Miércoles, 19 de febrero de 2020

El efecto mariposa

Los dioses fueron muy bondadosos con ellos y les regalaron un país destinado a ser un imperio. Tenían más de un dios, tres mares al menos, y dos continentes como quien tiene el calor de dos hogares. La república era feliz. Y hasta diez civilizaciones eligieron su seno para vivir en ella. Las gentes de fuera, las de cerca y las lejanas, no podían entender que allí cada hora nueva formaba parte de un futuro tan viejo. Ni eso les inquietó nunca porque ellos no estaban obligados a creer en nada.

Habían guerreado mucho. Los otros países hablaban de ellos -sumaban millones- como si fuesen un solo hombre. Un hombre tan grande como todos los montes, ríos y mares, que quiso varias veces a lo largo de su historia ver a los vecinos comiendo de  su mano,  igual que los gorriones.

El padre del niño era dueño del país. Todo el dinero de todos los ricos y de todos los pobres era suyo. A través de su banca oficial dirigía los movimientos  como si aquel universo fuera único y suyo. Lo era. Hasta los recuerdos, los futuros, y las multitudes de infinitos que los ciudadanos ponían a sus pies.

El niño tuvo una crianza de amor virginal. Fue como un pequeño cosmos donde cabía un solo pensamiento: seguir algún día los pasos del padre. Todas las colmenas laboriosas de fuera trabajaban para él. Eso lo aprendió pronto, como los idiomas, el olfato de las multiplicaciones, y la certeza de que solamente el Poder puede acercarte a la importancia. Por la felicidad no se preguntó nunca.

No se pareció a su hermano que eligió la poesía. Y muchos años más tarde, la libertad.

Un día de 1929 el mundo entero se derrumbó. Millones de familias que habían puesto su dinero en manos del padre vieron cómo se quedaban atrapados -desnudos y solos- en la Gran Depresión. Para cuando abrieron los ojos del todo, el padre, la madre, su hermano y él ya estaban en París.

En París su hermano el poeta fue más feliz. Y él también, a su manera como siempre vivió. París era entonces la segunda capital mundial del tango, pero sobre todo un lugar de acogida donde él no tuvo problemas para seguir recibiendo la exquisitez de una educación reservada solamente para los de su clase. Y él aprovechó la oportunidad.

Al otro lado de la frontera del Este, la anaconda del nazismo engordaba, mientras el fraile Niemöller retumbaba sus versos avisando de que irían  por los comunistas, por los socialistas, por los judíos, por los sindicalistas, por los católicos. Y la familia se encontró con un problema: ellos eran judíos.

A un banquero no hay Dios que se le resista. Así que ante la amenaza del Este, cambiaron de Dios y se fueron al Sur. Se bautizaron con el agua bendita del catolicismo y se pusieron a vivir en el nuevo país donde los generales mataban rosas, niños, obreros, y eran amigos de la anaconda del nazismo. Hay siempre algo misterioso en la vida y la historia de las gentes. Porque ellos llegaron a una dictadura que mataba también judíos. Y sin embargo, enseguida formaron parte de esa dictadura.

No puede olvidarse que el padre fue tan hábil que para atravesar la frontera, revolvió en su memoria y en sus baúles y encontró un papel con una disposición de la dictadura de 1924, donde el general que mandaba más que el rey, había dispuesto que todo judío que acreditase su ascendencia sureña, se convertía inmediatamente en un ciudadano más, de pleno derecho.

Y así, otra vez, su vida volvió a empezar.

Cuando al padre lo mató un tranvía, él era un muchacho que se acercaba ya a tocar el futuro con los dedos. Y a los 22 años era director adjunto del banco oficial más importante del país, mientras su hermano regresaba a un París liberado en busca de más libertad.

Él se quedó en el sur con su mujer desde niños, una mujer que nadie conoció jamás, y con su madre, más madre que ninguna madre.

La adicción al Poder es implacable y contras ella no hay antídoto. Fuera de sus actividades profesionales, estaban las clandestinas. Un discreto chalet a nombre de un organismo oficial, un grupo de cómplices, y a merodear la toma de decisiones desde la sombra en la que siempre vivió.

Por el chalet y la compañía del grupo de cómplices pasaron algunos importantes políticos, financieros con vocación de más, abogados decisivos. Uno de estos abogados fue el encargado de viajar varias veces a París, no para ver al hermano poeta, sino a tender puentes con la oposición política. Aquellos viajes y aquellas conversaciones dieron su fruto. Y sólo hizo falta escenificar todo cuando el dictador murió.

Pero antes de que la muerte del dictador llegase, pasaron varias cosas. Él había tejido una amistad con un joven político a quien fue cambiando de destino hasta situarlo en la línea de tiro. Él era el único amigo y sostén del muchacho príncipe heredero, el mismo que llamaba a su teléfono asustado cuando había motivos.

Y los había. Decrépito el dictador, la esposa que siempre decidió no solamente los nombramientos de obispos del país, un grupo de falangistas, y los llamados generales azules se dispusieron a dar un golpe de Estado dentro del Estado. Para sorpresa y fastidio de todos ellos el anciano genocida aguantó su pulso y no mandó al exilio al príncipe heredero cambiando su nombre por otro. Y el príncipe fue rey.

Pasado el perjurio ante las Cortes, quedaba lo más importante: convertir el país del sur en otro parecido al que palpitaba al otro lado de la cordillera, justo de donde la familia judía vino. Había que convertir una dictadura en una democracia donde la libertad de partidos fuese posible. Y la aceptasen todos los demás países.

Más de la mitad del camino ya estaba hecho con los viajes del abogado a París, y la oposición política, de acuerdo. Faltaba únicamente convencer a las Cortes de la dictadura que se cortase las venas y se inmolase, a cambio de una inmunidad y una participación en el juego democrático que inevitablemente vendría. Esa tarea no le correspondió a él, sino al brujo de la tribu.

Y después del suicidio de casi todos los padres de la patria vencedora, el rey que tanto había llorado en sus hombros cuando príncipe, esperó un poco y luego designó a la persona, limpia de escrúpulos, que pusiese el cascabel al gato. Lo hizo.

Entonces él dio por concluida su labor, se retiró a sus asuntos, y la gente le fue olvidando.

Murió pronto y sin memoria. Y nunca nadie supo que vino de muy lejos para formar parte de la historia de su último país.