaba la entrega semanal de esa colección de música que iba adquiriendo de su honrada vendedora… Y esa amabilidad que salía de cada rendija de ese quiosco hecho a base de trabajo y dedicación.

Por fin ha empezado a levantarse un poco más tarde, y está aprendiendo a soplar su descafeinado con leche con la parsimonia de los días. Ahora mira desde un poco más arriba, desde otra esquina del parque, junto al radiador que está bajo su ventana, sentada a su mesa camilla, siempre arropada con las faldillas y el recuerdo de todo aquel tiempo. Mira con satisfacción y nostalgia aquel espacio.

Cuando pasamos deprisa, cada cual a lo nuestro, miramos hacia ese rincón. La echamos mucho de menos. Ha dejado un hueco en el parque, una gran huella en las baldosas de nuestra vida cotidiana.